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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Cómo irse

Un informe del ‘Harvard Business Review’ recomienda las estrategias que las personas deben seguir en caso de despido.

Todo el mundo es susceptible de ser despedido de su trabajo por lo menos una vez en la vida según las estadísticas. Aun en los tiempos de abundancia, pero mucho más en los actuales de vacas flacas, la noticia del despido puede sorprender incluso a los mejores empleados.

Los investigadores Laurence J. Stybel y Maryanne Peabody, quienes han estudiado por más de 22 años el comportamiento de los ejecutivos, acaban de publicar un estudio en el Harvard Business Review, en el que identifican las tres trampas recurrentes en las que caen los empleados cuando son relevados de sus cargos. Y recomiendan estrategias concretas para que, las personas que reciben la mala noticia, puedan hacer realidad el principio según el cual no hay mal que por bien no venga.

Cuando llega el día del despido la mayoría de personas reaccionan impulsivamente. Algunos lo hacen con rabia, otros con tristeza, otros se deprimen y cientos más pierden la autoestima. Estas trampas —clasificadas en ‘pérdida de identidad’, ‘ausencia de familia’, y ‘falta de ego’— tienen graves repercusiones tanto a nivel personal como laboral. En el fondo terminan por convertirse en el principal obstáculo para la consecución de un nuevo puesto.

Por estos días, en que varias empresas del país —y muchas más en el mundo— hacen recortes de personal ante una crisis que no cede, no sobra tener en mente las recomendaciones de los expertos de Harvard. La clave está en qué hacer —y más importante, qué no hacer— en caso de despido. Lo primero es no caer en ninguna de las trampas que describen los autores.

Trampa No. 1: perdida de identidad

Las personas más susceptibles de caer en esta trampa son las que llevan algún tiempo trabajando en la empresa y se creen indispensables. Son incapaces de concebir a la compañía sin su presencia y tampoco pueden imaginarse a sí mismos existiendo sin ella. Por lo general son ejecutivos que han alcanzado cierto grado de poder a través de promociones y ascensos.

Con el transcurso de los años el trabajo se ha convertido en su razón de ser. Han puesto las actividades laborales por encima de todo lo demás. Familia, amigos y vida personal han quedado en un segundo plano.

Por eso cuando son despedidos repentinamente —bien sea por razones de índole financiera o porque el negocio va a tomar un nuevo rumbo estratégico— reaccionan con rabia e incluso con sed de venganza. Empiezan a ver a la compañía como su ‘enemigo’ y quieren desquitarse de ella.

Se rehúsan a pasar su conocimiento o know-how a la gente que se queda. Dejan sus actividades a media marcha y se niegan a hacer cualquier tipo de empalme. Hablan con clientes, proveedores e incluso hasta competidores acerca de lo mal dirigida que está la empresa y lo incompetentes que son sus directivas. Incluso hasta pueden llamar a los socios de la firma a acusarlos de traición.

Por estar tan concentrados en dar la batalla no se dan cuenta de que los únicos que pierden la guerra son ellos mismos. Su comportamiento poco profesional los convierte en personas nada atractivas para cualquier organización que necesite potencialmente de sus servicios. “Se vuelven personas con las que ya nadie quiere hacer tratos, y mucho menos, contratar para trabajar”, asegura un importante empresario de la industria automotriz.

Trampa No. 2: ausencia de familia

Esta trampa es común entre las personas que trabajan en campos como la publicidad, el mercadeo, las revistas y todas aquellas empresas donde se dan ambientes con alto grado de intensidad emocional. Los empleados de estas organizaciones crean vínculos afectivos muy fuertes, tal como sucede con las tropas de soldados que van juntos a combate. Por eso vuelven el trabajo el centro de su universo emotivo.

Por lo general proyectan roles familiares sobre el resto de sus colegas. Más que simples compañeros los ven como primos, hermanos, tíos e incluso hasta padres. Cuando son despedidos sienten un profundo dolor y tristeza pues no sólo están perdiendo su fuente de ingreso sino también a su ‘familia’ de varios años. Entran en una etapa de duelo, tal como sucede cuando una persona pierde a un ser querido.

Al mismo tiempo los compañeros de trabajo empiezan a alejarse del empleado que se va. Por un lado sufren de lo que se denomina como “culpa del sobreviviente”, que consiste en sentirse feliz por no haber sido expulsado y seguir trabajando en la empresa. Por otro, tienen miedo de ser asociados con la persona que se marcha e instintivamente se alejan de ésta para no perder el puesto.

Debido a este rechazo el trabajador que abandona la firma se siente abatido y deprimido. Como no logra ocultar el desaliento que lo embarga —ni siquiera en las entrevistas de trabajo— se vuelve un candidato poco interesante para el resto de firmas. Los cazadores de talento lo sacan de su lista de opciones pues lo ven como alguien que no logra reponerse fácilmente de las adversidades. Es un empleado emocional, mas no racional; cualidad que no gusta mucho a los jefes de personal y de recursos humanos.

Trampa No, 3: falta de ego

Los ejecutivos tímidos e introvertidos incurren principalmente en esta falta. Suelen trabajar eficientemente en áreas de la organización que requieren bajos niveles de socialización, tales como contabilidad y finanzas, investigación y desarrollo, producción e ingeniería de sistemas.

Tras ser despedidos su reacción inmediata es desaparecer por completo de la faz de la empresa. La abandonan de manera silenciosa, callada, sin ninguna queja. Se marchan sin ni siquiera negociar el paquete de indemnizaciones. Jamás se les pasa por la cabeza contratar a un abogado que les ayude a acordar los términos de la liquidación.

En lugar de aprovechar las relaciones y conexiones que construyeron a lo largo de varios años de trabajo con clientes, proveedores o jefes— se limitan a mandar hojas de vida a los clasificados que aparecen en los periódicos. Son personas que prefieren mandar por e-mail sus currículum vitae en vez de llamar a sus conocidos a ofrecerles sus servicios.

Son empleados que ante la pérdida repentina del trabajo pierden su autoestima, pues creen no ser lo suficientemente buenos. Ni siquiera como para merecer un mejor paquete de remuneración salarial.

Estar preparado

Para evitar ser víctima de una de estas tres trampas los ejecutivos tienen que estar preparados para cuando sucedan dichos eventos. Para ello deben concientizarse de que nadie es indispensable. Que los trabajos son temporales pues el mundo de los negocios da muchas vueltas y los perfiles de empleados que requieren las empresas cambian todo el tiempo. Pero más importante que todo, deben aprender a actuar con calma y mesura en el momento en que se les informe de su despido y llegue la hora de abandonar la empresa.

Es importante que aprendan a controlar el impulso de decir lo primero que se les viene a la cabeza. Lo mejor que pueden hacer es no hablar mucho o quedarse callados. Los investigadores de la Universidad de Harvard recomiendan no recibir llamadas, ni mandar correos electrónicos o entrevistarse con periodistas durante las 48 horas siguientes.

También aconsejan contratar un abogado que se dedique a concretar los términos de la liquidación. Igualmente sugieren respaldar la versión oficial de la compañía con el fin de no crear conflictos en su interior y salir en términos amables con los dueños y directivos. Con esa actitud se dejan las puertas de la organización abiertas e, incluso, se consiguen cartas de recomendación de aquellos que dicen adiós.

En cuanto al largo plazo, los ejecutivos deben desarrollar mecanismos mucho más proactivos —incluso fríos y calculadores— para que la destitución no los coja mal parados. Mediante aproximaciones sistemáticas al asunto pueden preparar estrategias que conviertan el momento del despido en todo un trampolín para el éxito (ver recuadro).

De esta forma una experiencia tan negativa como perder el puesto puede convertirse en un arma poderosa capaz de potenciar la carrera profesional de cualquier persona. Aunque es natural creer que la compañía para la que se trabaja se preocupa por el bienestar y futuro de sus empleados es iluso pensar que nunca será expulsado. Aunque suene irónico, cuanto más se controle la forma de reaccionar ante un despido más posibilidades existen de encontrar un nuevo y mejor empleo.
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