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| 7/29/2002 12:00:00 AM

De un hilo

El desplome de las bolsas de Estados Unidos en las últimas semanas batió récords históricos y podría dar al traste con la recuperación de la economía.

En las últimas semanas las bolsas de valores han sido el gran dolor de cabeza de los inversionistas del mundo entero. El desplome bursátil de Estados Unidos, que se ha contagiado también a otros países, no sólo ha hecho perder billones de dólares a quienes tenían su plata invertida en las bolsas. También ha ensombrecido las perspectivas de la economía estadounidense, pues podría dar al traste con la incipiente recuperación que se había dado en los últimos meses. A mediados de la semana pasada el índice Dow Jones, que agrupa acciones de 32 de las empresas más sólidas y representativas de Estados Unidos, acumulaba una caída de 20 por ciento en lo que va de 2002. Esta vino a sumarse al de los años anteriores, pues en 2001 este índice había registrado un descenso de 7,1 por ciento y en 2000 había caído 6,2 por ciento. Algo similar ha ocurrido con otros índices, como el Standard & Poors (S&P 500), que incluye acciones de 500 empresas. Este había caído cerca de 26 por ciento desde enero hasta mediados de la semana pasada, después de haber acumulado un descenso cercano al 21 por ciento en los dos años anteriores. El caso más dramático es el del índice tecnológico Nasdaq, que ha perdido el 74 por ciento de su valor desde cuando alcanzó su punto más alto en 2000. Después del desplome los índices bursátiles retrocedieron cinco años, al quedar en los niveles que se observaban en 1997. Los precios de la mayoría de las acciones han estado incluso más bajos de lo que estuvieron en los días que siguieron al 11 de septiembre, cuando el pánico se apoderó de los mercados financieros. La diferencia es que el choque del 11 de septiembre fue transitorio y breve, mientras que la caída de ahora podría prolongarse mucho más. La principal explicación para la venta masiva de acciones de los últimos meses es la sucesión de fraudes y escándalos contables que han estallado en Estados Unidos. El primero fue el de Enron, empresa que se declaró en bancarrota en diciembre pasado. En un principio este escándalo no impactó tanto las bolsas pues se creía que era un caso aislado. Pero después hubo otros, como la reciente quiebra del gigante de las telecomunicaciones WorldCom. A medida que los inversionistas se dieron cuenta que los engaños contables eran frecuentes empezó la desconfianza. Esta se ha agravado en los últimos dos meses y se ha traducido en ventas masivas de acciones por parte del público. En junio los fondos mutuos que invierten en acciones en Estados Unidos registraron retiros por 11.000 millones de dólares y en la primera mitad de julio esta cifra alcanzó los 18.000 millones. Con semejantes ventas de acciones no sorprende que el Dow Jones haya caído más de 20 por ciento en los últimos dos meses. Caídas así en un solo bimestre se habían registrado apenas cuatro veces en el último siglo. Recuperacion en riesgo Quienes creían que la economía estadounidense se recuperaría definitivamente este año ahora tienen razones para dudarlo. Ocurre que más de la mitad de los ciudadanos tienen dinero invertido en acciones, directamente o a través de fondos de inversión o de pensiones. Por cuenta de la caída bursátil el valor de estos portafolios se ha reducido en nada menos que siete billones (millones de millones) de dólares en los últimos meses. Este empobrecimiento de las familias, a su vez, podría traducirse en una reducción de sus gastos. El generoso consumo de los estadounidenses ha sido, precisamente, lo que ha mantenido a flote la economía en los últimos meses. Ni las caídas de la bolsa en 2000 y 2001, ni los ataques del 11 de septiembre bastaron para frenar los gastos de la gente. Las bajas tasas de interés y los buenos precios de la propiedad raíz impulsaron el consumo. Pero ahora que el descalabro bursátil se profundiza y se prolonga por tercer año consecutivo, no han faltado quienes señalan que las caídas bursátiles tarde o temprano reducen el gasto de los consumidores. De ocurrir esto último la economía de Estados Unidos, que creció 6 por ciento el primer trimestre, frenaría en seco. Esto disminuiría las ganancias de las empresas, lo cual a su vez llevaría a mayores caídas en la bolsa. Como la confianza del público, que es la causa fundamental del declive, no es algo que se pueda recuperar de la noche a la mañana, las perspectivas son bastante complicadas. El desempeño futuro de las acciones dependerá en buena medida de las reformas que se adopten para darles una mayor transparencia a las prácticas de gobierno corporativo. Algunos de estos cambios tendrían que hacerse de forma obligatoria en virtud de una nueva ley que se aprobó en el Congreso en días pasados. Pero otros serían adoptados de manera voluntaria por las empresas. El cambio más polémico tiene que ver con los llamados stock options. Se trata de una forma de remunerar a los ejecutivos de las compañías, dándoles la opción de adquirir acciones de la empresa en el futuro en condiciones preferenciales. Esta figura dio lugar a abusos, pues hubo muchos ejecutivos que se hicieron a paquetes accionarios demasiado generosos. Más aún, las compañías nunca contabilizaron estas opciones como lo que son en el fondo: un gasto. Ahora hay empresas, como Coca-Cola, que han decidido registrar las opciones como gastos. Muchas otras están pensando en seguir el ejemplo, e incluso es algo que podría volverse obligatorio. Para ilustrar el impacto que esto tendría sobre el mercado de valores basta con tener en cuenta un dato. Si en 2002 todas las empresas que componen el índice S&P 500 contabilizaran las opciones como gastos sus ganancias se reducirían en 17 por ciento en promedio. También se debe tener en cuenta que, aun después de las caídas recientes, las acciones en Estados Unidos siguen estando sobrevaloradas de acuerdo con los parámetros históricos. Las acciones del S&P 500, en promedio, se cotizan por estos días a 15 veces sus ganancias anuales. Esto es algo que se consideraba normal cuando las utilidades crecían al 20 por ciento anual. Pero ahora pocos creen que vuelvan a repetirse estas espectaculares tasas de crecimiento. Sobre todo si las empresas ven reducidas sus ganancias por el solo hecho de incluir los stock options dentro de sus gastos. Nadie tiene claro qué puede pasar en las próximas semanas. Las predicciones ahora dependen más de la sicología que de la economía. Los índices muestran una volatilidad inusual para un país desarrollado. Así como la caída libre puede continuar produciendo una recesión, que se extendería al resto del mundo, es posible que retorne la confianza del público lo suficiente como para que paren de bajar los precios de las acciones. Lo que nadie espera, sin embargo, es que vuelvan a subir de manera sostenida. Las vacas flacas, entonces, llegaron al mercado bursátil para quedarse un buen tiempo. Mientras tanto la economía seguirá pendiendo de un hilo.
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