Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/11/09 00:00

DEUDA A LA CARTA

En materia de deuda externa nada nuevo surgió en la asamblea FMI-BM: cada país deberá buscar su propia fórmula

DEUDA A LA CARTA

Es un hecho. En Washington no hay otoño completo sin las hojas de los árboles tapizando el pavimento de la avenida Pensilvania y sin los principales banqueros del mundo alineándose en sus limosinas, enfrente del hotel Sheraton, en el centro de la capital norteamericana.
Y, por lo menos, la mitad de ese requisito ya se cumplió. Tal como todos los años desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, cerca de 10.000 banqueros y delegados de 151 países se dieron cita en Washington para asistir a la asamblea conjunta --la número 42-- del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. En lo que es sin duda el evento cumbre que reúne a aquellos interesados en la economía y las finanzas, nuevamente se volvió a dialogar sobre temas tan abstrusos como los debt for equity swaps o la necesidad de reimplantar el patrón oro, dentro de la fijación de los tipos de cambio de las principales monedas.
La economía mundial sigue en crisis. Ese fue por lo menos el veredicto de los especialistas impresionados por el derroche de cocteles, seguramente ofrecidos para ayudar a olvidar las penas de este mundo.
Pero así es. A pesar de que 1987 "pintaba" como un gran año, los resultados hasta la fecha son poco alentadores. El crecimiento de la economía mundial va a estar ubicado en cercanías de un 2.5%, cifra considerada como mala por los conocedores. Y eso no es todo. Aunque el dólar ha perdido cerca de un 36% de su valor frente a las principales monedas --en comparación con su nivel de hace dos años-- el déficit comercial (importaciones contra exportaciones) de los Estados Unidos sigue batiendo récords todos los meses. Por el momento la devaluación del dólar ha llevado a que las cosas cuesten más y ello ha llevado a pensar que la inflación está de vuelta. Como si eso fuera poco, las tasas de interés internacionales están subiendo y la lista de países del Tercer Mundo que están "colgados" en el pago de sus obligaciones externas amenaza con aumentar.
A grandes rasgos, ese era el escenario cuando se abrió la sesión conjunta del FMI y el BM en el gran salón del hotel Sheraton. En su mensaje inaugural el presidente norteamericano Ronald Reagan dejó en claro que las cosas no estaban fáciles y que de la reunión deberían salir nuevas fórmulas para tratar los viejos problemas del desarrollo mundial. Entre estas recetas, se busca la medicina para tres males importantes: la volatibilidad de las tasas de cambio, el proteccionismo y la deuda de los países en desarrollo.
Fue el primero de los temas, el que recibió atención inmediata. Desde hace algún tiempo los países más poderosos están preocupados por los bruscos cambios de valor del dólar frente a las demás divisas. Dependiendo de hechos tan disímiles como el comportamiento de la economía de los Estados Unidos o los eventos en el golfo Pérsico, el valor del "verde" en libras esterlinas, yenes o marcos alemanes puede variar sustancialmente en cuestión de horas. Por lo tanto, para acabar con la incertidumbre que sigue a esos hechos, lo ideal sería terminar con la volatibilidad de los tipos de cambio.
En opinión de los ministros de Hacienda de los principales países de Occidente, la manera adecuada es la cooperación. En septiembre de 1985 el Grupo de los 7 (Estados Unidos, República Federal de Alemania, Gran Bretaña, Francia, Japón, Italia y Canadá) se puso de acuerdo para "inducir" al mercado para que el dólar se devaluara. La meta se consiguió con éxito y, en febrero pasado en París, los mismos países estuvieron de acuerdo en mantener estables los niveles de esa época que, en términos generales, son los mismos de hoy en día.
No obstante, ese éxito se ha conseguido a través de costosas operaciones de intervención en el mercado por parte de los bancos centrales de cada nación, que venden y compran monedas según su conveniencia. En lo que va de este año, se estima que los países del Grupo de los 7 se han gastado casi 100 mil millones de dólares, metiendo la mano en el mercado de monedas.
Por lo tanto, lo ideal sería tener un sistema en el cual los tipos de cambio no variaran tanto. Aparte de los ahorros que esto generaría se piensa que el mecanismo sería definitivo en la toma de decisiones de inversión por parte de las compañías privadas, que hoy en día le temen a un cambio inesperado en el valor de las principales divisas.
Esa fue la inquietud que trataron de responder casi en forma simultánea el secretario del Tesoro norteamericano, James Baker, y su homólogo británico, Nigel Lawson. En discursos sucesivos ambos funcionarios se refirieron a la necesidad de definir un nuevo sistema para fijar las tasas de cambio. La propuesta más arriesgada fue la de Baker, quien sugirió establecer de nuevo al oro dentro de una canasta de "materias primas y monedas" para darle estabilidad a los tipos de cambio. La idea fue recibida con frialdad por los especialistas pero fue saludada con vigor por los pensadores de tendencia conservadora. De salir adelante, el sistema acabaría reflejando parte de los mecanismos que existieron entre 1945 y 1973 cuando las tasas de cambio se mantuvieron fijas y hacían referencia a un valor en oro.
Independientemente de que Baker o Lawson saquen adelante sus propuestas, el mensaje, en todo caso, fue claro: los zares de la economía mundial desean un panorama cambiario menos agitado que el actual y están trabajando en ese sentido.
Pero si en ese campo hubo propuestas, en cambio en el de la deuda la cosa siguió igual. Aunque el Tercer Mundo sigue sufriendo lo mismo o más que antes, aún falta que prestamistas y deudores se pongan de acuerdo. Y eso teniendo en cuenta que hay motivos de urgencia. Este año, Brasil --el país, después de los Estados Unidos, más endeudado del mundo-- dejó de pagar intereses sobre unos 68.000 millones de dólares (de un total de 110.000 que le debe a los bancos comerciales de Occidente. Tal ejemplo está a punto de ser seguido por Argentina que, con una deuda total de 52.000 millones de dólares, ha tenido serios problemas con su economía.
Aunque son muchos los meses que han pasado desde que el tema de la deuda se comenzó a discutir, los remedios formulados hasta ahora no han servido. La medicina de siempre, la intervención del FMI en los países en problemas, ha acabado, generalmente, en que el país del caso siga todavía más hundido en el barro. Incluso las salidas "revolucionarias" --como el Plan Baker propuesto en Corea hace dos años-- se han quedado escritas en el papel porque en la práctica nadie desea ceder a las buenas.
Por lo tanto, la estrategia que salió de Washington fue la del menú. Según ésta, cada país decide individualmente con los bancos cómo tratar su problema, escogiendo entre una serie de alternativas. Actualmente, los platos más ofrecidos de esa lista son los que implican la capitalización de las deudas, o sea el cambio de estas por acciones en alguna de las empresas del sector privado del país en cuestión. El mecanismo, promovido fuertemente por los Estados Unidos y los principales bancos, no ha entrado, sin embargo, en completa operación y los escépticos consideran que sus resultados pueden ser muy pequeños frente al tamaño del problema.
Tales circunstancias dejaron la impresión de que la bomba de la deuda sigue haciendo tic-tac, al igual que hace 5 años cuando comenzó a sonar. Propuestas que deseaban ser revolucionarias, como una de Brasil que planteaba la conversión de su deuda externa en bonos preferenciales emitidos al 70% del valor de las acreencias, fueron desechadas rápidamente por los banqueros.
Claro que en términos generales, todos los asistentes a Washington se pusieron de acuerdo en que lo que se necesita es crecimiento económico. Diferentes estudios han demostrado que si los países en desarrollo aumentaran sus exportaciones satisfactoriamente, la deuda externa sería manejable antes de que se acabara este siglo. No obstante, como normalmente sucede con las recetas obvias, esta es difícil de aplicar debido a una serie de impedimentos prácticos. Entre otros, algunos asistentes a la capital norteamericana recordaron las barreras proteccionistas que impiden la entrada de los productos del Tercer Mundo a los países industrializados.
Con semejante cúmulo de inquietudes, no es raro que buena parte de los delegados a la asamblea conjunta del FMI y del Banco Mundial tuviera cierto malestar. Aunque no se sabe a ciencia cierta si sería debido a tanta recepción o a tan malas perspectivas, quedó en claro que quienes asistieron a Washington acabaron saliendo con cierto sabor desagradable en la boca.--

Martes negro
Era lo que faltaba. Como si el mundo no hubiera tenido suficiente con las oscuras previsiones salidas de la reunion conjunta del FMI y del Banco Mundial a finales de septiembre en Washington, en otra ciudad norteamericana se comenzaron a ver los signos de "desajuste". En lo que se recordará por muchos años como un "martes negro", la Bolsa de Valores de Wall Street, en Nueva York, experimentó su caída récord hasta la fecha. En pocas horas, el índice Dow Jones que registra el valor promedio de las acciones disminuyó 91.55 puntos hasta situarse en 2.548,63 al cierre de la jornada. Ante tal circunstancia no faltaron las casandras que se encargaron de recordar los eventos previos a la gran depresión de los años 30, que comenzaron por el mercado de valores.
Afortunadarnente, en esta oportunidad la cosa no parece tan grave, por lo menos todavía. Una vez pasado el pánico, los especialistas salieron a explicar que la baja en el mercado fue consecuencia de un aumento esperado en las tasas de interés. Ante esa expectativa, los inversionistas decidieron vender sus acciones y colocar su dinero en papeles que les dieran una mayor rentabilidad.
Esa impresión fue confirmada efectivamente un día después, cuando los grandes bancos norteamericanos liderados por el Citicorp aumentaron en medio punto la tasa de interés para créditos preferenciales o Prime Rate, la cual le marca la pauta a Occidente. Con la llegada del Prime a 9.25% anual se fortaleció una tendencia iniciada a comienzos de este año, cuando el costo del dinero empezó a subir, alimentando los temores sobre una posible recesion en las economías industrializadas.
Esa perspectiva inmediata acabó siendo más "asustadora" que el descalabro del martes en Wall Street. Por una parte, el mercado de valores se acabó estabilizando y no se produjo el pánico que algunos ternían. Por otra, la baja en términos porcentuales fue del 3.5% en la sesión, cifra que no es catastrófica, en opinión de los conocedores.
En cambio, lo ocurrido con la tasa de interés puede ser peor. En el centro del debate continúa el tema de la deuda del Tercer Mundo, cuyos pagos de intereses deberan aumentar ahora que el Prime se elevó. Igualmente, es llamativo lo que pueda suceder con la inversión productiva en los países industrializados. Tradicionalmente, las empresas posponen sus planes de ensanche si el costo del dinero aumenta, tal como está sucediendo.
Esos eventos le volvieron a dar fuerza a los argumentos de aquellos que insisten que la crisis económica mundial está a la vuelta de la esquina. A pesar de que siempre ha habido pesimistas sobre esta materia, los hechos de la semana pasada fueron curiosos, porque sucedieron justamente después de que en Washington los observadores miraran el futuro de Occidente con el ceño fruncido.

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