El ejercicio del derecho enfrenta el reto de ajustarse a las nuevas realidades.
Se torna imperativo atender las exigencias del mercado actual manteniendo el rigor jurídico, la independencia ética y el compromiso con la justicia, en un entorno complejo marcado por la tecnología, la aceleración del cambio y las nuevas necesidades de los clientes.
Ejercer el derecho hoy implica navegar un entorno en permanente transformación. Entre los principales factores que están redefiniendo la profesión, cabe destacar los siguientes:
La formación
Fruto de la transformación tecnológica y los cambios generacionales, resulta muy retador para las universidades tener una oferta de formación intelectualmente atractiva y con perspectiva rentable para los nuevos estudiantes. A su vez, genera incertidumbre para el estudiante unirse a una carrera que le tomará años y una alta inversión sin tener gran certeza del tipo de ejercicio que se requerirá una vez finalice.
La pregunta ya no es únicamente qué deben aprender los futuros abogados en las aulas, sino cómo deben ser formados para responder a retos que aún no se decantan y tecnologías que todavía no han sido desarrolladas plenamente.
Ejercicio profesional
A los dilemas éticos se les han sumado las implicaciones del uso de la inteligencia artificial, así como la manera como el cliente asume esta responsabilidad y el abogado asegura sus propios contenidos.
Resulta desafiante ejercer la profesión en un entorno cada vez más complejo, tecnológico y competitivo, sin perder de vista que la confianza sigue siendo uno de los activos más valiosos del derecho.
El cliente
El comportamiento del cliente sigue cambiando y, con este, la relación misma con el abogado. Hoy resulta frecuente encontrar documentos ya elaborados por consulta a la inteligencia artificial del cliente, quien ahora, en ocasiones, pretende del abogado simplemente su sello y verificación. El aporte más importante del abogado experimentado será el diferencial particular que solo el conocimiento y el criterio pueden otorgar.
El tiempo
La capacidad de analizar procesos de manera acelerada modificó las expectativas de los tiempos de respuesta, reduciéndolos a niveles no antes imaginados.
La competencia
Los competidores ya no se parecen entre sí y dejaron de tener oficinas en la misma ciudad, estructuras semejantes o incluso la misma tarjeta profesional.
Hoy se incluyen entre ellos softwares que automatizan procesos jurídicos, empresas de servicios legales alternativos que quizás no tienen abogados en su nómina, pero sí ingenieros y científicos de datos, entre otros.
La competencia ya no proviene únicamente de quienes hacen lo mismo. Proviene también de quienes resuelven el problema con procesos distintos.
El exceso normativo
A todo lo anterior se suma un contexto de sobreabundancia normativa, en el que los altos volúmenes de jurisprudencia y doctrina inundan los escritorios y elevan, paradójicamente, las posibilidades de errores (alucinaciones) o abundancia de criterios diversos.
¿Y dónde se traza la línea?
Todo este nuevo entorno termina recayendo en una misma realidad: el riesgo de aplicar menor tiempo al desarrollo del criterio jurídico, que es y seguirá siendo el activo más valioso de los abogados.
Difícilmente, un algoritmo de manera consistente puede reemplazar el criterio que surge de la experiencia, la capacidad de ponderar principios en conflicto o la responsabilidad ética que implica ejercer una profesión cuya base es la confianza.
Por eso, el mayor riesgo para los abogados no es la inteligencia artificial. Es asumir que es necesario saberla utilizar para seguir siendo relevantes sin renunciar a elementos esenciales de su práctica.
Los desafíos de equilibrar la velocidad y la reflexión, la innovación y la prudencia, la conveniencia y la ética, y la información frente al verdadero conocimiento se presentarán de manera incremental en el ejercicio de la profesión. Como nunca antes, se torna tan determinante evidenciar la línea que separa el sano criterio del automatismo.
