Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1995/05/22 00:00

EL BOLIVAR DESNUDO

La seria crisis que atraviesan la economía y la moneda venezolanas comienza a generar inquietud sobre el futuro del proceso de integración comercial con colombia.

EL BOLIVAR DESNUDO

EL JUEVES DE LA SEMANA PASADA HUBO cóndave económico en la Casa de Nariño. Con el Presidente de la República a la cabeza, se sentaron a manteles varios de los especialistas más agudos del país para tocar un tema que desde hace semanas preocupa al gobierno: el de los socios comerciales de Colombia en América Latina.
A medida que transcurre el nuevo año el asunto se ha convertido en una especie de obsesión para quienes han visto cómo el dominó que empezó en México amenaza con llegar hasta Tierra del Fuego, tumbando muchas fichas a su paso.
Durante la cita en el palacio presidencial se habló mucho del país azteca y del llamado efecto 'tequila' sobre la economía nacional. Hasta que alguien puso sobre la mesa otro punto de discusión: el temor al 'caracazo'. Tal como dijo a SEMANA uno de los asistentes a la reunión, "todos estuvimos de acuerdo en que el México de Colombia no es México: es Venezuela ".
Y aunque esa comparación tiene tanto de largo como de ancho, así es. Mientras en otras partes del mundo las preocupaciones sobre la región se extienden a Brasil o Argentina, o incluso a Perú y Ecuador, para Colombia las inquietudes empiezan por la salud de su vecino del oriente, que es hoy su tercer socio comercial, aparte de su hermano siamés a lo largo de una historia en la cual ha habido más desencuentros que reuniones.
La razón de tantas inquietudes es la mala salud de la economía venezolana, cuyo pronóstico sólo tiende a empeorar. Durante 1994 el gobierno de Rafael Caldera se vio en las duras y las maduras para terminar un año que acabó con una segunda caída consecutiva en la producción, la cual se contrajo en 3.3 por ciento. Además la inflación pasó del 70 por ciento, el desempleo se estimó en 11.5 por ciento y el déficit consolidado del sector público ascendió a la increíble suma de 1.3 billones de bolívares (5 billones de pesos colombianos), equivalente al 15.2 por ciento del Producto Interno Bruto venezolano.
Todo esto resulta aún más increíble si se tiene en cuenta que le ha ocurrido a uno de los países más ricos de la región, con un ingreso por habitante que todavía duplica al colombiano. Pero la verdad es que la Venezuela de hoy ya no es la de antes. "El nuestro fue un aterrizaje forzoso", le dijo a SEMANA Gabriela Febres-Cordero, ejecutiva y analista caraqueña.
Ese frenazo ha estado contagiado de una profunda crisis política y social nunca vista antes en ese país de 20 millones de habitantes. Al intento de golpe de estado de hace tres años, a la salida de Carlos Andrés Pérez de la Presidencia antes del fin de su mandato y a las protestas ciudadanas se ha sumado ahora un gobierno que acaba de cumplir un año en el poder y que comienza a perder rápidamente el margen de acción necesario para emprender cambios de fondo.
A la cabeza de este se encuentra Rafael Caldera, quien a sus 79 años recién cumplidos todavía comanda un inmenso prestigio personal. En un país con crisis de confianza en sus dirigentes, Caldera encarna la honestidad y las buenas intenciones, aparte de una gran sabiduría política.
Tales habilidades le han permitido manejar la situación institucional con relativo éxito en medio de una coyuntura económica cada vez peor. El caso más dramático ha sido el derrumbe financiero, un capítulo que comenzó a escribirse poco antes de que Caldera tomara posesión y aún no se ha terminado de redactar. Hasta el momento el Estado venezolano se ha visto en la obligación de intervenir a una veintena de bancos, que en su momento manejaban el 70 por ciento de los activos del sistema de crédito.
La manera en que se ha manejado el proceso bien podría servir para escribir un manual sobre cómo no hacer las cosas. Buena parte de la ayuda inicial acabó en los bolsillos de los banqueros que se pretendía perseguir. Hoy cerca de un centenar se encuentran en el extranjero huyendo de la justicia -no hay un solo detenido- y a cambio el Estado venezolano se quedó con un problema fiscal que, según las últimas cuentas, supera la barrera de los 6.000 millones de dólares. "Conectaron una manguera directamente del Banco Central al sistema y se les olvidó el resto", afirma Miguel Rodríguez, quien fuera el gurú económico de Carlos Andrés Pérez.
La crisis financiera se unió a una situación económica pobre y no hizo sino empeorar las circunstancias. A mediados del año pasado se tomó la decisión de devaluar el bolívar en más de un 60 por ciento, con lo cual se avivaron las presiones inflacionarias. El gobierno respondió entonces con controles de precios que no produjeron el efecto deseado y generaron problemas de escasez de ciertos bienes básicos. A comienzos de este mes era difícil encontrar en Caracas leche, huevos, azúcar y café.
Con semejantes antecedentes no es de extrañar que la situación actual sea particularmente complicada. El gobierno y su nuevo ministro de Hacienda, Luis Raúl Matos Azócar, se enfrentan a un déficit presupuestal enorme, a altos niveles de inflación, a presiones sobre el tipo de cambio y a un descontento social creciente que hace difícil tomar medidas que serían apenas lógicas en otras circunstancias.
El caso más extremo es quizás el de la gasolina. Por cuenta de las protestas populares su precio se ha mantenido constante, hasta llegar a niveles francamente ridículos. Venezuela, que siempre había tenido la gasolina más barata del mundo, ahora la está regalando. El litro de combustible, que cuesta en promedio 5.50 bolívares (unos 22 pesos colombianos, equivalentes a 73 pesos el galón.), vale 30 veces menos que un litro de agua embotellada. Y así sucede en otros sectores. Las cuentas de acueducto y electricidad que pagan aun los caraqueños más adinerados son irrisorias. "En el año 54 el peaje de la autopista de La Guaira a Caracas costaba cuatro bolívares (1.25 dólares) y hoy cuesta 10 (6 centavos de dólar) ", relata el analista Pedro Palma.
La pregunta es si frente a tan grandes males el gobierno de Caldera será capaz de tomar los grandes remedios. La respuesta no es muy alentadora. Una docena de especialistas entrevistados por SEMANA en Caracas coincidieron en afirmar que todavía no ha llegado el momento de la cirugía. "El 94 fue el año de las malas noticias. El 95 va a ser el de los estragos", sostuvo un banquero de inversión que pidió mantener su nombre en reserva. "Caldera es excepcional pero no ha logrado emanciparse de sus compromisos" piensa Domingo Maza Zabala, miembro de la Junta del Banco Central de Venezuela y partidario del gobierno. Según el análisis predominante, la administración va a tratar de manejar la crisis con paños de agua tibia, rindiéndose tan sólo ante lo inevitable. Y lo inevitable no se ve bien. Las proyecciones se encaminan a una nueva caída en la producción de la economía, a una inflación superior al 70 por ciento del año pasado y a una inevitable devaluación de por lo menos un 35 por ciento, cercana a los 230 bolívares por dólar.
Esa situación explica el nerviosismo del gobierno colombiano frente a Venezuela. A pesar de que tanto en Bogotá como en Caracas la integración ha pegado con fuerza, los temblores en un país tienen inmediatamente réplicas en el otro. En el caso de Colombia, la preocupación radica en el déficit creciente en la balanza comercial entre ambos países, que en 1994 se estimó cercano a los 600 millones de dólares. Para colmo de males, una nueva devaluación no haría sino acentuar esa situación y complicarle la vida a sectores como el siderúrgico, algunas de cuyas empresas están teniendo problemas serios para competir con el hierro venezolano. En todo este proceso, que parece inevitable, la única luz es la preocupación en Caracas por darle a Colombia cierto trato preferencial. La semana pasada quedó solucionado el último impasse que trajo consigo la restricción cambiaria de mediados de 1994. Ese factor hace pensar a algunos que, con todo y la profunda crisis, las ventas a Venezuela podrán repuntar algo durante el año.
Pero hay otros que van más allá. Es el caso de varios grupos colombianos que han decidido aprovechar la situación para entrar a un mercado que, tarde o temprano, tendrá que salir adelante. Tal parece ser la creencia de Cadenalco, propietaria de Almacenes Ley, que adquirió hace un par de meses la cadena de supermercados Cada, en asocio de Makro de Holanda. Aunque el monto de la transacción no fue publicado se habla de una cifra conservadora de 130 millones de dólares, una cantidad nada despreciable. En la misma línea han estado Inversiones Mundial, dueña mayoritaria del Grupo Químico, que posee cerca del 30 por ciento del mercado de pintura en Venezuela; Alpina, asociada a Plumrose; la Nacional de Chocolates, aliada con Mavesa; Carvajal, dueña minoritaria de Molanca; Petroquímica Trasandina, del grupo de Petroquímica Colombiana, y Leonisa.
Semejantes demostraciones hacen pensar que, con todo y sus dificultades, la unión entre los dos países sigue hacia adelante. En los meses por venir todo el esquema va a estar bajo presión por cuenta de los problemas cambiarios en la nación vecina, pero los esfuerzos del gobierno colombiano se deberían concentrar en impedir que se le dé marcha atrás al proceso.
"La integración con Venezuela es lo más importante que le ha sucedido a Colombia en muchos años y hay que defenderla como sea", opina el industrial del grupo de Petro química Colombiana, Jimmy Meyer.
Dicho compromiso no debe, sin embargo, apartar la impresión de que con Venezuela el camino va a ser culebrero.
Aparte de su debacle económica, existen todavía grandes inquietudes sociales y políticas ante la probable fragilidad de un gobierno comandado por un presidente más bien entrado en años a quien le quedan cuatro duros años por delante.
Subsisten, así mismo, los roces en la frontera. Más allá del tema de la delimitación de áreas en el Golfo de Venezuela, en los últimos meses ha habido en Caracas una acentuación del sentimiento anticolombiano como consecuencia de las incursiones de la guerrilla, de la inmigración ilegal, del crecimiento del narcotráfico y del robo de automóviles con destino a Colombia. Tales problemas, que en Bogotá no causan mayor inquietud, son reales y muy serios. En el pasado el gobierno colombiano ha sido lento para reaccionar, y sería bueno que ahora pasara de los comunicados de prensa al terreno de los resultados. Tal como le comentó a SEMANA el ministro del Interior de Venezuela, Ramón Escovar, "no podemos permitir que se nos prenda la llama en la pradera".
Y más vale que así sea. La experiencia de estos últimos años ha dejado saldos ampliamente positivos para ambas naciones. Por eso sólo resta esperar que, a pesar de las serias dificultades económicas que se anticipan para este año ambos pueblos mantengan la puerta de la integración abierta. Con todo y sus complicaciones, el país vecino sigue siendo estructuralmente rico, y si Colombia sabe jugar sus cartas va a ser el más beneficiado cuando, a la vuelta de unos años, Venezuela logre arreglar sus cargas y pueda encontrar la prosperidad perdida.


LA REINA DE IRENELANDIA
EL ARGUMENTO daría para una novela si no fuera verdad. Mientras el resto de Venezuela se debate en la confusión, el caos y las críticas a la mala administración, un pedazo del área metropolitana de Caracas parece haber encontrado la solución a todos los males.
¡Y. vaya solución! Los 200.000 habitantes de Chacao se la jugaron en 1992 a la ex Miss Universo Irene Sáez cuando la capital venezolana decidió dividirse en seis municipios, cada uno con administración independiente.
Los resultados no han dejado nada qué desear. Al cumplir el segundo año de su gestión esta espigada alcaldesa ha logrado hacer funcionar el servicio de recolección de basuras, la policía y el control del tránsito. Los índices de criminalidad han caído en 38 por ciento y los precios de la propiedad raíz se han disparado a pesar de la crisis económica. Sus logros son aún más impresionantes cuando se los compara con otras áreas de Caracas, donde la suciedad y los problemas de seguridad son la constante.
Frente a tales alcances, que se suman a su pasado real, parece apenas lógico que hoy por hoy Irene Sáez sea la figura joven más popular de Venezuela.
"La gente habia dejado de creer en sus dirigentes y yo fui fruto de ese proceso", dijo esta politóloga de 33 años a SEMANA desde su moderna oficina ubicada en el edificio donde quedan las nuevas instalaciones de la Bolsa de Caracas. "Sentí los problemas, como todo el mundo, y decidí que iba a dar el primer paso", agregó.
Buena parte de su administración se concentró en un comienzo en cambiar de imagen al municipio. Aparte de arreglar calles y jardines, quizás lo más notorio fue la determinación de rediseñar los uniformes de la policía del tráfico, cuyos miembros exhiben ahora un sombrero de explorador inglés y ropa bien cortada. Todo esto, además de una serie de vehículos eléctricos -desde patinetas hasta automóviles- que son utilizados para patrullar las calles y todavía causan curiosidad a los peatones.
Semejante derroche de glamour no ha estado exento de críticos. Los programas de humor en la televisión han hecho de Irene Sáez uno de sus blancos favoritos. Otros analistas más serios subrayan que, a pesar de sus méritos, la verdad es que Chacao es un municipio de clase media alta con un presupuesto anual cercano a los 30.000 millones de pesos colombianos y sin los graves conflictos sociales de otras áreas de Caracas.
Pero, más allá de ese debate, es innegable que el segundo reinado de Irene Sáez apenas comienza. Su estrella ha llegado tan alto que algunos ya la están postulando como candidata a la presidencia de Venezuela en el año 1998. Aunque ella alega que "mi única meta es ser reelegida en la Alcaldía", la verdad es que su cuidadosa campaña de imagen la ha proyectado de lleno al ámbito nacional. Para que los automovilistas no la olviden, Chacao está lleno de vallas con un número donde se puede llamar a hablar sobre el municipio: el 1-800-IRENE. Y para que sus compatriotas la recuerden la ex reina, cuya soltería es tema obligado de conversación, tiene muchos amigos espontáneos. Uno de ellos le dedicó hace poco un poema en el Diario de Caracas: "La gracia no se le trunca a Irene, la reina impar sus ganas de trabajar tampoco se agotan nunca".
Y ella agrega: "Yo no había previsto todas estas nuevas posibilidades". Los venezolanos tampoco.

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