Martes, 17 de enero de 2017

| 1989/01/16 00:00

EL CONCURSO DEL SUPER-MODELO

El éxito económico de Chile alimenta el debate sobre cuál debe ser el modelo de desarrollo de la economía colombiana.

EL CONCURSO DEL SUPER-MODELO

Abrir puertas parece ser ahora la filosofía económica de moda. En casi todos los países del mundo, los líderes políticos hablan bellezas de temas que hasta hace unos pocos años eran vedados: apertura de mercados externos, inversión extranjera, desregulación y mayor participación de la iniciativa privada en el desarrollo. Los vientos de cambio han llegado inclusive hasta Moscú, donde el presidente soviético, Mijail Gorbachov, parece a veces defensor del capitalismo. Lo mismo ocurre en China, Hungría o Yugoeslavia y ni para qué hablar de los países occidentales.
En la órbita de América Latina Chile es el país por excelencia abierto hacia el exterior. Tanto, que su ejemplo ha empezado a influír en los economistas colombianos, que desde hace un mes empezaron a darle puntadas al tema. En medio de argumentos que tienen su cuota de academia y de pasión, expertos como Abdón Espinosa Valderrama y Hernán Echavarría Olózaga han defendido, desde sus columnas en El Tiempo, puntos de vista diametralmente opuestos.
Echavarría, por ejemplo, sostuvo hace poco que para salir adelante, "tenemos que principiar por equilibrar el presupuesto y acabar con los déficits y la consiguiente inflación. Reducir la carga burocrática y eliminar todos los controles económicos (...) Tenemos que eliminar también los aranceles de aduana como método de fomento económico", y, además, favorecer la entrada del capital extranjero.
Semejante cadena de propuestas no gustó a quienes creen que, por más fallas, el sistema actual no es tan malo, sino que necesita algunos ajustes. Con el ex ministro Espinosa a la cabeza, los defensores de lo que se ha hecho criticaron lo que ha sido denominado "la ventolera del liberalismo económico".
La discusión se alborotó debido al hecho de que el caso chileno fuera el citado como ejemplo por Echavarria Olózaga. En los últimos años, la economía del país austral se ha desempeñado admirablemente bien, siendo designada por la revista británica The Economist, como "la estrella de América Latina". Esa impresión compartida por los observadores internacionales, es sustentada por las cifras oficiales: a partir de 1985, el crecimiento promedio de la economía ha sido superior al 6% anual, la inflación debe bajar al 12% este año (10 puntos menos que en 1987), las exportaciones llegarán a casi 7 mil millones de dólares (un crecimiento cercano al 30%) y el desempleo, según el dato más reciente, está en el 8%. El clima de empuje es tanto, que algunos chilenos sostienen que en un futuro no muy lejano alcanzarán a Australia y que pronto su país será conocido como otro de los "tigres" del Pacífico sur.
La bonanza chilena, sin embargo, no convence a Espinosa. De manera enfática, el ex ministro afirma que "el ejemplo chileno no es ejemplo", y agrega que "es extravagante hablar en el exterior de este modelo, cuando los mismos chilenos sacaron a Pinochet".
Esta opinión es compartida por algunos expertos que señalan que en el milagro de Chile hay mucho de ilusión. Hace algunos días en Bogotá, el economista chileno Manfred Max-Neef dijo que "hemos aumentado significativamente en algunos indicadores, pero hay otras cosas escondidas". En particular, Max-Neef se refirió a la pérdida de la calidad de vida de las clases populares que no han ex perimentado los beneficios de la nueva riqueza, que, según él, se ha concentrado en manos de unos pocos.
La existencia de esos lunares no alcanza a preocupar a las personas que consideran que Chile va para adelante. En Colombia, los más moderados piensan que no estaría mal que el país se decidiera a adoptar algunos elementos del "modelo chileno", con la idea de que el país tiene que modernizarse y mirar hacia afuera.
Tradicionalmente, Colombia ha sido un país aislado. A pesar de que muchos de los miembros de la clase dirigente se han formado por fuera y de que no ignoran lo que está sucediendo más allá de las fronteras, lo cierto es que, si se miran algunos indicadores como participación del capital extranjero en la industria nacional o la importancia relativa del sector externo, el país está a la zaga del resto de los países de América Latina. Aún sin desconocer que a la economía nacional le ha ido muchísimo mejor que a sus vecinos a lo largo de esta década, no por ello se le puede volver la espalda al exterior. Tal como dijera recientemente un parlamentario liberal, "el mundo se está dividiendo en bloques y Colombia no forma parte de ninguno".
Esta opinión se enmarca claramente dentro de lo que ha venido sucediendo en los últimos años. En Europa occidental, por ejemplo, hay dos poderosos grupos de países (la Comunidad Económica Europea y la EFTA, que agrupa a los países escandinavos), que, gracias a su cohesión, están adquiriendo un poder nunca visto. La CEE, para citar el caso más conocido, será en 1992 un conglomerado donde las mercancías, los capitales y los trabajadores podrán transitar libremente en cualquiera de los 12 países que hoy la componen.
Algo similar está a punto de suceder entre Canadá y Estados Unidos y en el Lejano Oriente, Japón está promoviendo un esquema similar. Aún en el bloque comunista los países miembros del Comecom están empeñados en aumentar su competitividad e incrementar su comercio exterior.
En contraste, en América Latina el panorama comercial es castaño oscuro. La Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), que se creó para promover el libre comercio de los productos del área, no es más que una sigla. El Pacto Andino está, por decir lo menos, moribundo y no ha habido voluntad política por parte de sus cinco miembros para revivirlo.
Ante semejante situación, algunos piensan que sería conveniente que Colombia se integre un poco más con el exterior si quiere estar preparada para el futuro. No obstante, los tímidos intentos hechos hasta ahora no han tenido mucha suerte. El proyecto de ley sobre inversión extranjera en el sector financiero, presentado por el gobierno, tuvo un tránsito difícil en el Congreso y acabó aprobándose en primera vuelta con modificaciones que desilusionaron a los inspiradores de la medida. La iniciativa, que en su versión original permitía la entrada de capital extranjero en el sector financiero hasta un 40% del total del sistema, acabó saliendo con restricciones que hacen que, de aprobarse definitivamente el proyecto, en la práctica la apertura sea muy limitada.
Y este no es el único caso en el cual hay evidencia de puertas cerradas. La reforma constitucional aprobada en la primera legislatura le daría al gobierno nacional aún más poder para intervenir en la economía. Tal coma dijera hace unos días el presidente de la Asociación Bancaria, Carlos Caballero Argáez, "en vez de hacer del crecimiento sostenido una prioridad, estamos sentando las bases para retroceder".
Frente a la apertura, la posición del gobierno no parece coherente. Si en la iniciativa sobre inversión extranjera en el sector financiero éste estuvo "aperturista", en la de la reforma constitucional y en la de la nueva ley sobre presupuesto ha sido "estatista". Ese conjunto de señales confusas se complementó con el anuncio hecho la semana pasada por la directora del Departamento Nacional de Planeación, María Mercedes de Martínez quien prometió una "agresiva política de comercio exterior" para 1989.
Y es mejor que así sea, pues descontando las exportaciones "pesadas" como café, petróleo, carbón y las del sector agropecuario, las del sector industrial -excluído el ferroníquel- apenas si alcanzan los mil millones de dólares, cifra irrisoria en el contexto mundial.
Pero para incrementar esta cifra sustancialmente, los conocedores afirman que habría que romper cuellos de botella, por ejemplo el del sector financiero que, débil como se encuentra, no está en capacidad de dar las facilidades que requiere un esfuerzo exportador en grande. Eso, sin mencionar el factor político. Si bien es cierto que Chile logró una profunda reestructuración de su economía es innegable que pudo hacerlo porque la dictadura militar dispuso de los argumentos de fuerza suficientes para lograr sus objetivos, muchas veces sin tener en cuenta el costo social que éstos implicaban. Algo similar sucedió en países como Taiwan, Corea del Sur o Singapur, donde la mano dura trazó el camino, sin que hubiera derecho a pataleo.
En Colombia, una reestructuración económica de este tenor es más compleja. Al ser una democracia, por imperfecta que sea, el juego de los diferentes intereses impide que en la práctica se tomen medidas unilaterales, independientemente de las eventuales bondades del modelo.
En resumen, teniendo en cuenta las limitaciones que existen la falta de voluntad política definida hacia la apertura y el factor inseguridad -que no hace muy atractivo invertir en el país-, es difícil vislumbrar a Colombia imitando de frente el modelo chileno. Por lo pronto, parece que los "aperturistas" a ultranza, se tendrán que contentar con los tímidos intentos parciales que de tiempo en tiempo se hacen. Para muchos, sin embargo nadar entre dos aguas como lo ha venido haciendo el país, no es necesariamente tan grave. Para demostrarlo, basta con mirar la suerte de otros países latinoamericanos que, a punta de buscar el sueño de la apertura, terminaron en una horrible pesadilla.

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