Domingo, 19 de febrero de 2017

| 2010/05/15 00:00

El derrumbe de los mitos

En su nuevo libro, el premio Nobel Joseph Stiglitz no deja títere con cabeza al señalar los culpables del hundimiento de la economía mundial. Para corregir el rumbo dice que los gobiernos deberán asumir un nuevo papel. Ofrece alternativas para una economía más próspera.

Un fiscal de Nueva York investiga a los ocho más grandes bancos de Estados Unidos por la relación que han sostenido con las principales agencias calificadoras de riesgo.

Las heridas todavía están abiertas. El mundo no ha terminado de reponerse de la primera gran recesión económica del siglo XXI, que dejó efectos devastadores y sin precedentes en todo el planeta.

La crisis que actualmente viven varios países europeos, entre ellos Grecia, España, Irlanda, Portugal, Italia y Rumania, da cuenta de que la hoguera que se prendió en Wall Street todavía está encendida.

No se sabe hasta dónde más llegarán las consecuencias. La semana pasada un fiscal de Nueva York comenzó a investigar la relación que han sostenido los más grandes bancos -Goldman Sachs, Morgan Stanley, UBS, Citigroup, Credit Suisse, Deutsche Bank, Crédit Agricole y Merrill Lynch (ahora propiedad del Bank of America)- con las tres principales agencias calificadoras de riesgo: Standard & Poor's, Fitch y Moody's. Según The New York Times, el fiscal investiga si estas entidades financieras condicionaban de alguna manera o engañaban a las calificadoras para que sobrevaloraran los productos derivados basados en hipotecas (llamados CDO por su sigla en inglés). Estas calificaciones son básicas para los inversionistas cuando deciden comprar estos títulos.

Pasará mucho tiempo para que los ciudadanos en Estados Unidos y en algunos otros países recuperen la confianza en la economía y, por supuesto, todo lo que perdieron: sus viviendas, sus empleos y sus ahorros.

Todos esperan que los líderes del mundo logren frenar la codicia sin límites del sistema financiero estadounidense, cuyas prácticas fueron imitadas por muchos otros banqueros del planeta.

La verdad es que los pocos economistas que advirtieron que el modelo capitalista sin control, que se impuso por años en Wall Street, podría estallar en cualquier momento, no están tan seguros de que el mundo haya aprendido la lección.

Por lo pronto, en medio de este aparente desasosiego, el premio Nobel de Economía de 2001, Joseph Stiglitz, publica su último libro, Caída libre, en el que hace una profunda reflexión sobre las causas de esta crisis que se gestó en el último cuarto de siglo en Estados Unidos. Al mismo tiempo, abre una luz de esperanza en el futuro, siempre y cuando se emprenda un cambio de rumbo en el modelo económico y financiero.

Como dice Stiglitz, habrá más crisis, y probablemente peores en el futuro, si no se hace algo. "Cuando la economía mundial entró en caída libre en 2008, también lo hicieron nuestras creencias. Las inveteradas ideas sobre teoría económica, sobre Estados Unidos y sobre nuestros héroes también han entrado en caída libre", asegura.

Las siguientes son las principales lecciones aprendidas y extractadas del libro que lleva el sello editorial Taurus.

Los grandes culpables

Todos los dedos apuntan hacia Wall Street, y no se equivocan. Para Stiglitz, saber quién o por lo menos quiénes tienen la culpa del hundimiento de la economía es esencial si se quiere reducir la probabilidad de que vuelva a ocurrir y si se quiere corregir. Le pasa primero la factura de cobro a la profesión de los economistas, que proporcionó a los grupos de interés argumentos sobre los mercados eficientes y autorregulados.

Por supuesto, en la lista de culpables están los banqueros que actuaron codiciosamente. Dice que las instituciones financieras se vanagloriaban de sus inteligentes y nuevos instrumentos de inversión. Las firmas de Wall Street, centradas en maximizar sus beneficios, crearon unos productos financieros sin protección contra el riesgo, que terminaron por estallar entre sus manos.

También son culpables los organismos reguladores, que eran la última línea de defensa contra el comportamiento excesivo, arriesgado y poco escrupuloso de los bancos. Señala a Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal (FED, banco central en Estados Unidos) porque creía que podía mantener bajos intereses y alentó la burbuja inmobiliaria, y a Ben Bernanke, actual presidente de la FED, porque permitió que prosiguiera la emisión de hipotecas de alto riesgo. Igualmente, critica al ex presidente Ronald Reagan y a la ex primera ministra del Reino Unido Margaret Thatcher, que iniciaron la revolución del mercado libre que denigró del papel del gobierno. Y por supuesto, al ex presidente George W. Bush, quien decidió ignorar lo que estaba pasando.

El coctel molotov

La génesis de la crisis está en la combinación peligrosa que imperó por años: mercado desregulado, inundación de liquidez, tasas bajas, burbuja inmobiliaria mundial y créditos de alto riesgo en vertiginoso crecimiento. A esto se le agregó otro ingrediente: déficit público y comercial en la primera potencia económica del mundo. Stiglitz afirma que por años, el país más rico del planeta vivió por encima de sus posibilidades: imperó la orgía del consumo. El sector financiero privado de Estados Unidos ha hecho un trabajo pésimo, dice Stiglitz.

Arma financiera de destrucción masiva

Para acabar de completar esta torcida realidad, Stiglitz dice que en los "laboratorios de Frankenstein en Wall Street" los bancos crearon nuevos productos de riesgo, sin mecanismos para controlar el monstruo que habían creado. Cortaron en fracciones las hipotecas, convirtiéndolas en valores, y luego tomaron estos valores y los volvieron a fraccionar en productos aún más complejos. Lo que quedó claro es que esos productos proporcionaban nuevas oportunidades para asumir riesgos y ganar jugosas comisiones. Muchos de estos derivados desempeñaron un papel nefasto en la actual crisis. Citando a Warren Buffet, Stiglitz señala que los derivados financieros también pueden ser armas financieras de destrucción masiva. No cree que se deban suprimir, pero sí regularse para que se utilicen correctamente.

El gran atraco

Por años, dice Stiglitz, los bancos no proporcionaron los servicios que necesitaban los pobres. Sencillamente, el sistema financiero funcionaba mal. Los banqueros, anota, en su mayoría, no son por naturaleza más codiciosos que el resto de la gente, lo que ocurre es que tienen más oportunidades y mayores incentivos para causar estragos a costa de los demás. Una práctica perversa hizo carrera en Wall Street: los llamados incentivos (bonos o stock options). Según Stiglitz, estos estímulos pueden generar distorsión. Afirma que si los trabajadores cobran según el número de piezas producidas, y gozan de cierta discrecionalidad (lo cual casi siempre es el caso), harán impunemente las piezas de la peor calidad, pues al fin y al cabo se les paga según la cantidad, no según la calidad. Los banqueros participaban de las ganancias pero no de las pérdidas. Ha quedado demostrado, afirma, que los bancos en Estados Unidos estaban activamente dedicados a engañar.

Caen muchas teorías

Una de las teorías que desbarató la crisis fue la del desacople que decía que el mundo ya no dependía de Estados Unidos. No es más que buenos deseos, afirma Stiglitz, pues la economía de Asia sigue siendo todavía muy pequeña (el consumo total de Asia es el 40 por ciento del de Estados Unidos) y su crecimiento depende en buena parte de sus exportaciones a Estados Unidos. La crisis también demostró que la autorregulación, que propugnaba la industria, no funciona. Para el premio Nobel, hoy solo los ilusos afirmarían que los mercados se autocorrigen y que la sociedad puede confiar en el comportamiento autointeresado de los agentes del mercado, para asegurar que las cosas funcionan de manera honrada y limpia.

Por otro lado, la tesis de que lo bueno para Wall Street era bueno para Estados Unidos y para el mundo no fue cierta. La puerta giratoria que permite a los líderes financieros estadounidenses pasar con toda naturalidad de Wall Street a Washington (al gobierno) y volver a Wall Street resultó perversa.

Rescate o donación

El premio Nobel de Economía hace una dura crítica al paquete de rescate que aplicaron los gobiernos, principalmente el de Estados Unidos, con Bush y Obama. Afirma que fueron una donación enorme, oculta para los contribuyentes. Los banqueros que metieron al país en este caos, dice, deberían haber pagado por sus errores. Por el contrario, se fueron de fiesta con miles de millones de dólares, gracias a la generosidad de Washington. El rescate increíblemente costoso (700.000 millones de dólares) fracasó en uno de sus objetivos principales: restablecer el crédito. En una crítica a Obama, Stiglitz dice que el dinero-rescate que se podría haber gastado en reestructurar la economía y crear nuevas empresas dinámicas, se ha donado para salvar a firmas viejas y fracasadas. El generoso rescate se convirtió en una de las redistribuciones más importantes de riqueza que se ha producido en un periodo tan corto de la historia, y no precisamente contribuyendo al bienestar de la sociedad. Para el economista, si se quiere preservar un mínimo de justicia, el precio del ajuste debe ir a cuenta de los de arriba, que se han embolsado tanto dinero durante las últimas tres décadas, y del sector financiero, que ha impuesto unos costos tan altos al resto de la sociedad.

Gobierno versus mercado

La gran lección que dejó esta crisis es que los mercados no se autorregulan, y por lo tanto el papel que debe desempeñar el gobierno es esencial. Para Stiglitz, el mercado ha alterado la forma de pensar de muchos y ha pervertido los valores. Dice que el intento equivocado de reducir el papel del Estado ha dado como resultado una intervención del gobierno, por cuenta del plan de rescate, como nadie habría previsto nunca antes. Por miedo a la nacionalización de los bancos quebrados, se dificultó la intervención eficaz y a tiempo del gobierno. Ahora se tendrá que reconstruir una sociedad donde el papel del gobierno y el papel del mercado estén más equilibrados. Dice el Nobel que el gobierno tiene un papel muy importante en en promover el crecimiento y la innovación. Y en dar protección social y seguridad. El gobierno no puede evitar todas las formas de explotación, pero sí reducir su alcance. Los mercados, aun siendo eficientes, pueden producir unos resultados socialmente inaceptables. Lo que se necesita ahora, recalca, no es una desregulación total, sino más regulación en determinadas áreas y menos en otras. El gobierno debe ser capaz de evitar, por ejemplo, que surjan entidades demasiado grandes que no se pueden quebrar porque destruyen el sistema. Para Stiglitz, si una entidad es demasiado grande para quebrar, lo es también para existir.

Un nuevo capitalismo

La crisis descubrió defectos fundamentales en el sistema capitalista, o por lo menos en la peculiar versión del capitalismo que surgió al final del siglo XX en Estados Unidos. Stiglitz afirma que el capitalismo al estilo norteamericano puede provocar graves problemas. Esta es una crisis con etiqueta 'made in USA'. El modelo del capitalismo del siglo XIX no es aplicable al siglo XXI, por ello hay que crear uno nuevo. Señala que los economistas abandonaron la economía keynesiana y dejaron de ocuparse del desempleo para preocuparse por la inflación y al crecimiento. Los banqueros centrales tienden a ser conservadores y muchos no creen en la intervención del Estado en los mercados. Considera que el sistema financiero no podría ni debería volver a ser como antes, y para ello se requieren reformas reales y no cosméticas.

Globalización al banquillo

La economía global ha estado al borde de la muerte. Stiglitz piensa que la crisis probablemente cambiará el orden mundial, incluido el equilibrio global del poder económico. Devolver la salud a la economía estadounidense y mundial exigirá reestructurar las economías para que reflejen una nueva teoría que corrija los desequilibrios globales. En su opinión, la globalización y las nuevas tecnologías han abierto la posibilidad de nuevos monopolios mundiales con una riqueza y un poder muy superiores a lo que los barones de finales del siglo XIX habrían siquiera soñado. El consenso de Washington ha muerto y la ideología fundamentalista del mercado que los sostenía también, concluye.

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