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| 9/10/2011 12:00:00 AM

El efecto Lagarde

El temor por una nueva recesión internacional se sigue extendiendo a todas partes. Incluso a Colombia, a pesar de que goza de buena salud.

La crisis económica de Estados Unidos y Europa -y sus efectos para el resto del mundo- se asemeja a la de un enfermo al que no le encuentran cura a pesar de que tiene a todos los especialistas al lado de su lecho. La temida palabra, recesión, es el desenlace fatal que nadie quiere aceptar, aunque todos los síntomas muestren que no se puede descartar.

La primera que habló de un posible contagio en cadena fue la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde. Sus declaraciones fueron tachadas de imprudentes, por sus efectos en momentos de tan alta volatilidad como los que atraviesan por estos días los mercados internacionales. La funcionaria dijo que el papel de los gobiernos y los bancos centrales para conjurar la crisis actual es limitado, al considerar que "la mayor parte de la munición ya fue gastada en 2009". Sin embargo, Lagarde llamó al orden y dijo que aún queda una luz de esperanza para combatir el estancamiento en el crecimiento de las principales economías y la debilidad de los bancos, pues al ser dueños de altas cantidades de bonos soberanos, están en una posición de alto riesgo. "La única vía para evitar la recesión es que gobiernos, bancos centrales e instituciones internacionales trabajen juntos y de manera coordinada", pidió.

Pero el dictamen de Lagarde no es la única señal de preocupación. Un informe elaborado por J.P. Morgan evidenció que a la par del riesgo de las naciones y los bancos, la actividad económica mundial también está cojeando. El índice sobre la producción económica global cayó a 51,5 en agosto, frente a una lectura de 52,5 de julio. Este indicador se mantiene desde julio de 2009 por encima de los 50 puntos, que es la marca que separa el crecimiento de la contracción en la actividad del sector privado. "El crecimiento de la producción global se moderó y alcanzó su ritmo más débil en lo que va del proceso de recuperación. La manufactura fue el principal lastre", explicó David Hensley, de J.P. Morgan.

Ante este panorama, el efecto dominó se apodera de la psicología económica. Aumenta el temor de los inversionistas en la zona euro, porque las medidas de la Unión Europea no logran su objetivo. Las bolsas de Londres, Fráncfort y París cayeron en agosto como nunca antes, y los primeros días de septiembre pintan un panorama negro para los inversionistas.

"Creemos que estamos 'ad portas' de un periodo crítico para la eurozona y que la amenaza es hoy más grande que nunca", señaló Alastair Newton, estratega de renta fija del banco Nomura Securities, en Londres.

Las acciones de los principales bancos de Europa sufren los efectos, pues son dueños de miles de millones de euros en deuda soberana y los inversionistas no saben cuál será el valor de esos bonos en el futuro. El temor general radica en que pueda darse una retirada masiva de depósitos bancarios en alguna institución financiera europea que ponga a todos en jaque. Eso, sumado a que Grecia se niega a dar garantías más sólidas que respalden el préstamo de 110.000 millones para su rescate debido a que no ha podido reducir su déficit presupuestario, hace que la enfermedad siga avanzando, y prueba de ello es que el PIB de los 27 miembros de la Unión Europea solo creció 0,2 por ciento en el segundo trimestre del año. Los analistas esperan que el regreso de los inversionistas tras las vacaciones de verano se vea reflejado en el mejor comportamiento de las acciones en toda la zona, aunque esa es una expectativa muy débil.

Y es inevitable que Europa arrastre a Estados Unidos. Aunque los inversionistas en Wall Street quieren creer en el plan de manejo de la deuda europea, esa confianza se castiga día a día. El promedio industrial Dow Jones no logra dos jornadas consecutivas al alza, y lo mismo pasa con los índices Standard & Poor's y el Nasdaq.

Las acciones de los bancos estadounidenses siguen con grandes caídas, por temores a que los prestamistas se enfrenten a una creciente lista de demandas relacionadas con las hipotecas. La suma de todos esos factores llevó a una reducción en las previsiones del PIB mundial por parte del FMI, que de una expectativa de 4,2 por ciento ajustó la cifra en 4 por ciento.

Además, la Reserva Federal afirmó que las señales de recuperación no logran consistencia y el gasto en bienes durables de los ciudadanos estadounidenses sigue cayendo en varias regiones del país. Esto se podría explicar con el dato de crecimiento cero en nuevos empleos, y una economía que no logra generar puestos de trabajo inevitablemente ve cómo su consumo interno se debilita.

"Esta es una continuación del temor por la economía global. Gran parte proviene de Europa. Súmele el anémico crecimiento que registró Estados Unidos en la primera mitad del año y ahí se puede entender por qué los inversionistas tienen constantes ataques de nervios", opinó Bill Stone, estratega en jefe de PNC Wealth Management.

Sin embargo, una voz de aliento llegó de quien todos la esperaban: Ben Bernanke. El presidente de la Reserva Federal, sin revelar detalles, anunció medidas para retomar altas tasas de crecimiento y empleo, con una inflación controlada, aunque muchos leen su declaración como un paisaje en medio del caos. El propio presidente Barack Obama se refirió a la situación económica como una crisis nacional y le pidió al Congreso aprobar un paquete de 447.000 millones de dólares para incentivar la creación de empleos a través de un recorte de impuestos a trabajadores y empresas. Y con el llamado de Obama apareció Colombia. En su discurso ante la sesión conjunta del Senado y de la Cámara, el jueves, el mandatario dijo que "era hora de despejar el camino" para la ratificación de los tratados comerciales pendientes, es decir, los de Colombia, Panamá y Corea del Sur.

El espaldarazo presidencial, en el foro político más importante de Estados Unidos, es significativo para empresarios e inversionistas que ven en el TLC un termómetro simbólico de confianza en el país. La gran pregunta es, sin embargo, hasta dónde se sentirán en el país los efectos de la crisis global. Un informe del grupo de investigaciones de Correval admitió que estos se terminarán reflejando tarde o temprano, aunque insinúa que todo puede sentirse a partir del segundo semestre del próximo año.

Así, mientras el mundo desarrollado vive sus días de angustia y con menos salvavidas a su disposición -como advirtió Lagarde-, en Colombia la calma sigue reinando. La confianza industrial mantuvo crecimiento en julio, según Fedesarrollo, y otros indicadores como el comercio y el comportamiento de las acciones y el dólar siguen también bajo un relativo control. Sin embargo, nadie se puede confiar. La incertidumbre continuará en el ambiente pues la enfermedad de las grandes potencias aún no encuentra una cura efectiva. Colombia todavía no siente los síntomas, pero nadie se puede considerar totalmente a salvo de la epidemia.
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