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| 3/26/2001 12:00:00 AM

El negocio de los genes

El mapa del genoma humano dispara la carrera por patentar y comercializar los nuevos descubrimientos.

No es cuestión de millones de genes sino de millones de dólares. El hallazgo del genoma humano ha abierto una frenética carrera por patentar los 30.000 genes que tienen las personas. Empresas de todo el mundo luchan hombro a hombro por ser las primeras en ganar esta competencia y registrar como suyas las nuevas estructuras genéticas. Todo, con el fin de obtener participación en los productos médicos y en los fármacos que de ellas se deriven. En poco tiempo las compañías dedicadas a la investigación biotecnológica se han vuelto las estrellas de las bolsas de valores del mundo, como lo eran hasta hace un año las empresas de Internet.

Quien posea la información del genoma tendrá mucho poder en el futuro pues sabrá qué gen está vinculado a determinada enfermedad y podrá desarrollar mecanismos precisos para combatirla. Además podrá cobrar derechos a quien quiera utilizar esa información. Este hecho tiene enfrentados a voces críticas de todo tipo, desde grupos religiosos hasta ecologistas. Algunos alegan que es inmoral pues suponen que la vida humana puede patentarse. Otros que sería poner a los genes al mismo nivel de un chip de un computador. Los más extremistas sostienen que representa una nueva forma de esclavitud, pues implica el “desmembramiento de la persona y su venta en trocitos a empresas comerciales en todo el mundo”.

A priori puede parecer ilógico patentar algo que existe en la naturaleza, como un gen. Sería como patentar una vaca o una flor. Pero cuando una compañía tiene suficiente información sobre un gen concreto y puede con ello desarrollar usos terapéuticos, este último sí es patentable. Aquí reside la sutileza: el gen —su secuencia—, es de dominio público, pero su función y el desarrollo de alguna clase de fármaco o terapia en la que intervenga este gen, podrá ser patentada. Además las bases de datos —que se consideran propiedades intelectuales— también son objeto de patentes, lo que hace de los datos del genoma del hombre una información susceptible de comercializarse.



Cifras millonarias

La primera concesión a una patente de un proceso microbiológico se otorgó a Louis Pasteur en 1873, para la fermentación de la cerveza. En ese momento Estados Unidos se manifestó en contra de que una materia viva pudiera ser patentada. Desde entonces la situación ha cambiado bastante, hasta el punto que hoy existen en Estados Unidos 20.000 patentes que involucran genes, de los cuales sólo un 10 por ciento corresponden al genoma humano.

Para las empresas de biotecnología la necesidad de patentar las potenciales aplicaciones de un gen se justifica como una forma de salvar las inversiones en investigación. El poder patentar sus hallazgos les permite recuperar el dinero invertido y, desde luego, esperar ganancias: si no existiera el aliciente económico las compañías privadas no estarían interesadas en desarrollar nuevos proyectos, que resultan costosos y lentos. Incluso una gran proporción de ellos fracasan en la mitad del camino. En contrapartida, las empresas aducen que las patentes tienen una fecha de caducidad y los beneficios derivados de sus investigaciones van a revertir en el bien de la sociedad.

Precisamente una de las empresas a la vanguardia en la patente de descubrimientos es Celera Genomics, responsable de establecer la secuencia de los genes humanos. Fundada hace tres años por el científico-empresario Craig Venter —bautizado por los medios como el “Bill Gates de la genética”— cobra en la actualidad más de cinco millones de dólares a quienes quieran tener acceso a su base de datos. Con ello les permite a los laboratorios farmacéuticos descifrar las asociaciones entre los genes y las proteínas, verdadera clave para el desarrollo de tratamientos médicos.

De hecho son ya cinco las multinacionales farmacéuticas que han firmado contratos con Celera para acceder a sus bases de datos entre las que figuran, entre otros, gigantes de la categoría como Pfizer o American Home Products. Solamente el año pasado las empresas Pharmacia y Amgen pagaron a Celera 45 millones de dólares por acceder tanto a su banco de datos como a los programas informáticos que permiten procesar y analizar detalladamente la información a gran velocidad, según el periódico The New York Times. El canon para las pequeñas empresas es menor, pero, a cambio, Celera participa de los ingresos que resulten de los nuevos fármacos.



David vs Goliat

El competidor más acérrimo de Celera Genomics es el consorcio público Genoma Humano (Hugo), auspiciado por los gobiernos británico y estadounidense. Aunque el mapa genético es, oficialmente, una obra conjunta de ambos, cada uno cuenta con una versión propia y distinta. A diferencia de Craig Venter y su grupo de trabajo, los científicos de la iniciativa pública están en desacuerdo con cobrar por la información y prefieren poner sus resultados a disposición de todos en forma gratuita, en beneficio de la humanidad. Alegan estar en contra de patentar el conocimiento y aseguran que hay que evitar el monopolio de los genes. “Dichos hallazgos deberían ser gratuitos para todo el mundo. En especial para países como el nuestro que no tienen acceso a la tecnología de los países desarrollados”, dice Carlos Restrepo, genetista de la Universidad del Rosario.

Los empresarios privados, por el contrario, aseguran que han invertido muchos años y mucho dinero y que las reglas del mercado son otras. Además, que la calidad tiene un precio. La gran mayoría de analistas del sector coinciden en que el trabajo de investigación desarrollado por Celera es mucho más rico y completo que el realizado por el consorcio público y, por ello, prefieren pagar los altos costos de acceder a sus bases de datos.

A partir de ahora se prevé una pugna entre las empresas biotecnológicas norteamericanas y europeas, por aliarse con las farmacéuticas de uno y otro lado del charco. Entre las primeras se destacan Millenium y Vertex cuya alianza con los laboratorios Bayer, Aventis y Roche ha sido todo un éxito. “Las que van a ganar más serán las primeras en sacar adelante y patentar un buen fármaco”, declaraba en días pasados Francis Collins, director científico del consorcio público del genoma humano, al reconocer que en una década una nueva línea de medicinas genéticas saldrá a la calle para atacar enfermedades como el cáncer.

Esta es la razón que ha llevado a Celera Genomics, siguiendo el paso de otras compañías genómicas, a aprovechar su propia Biblia genética y dar el salto a la producción de fármacos. El año pasado Craig Venter se reafirmó con una financiación adicional de 1.000 millones de dólares para lanzar su nueva línea de fármacos. Se prevé que en un par de años podrían estar listos 100 proyectos.

“Está claro que sigue existiendo una gran oportunidad de negocio para las empresas que desarrollan herramientas que permitan la lectura genética. Pero también ha llegado la hora de las proteómicas —especializadas en el análisis de proteínas— y de las bionformáticas”, asegura el genetista colombiano Emilio Yunis. Y es que más del 60 por ciento de los fármacos funcionan afectando a determinadas proteínas de la cadena genética con el fin de realizar la cura. Por ahora, sólo se han descifrado unas 500 de estas proteínas-objetivo, de las más de 3.000 que, se estima, pueden existir.



Las bioinformaticas

Computadores, chips y procesadores son también parte importante de la revolución genética. La rapidez con que se consigan los nuevos medicamentos va a depender de la velocidad en la interpretación de las secuencias genéticas y las relaciones de las proteínas. “Es un terreno abonado para las bioinformáticas”, dice en su más reciente edición la revista The Economist, al ubicar a este subsector en el tercer lugar de las empresas más beneficiadas por el Genoma Humano.

Las empresas que compiten en la elaboración de software de interpretación de datos genéticos son, entre otras, Rosetta, Informax y Lion Bioscience. Recientemente IBM pronosticó que la facturación de estas compañías ascendería a 9.000 millones de dólares para 2003. Con estas perspectivas la empresa fabricante de computadores destinó ya 98 millones de dólares a su división de Ciencias de la Vida.

Los fabricantes de chips también tratan de sacar tajada de este gran negocio: Motorola, Corning y Affymetrix han empezado a producir microprocesadores de alta densidad que puedan almacenar la información genética.

Así pues, la industria genética, con menos de 20 años de existencia, promete un futuro brillante. El hito que representa la elaboración del mapa genético humano le abre unas perspectivas de crecimiento y de beneficios nunca antes vistos. En llave con el sector farmacéutico, dará vida a nuevos medicamentos que, además de combatir las enfermedades que azotan al mundo, facturarán cientos de miles de millones de dólares. Por supuesto, los inversionistas del planeta estarán prestos a apostarles a los ganadores de esta “competencia de los genes” como muchos la han bautizado. Ya lo había anunciado en los años 60 el filósofo Michel Foucault: “la ‘vida’ y lo ‘viviente’ son los retos de las nuevas luchas políticas y de las nuevas estrategias económicas”.
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