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| 8/20/2011 12:00:00 AM

El poder de las calificadoras

Las agencias calificadoras de riesgo han logrado intimidar al mundo entero. Estados Unidos quisiera ponerlas en cintura y Europa, escapar de su monopolio. ¿Quién las ronda?

La firma Standard & Poor's (S&P) no solo le hizo pasar un momento humillante a la primera potencia económica del planeta al rebajarle la nota Triple A -la máxima que se otorga a un país-, sino que desató un debate sobre el inmenso poder que han adquirido las agencias calificadoras de riesgo.

Desde el 5 de agosto, cuando tomó la polémica decisión, se han escuchado duras críticas contra estas firmas, que demostraron que tienen la capacidad de intimidar a los mercados. Una vez se conoció la noticia de la bajada en la calificación a Estados Unidos, los índices accionarios se derrumbaron como un castillo de naipes. El Dow Jones -principal índice de Wall Street- cayó 5,5 por ciento.

Las protestas del gobierno estadounidense no se hicieron esperar. Varios funcionarios de la administración Obama se expresaron con furia y atacaron a S&P, por lo que se consideró un error en la evaluación de la agencia.

Otras voces calificadas se han pronunciado al respecto. El premio Nobel de Economía Paul Krugman escribió en el diario The New York Times que si bien "Estados Unidos ya no es el país estable y confiable que fue alguna vez, la credibilidad de la propia S&P es aún menor; es el último lugar al que cualquiera debería recurrir para obtener una opinión sobre las posibilidades de nuestro país".

La revista británica The Economist dijo que la reputación de las agencias calificadoras está manchada porque exageraron la calidad que dieron a las hipotecas subprime, que desataron la crisis financiera de 2008. El 93 por ciento de las empresas que emitieron bonos de hipotecas subprime tenían calificación Triple A.

Antes de rebajar la nota de la deuda gringa, las calificadoras ya estaban en el ojo del huracán en Europa. Su excesivo poder se hizo evidente con la crisis de la eurozona. Moody's rebajó a la categoría de bonos basura la deuda de Portugal e Irlanda y eso desató un ataque especulativo en los mercados que llegó a afectar la deuda de España e Italia. Varios gobiernos criticaron abiertamente a estas firmas por lo que llamaron el dedo acusador. En medio del rechazo europeo hacia las calificadoras, muchos salieron a reclamar por qué las agencias mantenían la calificación Triple A a Estados Unidos, una de las naciones más endeudadas (14,3 billones de dólares) y con serios desacuerdos políticos para reducir el déficit fiscal.

Las agencias están en una especie de línea de fuego desde hace mucho tiempo. En los últimos 15 años han sido protagonistas en las grandes crisis financieras y quiebras empresariales más publicitadas en el mundo. La crisis asiática de 1997, el corralito de Argentina en 2001, los casos de Enron, World Com y Parmalat entre 2000 y 2002, la crisis de los créditos hipotecarios subprime en 2007 y las quiebras de Bear Stearns y Lehman Brothers en 2008.

Un artículo del diario El País de España dice que "las dudas sobre la fiabilidad de las agencias calificadoras empezaron a aflorar con el colapso de Enron, a finales de 2001. Pero quedaron en letargo durante la época posterior de vacas gordas. No solo no fueron capaces de ver lo que se cocinaba en las cuentas de la eléctrica, una de las niñas mimadas de Wall Street, sino que cuando reaccionaron fue tarde y con su repuesta incentivaron la desbandada de inversores".

Para Krugman, el mal juicio se hizo evidente cuando "S&P dio a Lehman Brothers, cuyo colapso disparó el pánico mundial, una calificación de A hasta el mismo mes en que desapareció. ¿Y cómo reaccionó esta agencia calificadora después de que quebró esta institución calificada con A? Con un informe en el que negó que hubiese hecho algo malo". 

Ahora muchos se preguntan cómo han llegado a tener tanto poder y quién califica a las calificadoras. La verdad es que a pesar de tener casi un siglo de creadas, lo que sucede alrededor de estas firmas es desconocido y hasta sorprendente. Las tres principales agencias, Moody's, Standard & Poor's y Fitch, son empresas privadas estadounidenses y son responsables de calificar emisiones por un unos 30 billones de dólares al año. Solo S&P pone la nota de deuda soberana a cerca de 120 países.

La verdad es que se volvieron superpoderosas a partir del momento en que las emisiones de bonos y otros productos financieros se convirtieron en las herramientas favoritas de las empresas y gobiernos para financiarse. Cada vez que el mercado de los bonos toma fuerza, el papel de las agencias se vuelve más importante porque monopolizaron el servicio de presentar un análisis juicioso e independiente de la capacidad de pago del emisor.

Precisamente, las tan criticadas calificaciones que otorgan a los bonos de deuda son, a la vez, la razón de sus ganancias. Moody's presentó utilidades por 189 millones de dólares en el segundo trimestre del año, 56 por ciento más que 12 meses atrás. Por su parte, las utilidades de McGraw-Hill, que es dueña de S&P, subieron a 211 millones de dólares, un aumento del 10 por ciento. Según datos de la agencia de noticias Bloomberg, las acciones de Moody's han subido 41 por ciento este año y las de McGraw-Hill, 21 por ciento.

En estricto sentido, que ganen plata en el mercado del dinero no tiene nada de raro. Lo que molesta a los analistas y académicos es su falta de independencia a la hora de hacer sus análisis. El hecho de que los ingresos provengan de los emisores que califican les crea un conflicto de interés. Las calificadoras se deben a los inversionistas, pero pueden terminar siendo presionadas por las autoridades que les pagan. Otros cuestionan los modelos matemáticos que sirven para sus análisis y algunos más critican la excesiva atención que los mercados le ponen a sus opiniones.

Rafael María González, presidente de BRC Banwatch, firma calificadora de valores a nivel doméstico, señala que "la gente les ha dado un poder que no han pedido. El analista debe saber que la calificación de la firma no puede ser el único elemento para su análisis". Considera que en estas crisis, el agua sucia suele caerles a las calificadoras porque a nadie le gusta que le bajen la nota.

Con tal avalancha de críticas no es de extrañar que ahora se acelere la reforma a la regulación de estas firmas. El gobierno de Barack Obama la había planteado hace un año, pero no había avanzado. Los analistas creen que los cambios regulatorios deben incluir la obligación de revelar los posibles conflictos de interés, además de hacer público con detalle cómo y por qué se toman las decisiones de calificación y se pide también que se derrumben las barreras para que entre nueva competencia. En este sentido, la Unión Europea ha planteado la necesidad de tener una agencia pública que califique a los gobiernos. En el Viejo Continente, muchos consideran que es necesario acabar con el monopolio gringo de las calificadoras.

Ahora bien, frente a todo este debate que se desató a partir de la rebaja en la calificación de la deuda estadounidense, hay que decir que una cosa es que sea absurdo pensar que Estados Unidos dejará de pagar su deuda pues se trata de la economía más potente del mundo y tiene la moneda de reserva del planeta -puede imprimir dólares cuando quiere a pesar de los riesgos de inflación- y otra es reconocer que efectivamente está haciendo muy mal las cosas. Como dice The Economist sobre la decisión de S&P, "el mensajero puede ser defectuoso, pero Estados Unidos debería prestarle más atención al mensaje".
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