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| 6/4/1990 12:00:00 AM

El "Trumpezón"

Donald Trump pasa de ser el billonario más famoso de Nueva York a la simple condicion de millonario.

Su tema preferido sigue siendo el mismo de siempre: Él. Porque la verdad es que a pesar del paso del tiempo el ego de Donald Trump sigue tan inflado como de costumbre. No obstante, su chequera ya no es la misma de antes. La semana pasada la revista norteamericana Forbes reveló que la fortuna de este magnate neoyorquino, que ha bautizado con su apellido todo cuanto construye o compra, se estima ahora en 500 millones de dólares, 1.200 millones menos que hace apenas un año. La mala fortuna de la finca raíz y la aparición de una serie de deudas desconocidas se combinaron para que este constructor de 42 años haya visto descender su estrella.
Y eso, como es típico de Trump, no ha pasado inadvertido. Aun en las malas, este se las ha ingeniado para salir en la prensa y afirmar, de paso, que Forbes está haciendo mal las cuentas. Según los números de Trump, su riqueza se ubica entre cuatro y cinco mil millones de dólares.
Pero la verdad parece ser otra. Lo cierto es que de unos meses para acá el toque de midas de Trump no está funcionando. Tal es el caso del puente aéreo Nueva York-Washington que el magnate le compró a Eastern Airlines por 365 millones de dólares en noviembre. Aunque los especialistas reconocen que el trato no fue nada malo, el terminal -llamado ahora el Trump Shuttle- no está dando las utilidades esperadas.
Para colmo de males, Nueva York -el epicentro del imperio Trump- está de capa caída. Al cabo de varios años buenos, la denominada capital del mundo está siendo afectada notoriamente por problemas de seguridad y tensiones raciales serias. En parte, como consecuencia de esa situación, los precios de la propiedad raíz han venido decayendo en forma acelerada. En algunos sectores de Manhattan hay apartamentos que se venden por un 25% menos que hace un par de años y los pisos de oficinas vacios se cuentan ahora por centenares. Esa descolgada no le conviene para nada a un constructor que hizo buena parte de su dinero aprovechando el boom neoyorquino de la propiedad raíz en los años 80.
Como si lo anterior fuera poco, Trump tampoco las tiene todas consigo en su negocio de casinos de Atlantic City, la capital del juego en la costa Este a dos horas de Nueva York. La semana pasada se informó que tanto el Trump Plaza como el Trump Castle -los dos primeros casinos del área- habían visto disminuir sus ingresos en 1989. Peor todavía, el Castle -cuyas pérdidas ascendieron a 6.7 millones de dólares- tiene "necesidades de caja que exceden los flujos de caja de operaciones proyectados para 1990 y más adelante", según un documento de la Securities and Exchange Comission. Aunque ese faltante puede ser cubierto con préstamos, hay quien dice que con los problemas de Nueva York el negocio del juego no tiene futuro.
Eso no sería tan grave si hace apenas mes y medio Trump no se hubiera metido en su apuesta más grande. El pasado 2 de abril miles de invitados asistieron a la inauguración de la edificación que los publicistas llamaron "la octava maravilla del mundo": el Trump Taj Mahal, de Atlantic City. Este casino, que costó mil millones de dólares, tiene lujos que desafían la imaginación. Pero así mismo, su punto de equilibrio -más de un millón de dólares de ingresos diarios- es enorme. Por ahora las cosas no van mal, pues según cifras preliminares el Taj Mahal había recibido 31.6 millones de dólares hasta el 28 de abril, pero hay quienes piensan que ese gran despegue va a ser tan sólo la flor de un día. Además, el Plaza y el Castle se han visto perjudicados por la llegada del nuevo "hermanito". Según las cifras, la caída en ingresos fue del 25% y del 11.8%, respectivamente, de acuerdo con la misma época del año pasado.
Como es de suponer, Trump no demuestra ninguna preocupación. "Es cierto que 1989 fue un año duro y que 1990 va a ser similar o peor por cuenta de los efectos del Taj Mahal. Pero el negocio como un todo está creciendo. Siempre prefiero mirar el lado positivo", le dijo el magnate a The New York Times.
Pero esas no son las únicas preocupaciones de Trump. Aparte de los lios de negocios falta ver qué sucede con el juicio de divorcio instaurado por Ivana Trump a comienzos del año, después que ésta descubrió que su Donald le era infiel con una modelo de 26 años llamada María Maples. Aunque en teoría había documentos firmados que limitaban la parte que le correspondía a la ex primera dama del imperio, ahora ésta quiere una tajada mayor que los 30 millones de dólares que se le ofrecieron en un comienzo. Segun algunos reportes, la demanda podría ascender hasta 2.500 millones de dólares (basada en las declaraciones que su esposo dio a la prensa sobre su "verdadera" fortuna), una suma suficiente para fruncirle el seño al superconfiado Trump.
Este, como es de suponer, no está todavía en problemas serios. Pero la verdad es que a Trump le está pasando como al árabe Adnan Kashoggi, de quien la prensa comenzó a hablar cuando su situación financiera iba en declive. A pesar de que ese precedente no sirve para pronosticar el futuro del constructor neoyorquino, lo cierto es que todo indica que los mejores días de Trump pertenecen a la historia. Falta ver si dentro de un tiempo éste decide vender su Boeing 727, adecuado para llevar a 15 personas (originalmente su cupo era de 170 pasajeros), o su helicóptero francés tipo Super-Puma, o su yate -el Trump Princess- que había sido construido por Kashoggi y acabó siendo negociado por 30 millones de dólares.
Y eso sin hablar de las casas. Si lo necesita, Trump puede echar mano de su penthouse neoyorquino de 20C millones de dólares al cual comparó una vez con el palacio de Versalles, o a su mansión de Greenwich (Connecticut) si Ivana no la acepta, o a su casa de verano en Palm Beach con sus 118 habitaciones y su corte de sirvientes.
La razón de pensar en salir de esas propiedades es simple: no es lo mismo ser un billonario de 1.700 millones de dólares, que un millonario común de 500. A pesar de su egocentrismo y su supuesta confianza en sí mismo, aun Donald Trump está descubriendo que en el mundo de los negocios hay alzas y bajas y hay que adaptarse a las vacas flacas, relativamente hablando.
Falta ver si de pronto este hombre recupera su toque de midas y al cabo de unos años vuelve a ser el Trump de siempre, aquel que en un juego de mesa que lleva su nombre escribio: "¡No se trata de ganar o perder, sino de ganar!".-
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