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| 4/23/2011 12:00:00 AM

Encrucijada nuclear

Alemania, una de las naciones que más han apoyado la tecnología nuclear, se transformó en su enemiga número uno. El giro puede ser costoso, pero inevitable.

Alemania está ad portas de otra gran revolución. El país más poderoso del Viejo Continente se quiere despedir para siempre del uso y desarrollo de tecnologías nucleares, y la decisión no tiene marcha atrás.

Los recientes terremotos y el tsunami que estremecieron a Japón avivaron el debate político en el país con la tradición de protesta antinuclear más fuerte del mundo, pero también una de las economías que más han apoyado el desarrollado de esta tecnología como fuente de energía.

En el territorio alemán hay 17 reactores nucleares. Su sociedad e industria extraen más de una quinta parte de su energía de estas fuentes. Pero seis semanas después de la crisis en Japón, el 70 por ciento de los alemanes quiere todo eso atrás. Ha habido manifestaciones en todo el país: vestidos de verde, cientos de miles de alemanes han exigido durante semanas el fin de la era nuclear. En consecuencia, el gobierno apagó los siete reactores más antiguos y puso un plazo de tres meses para examinar los estándares de seguridad de los demás. Una comisión de expertos deberá concluir si los reactores alemanes resistirían una sorpresa probabilística, por ejemplo, un ataque terrorista o una catástrofe natural como la de Japón.

Pero digan lo que digan estos peritos, es claro que las cosas no volverán a ser como antes. Una semana después del terremoto en Fukushima, el Partido Verde ganó por primera vez unas elecciones regionales en Alemania. Más allá de los críticos de siempre, hoy sectores conservadores de la sociedad, los partidos Demócrata-Cristiano y Liberal e incluso algunos representantes de la industria se han sumado a las protestas antiatómicas. El caso más llamativo ha sido el del superconsorcio tecnológico Siemens, empresa bandera de la industria alemana que, según informaron medios especializados la semana pasada, ha decidido retirarse del negocio nuclear. En Alemania ya nadie se pregunta si debe haber o no reactores, sino cuál es la salida más rápida.

Antes de la tragedia de Fukushima, en Japón, la meta era que Alemania estuviera libre de energía nuclear en 2050; ahora Berlín le apunta a 2030. El adelanto de veinte años costará miles millones de euros y ya provocó un aparatoso choque entre la industria nuclear y el gobierno.

Durante décadas, los industriales habían cultivado relaciones impecables con los políticos. No solo con los conservadores, sino también con el socialdemócrata Gerhard Schröder. A finales de 2010, las cuatro generadoras de energía nuclear de Alemania (RWE, Eon, EnBW y la sueca Vattenfall) firmaron con la canciller Angela Merkel un acuerdo que prolongaba el tiempo de vida de sus reactores. Por esto, las empresas ven el giro político de 180 grados como una traición. El sector reaccionó indignado, y RWE demandó al Estado.

La renuncia a la energía nuclear significa también una ruptura con la filosofía industrial europea. Días después del revolcón de Merkel, el presidente de la BASF, Jürgen Hambrecht, tildó la decisión de "peligro para la capacidad de competencia". Algunos expertos ven en esto una pizca de tremendismo, pero no dudan de que la cultura económica debe hacer ajustes urgentes. Durante décadas, el modelo de crecimiento de Europa ha tenido como base energía y dinero baratos. Los países más poderosos se han endeudado, han explotado recursos no renovables, han afectado el medio ambiente y han creado basura nuclear. En Alemania, el 20 por ciento de la energía que se consume proviene de reactores. En Francia, casi el 70 por ciento.

La dependencia de la energía nuclear es un fenómeno típico en Europa Central y Occidental, pues hace parte de un cálculo geoestratégico que evita que los países más poderosos de la Unión Europea deban comprarles calor y electricidad a las petropotencias del Este. El retiro de Alemania de la liga nuclear es un paso importante, pero osado, pues no es claro de dónde extraerá energía suficiente para mantener la calidad de vida de su sociedad y el alto nivel de su industria. Italia, por ejemplo, renunció a la energía nuclear y hoy se vanagloria de ser el único país de la Unión Europea sin reactores. Lo que calla, sin embargo, es que para subsistir debe importar energía nuclear desde Francia.

Algunos pronósticos indican, sin embargo, que Alemania podrá liberarse totalmente en 2030. Y si lo hace, se convertirá en un modelo para el mundo. La energía nuclear conlleva más problemas que el riesgo de una catástrofe. Nadie sabe qué hacer con los desechos nucleares o qué hacer el día en que las fuentes fósiles de energía, como el petróleo y el carbón, se agoten, aunque se vea lejano. La única respuesta parece estar en las energías renovables. Y a eso le apunta Alemania: a dar el disparo de inicio y abrir una nueva era para la industria energética en el mundo.

Para ello, habrá que usar al gas como tecnología de puente y potenciar el desarrollo de fuentes de energías renovables hasta que estas generen más de la mitad de la energía que el país necesita. El renombrado Instituto Frauenhofer es aún más optimista e insiste en que la revolución energética podría llevarse a cabo solo en ocho años. Siemens lleva tiempos especializándose en la generación de energía a base de gas. El gas, a su vez, no provendría de Rusia sino de la misma Alemania: de madera, de basuras y de corrientes

eólicas cargadas de metano. Paralelamente, se construirán parques de energía eólica en las inmediaciones de las costas. La generadora nuclear EnBW ya ha invertido millones en el desarrollo de molinos de viento, y Siemens experimenta en este momento con molinos flotantes para altamar.

La misma Siemens ya se dejó llevar por la onda de cambio. En 2009 se había aliado con la empresa rusa Rosatom para construir 400 reactores por un billón de euros. Pero al parecer la alianza está a punto de romperse. La empresa emblema de los alemanes no quiere ir en contravía de la sociedad. Siemens ha abierto departamentos especiales, como Green Cities, y ofrece cada vez más empleos en el campo de las renovables. El diario Handelsblatt, cercano a la industria, escribió recientemente: "Siemens aún está a tiempo de despedirse con elegancia de la energía nuclear".

El cambio no será fácil, pues se está poniendo en riesgo el liderazgo tecnológico alemán. En Europa hay más de noventa reactores nucleares distruibuidos en 18 países. Hasta que Merkel no haya comprobado el éxito de su revolución, ningún país va a apagar sus centrales para entrar en la carrera. Los ojos del mundo están sobre Alemania.

Por otra parte, hasta hoy la tecnología para generar energía de fuentes renovables, como el viento o la luz solar, no garantiza una cobertura constante. Los paneles y los molinos producen energía en cantidades variables. Tampoco se descarta que haya que regresar al carbón, una fuente fósil perjudicial para el medio ambiente. Y por último: la inmensa cantidad de molinos de viento que habrá que erigir producirá una polución visual y acústica que será difícil de explicar a los habitantes.

Lo que está por verse es si otros países seguirán el ejemplo de Alemania. Por ahora, Francia, Gran Bretaña, los países escandinavos y algunos países de Europa Oriental seguirán en el negocio de la energía atómica. Estados Unidos no planea despedirse de sus beneficios e incluso Japón anunció que, a pesar de la catástrofe, la energía nuclear permanecerá como la principal fuente de energía. Sin embargo, todos están curiosos de saber cómo le va a Alemania, pues, si le sale el experimento, muy pronto iniciará la gran carrera tecnológica del siglo XXI por la generación de energías alternativas.

Lo cierto es que Merkel y su gabinete parecen estar decididos. Además de vidas humanas, una catástrofe nuclear le podría causar costos a Alemania por más de dos veces su propio PIB. A la opinión pública por estos días solo parece interesarle el principio de prevención: aguar hoy la fiesta para evitar mañana una tragedia. No tomará mucho tiempo más para que el resto del mundo piense de la misma manera.
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