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| 8/14/2010 12:00:00 AM

Explosión de carros

Al ritmo que van las ventas en Colombia, 2010 podría ser un año récord para la industria automotriz. Esto tan bueno para la economía trae un problema: no hay por dónde transitar. Es urgente una política pública en esta materia.

La venta de carros en Colombia va disparada. Entre enero y julio de este año, entraron a circular 128.000 vehículos por las carreteras colombianas, 30 por ciento más que en 2009. Cada dos minutos un nuevo auto llega a las congestionadas vías del país. De seguir este ritmo, en 2010 se venderán 220.000 unidades, el segundo registro más alto en la historia del país, después de las 250.000 que se vendieron en 2007. En la industria están que no caben de la dicha. Según la Andi, este sector crece a un ritmo superior al 27 por ciento anual en ventas y producción.

Todos los factores juegan a favor de este sector: tasas de interés bajas, que facilita la financiación de vehículos en el sistema financiero; revaluación del peso, que abarata los carros importados; expectativa de recuperación de la economía, que anima a la gente a gastar en activos, y hasta una política de pico y placa en algunas ciudades como Bogotá, que estimula la compra de un segundo auto en las familias.

Que el sector automotor atraviese por un buen momento es excelente para las ensambladoras, los importadores, los concesionarios, los bancos y para el empleo. Pero como siempre sucede en la economía, las buenas noticias tienen su lado negativo: la cantidad de carros que está entrando a circulación tiene a punto de infartar el tránsito en las principales ciudades.

El problema se agrava porque las grandes ciudades del país no tienen infraestructura vial suficiente y los proyectos urbanísticos en marcha congestionan las pocas vías que hay. Bogotá es el caso más emblemático. Actualmente avanzan las obras por la tercera fase de TransMilenio, lo que ha congestionado vías muy importantes como la avenida Eldorado; además, hay trabajos de reparación en la autopista Norte, la avenida NQS y la calle 92, entre otras. En Medellín, las obras del Metroplus, la construcción de tres puentes sobre el río Medellín y de una megavía de ingreso por el norte de la ciudad generan momentos de infarto en el tráfico. Cali está a punto de empezar su plan de megaobras, y eso tiene con los pelos de punta a todos por el impacto en la movilidad.

En el fondo, el problema no es que se vendan muchos carros, sino que no hay la infraestructura suficiente para que puedan circular. Es claro, por ejemplo, que en Bogotá hace años que no se inaugura una nueva vía. Todo lo que se ha hecho es reparar o ampliar las existentes.

De otra parte, los gobiernos también han quedado en deuda con políticas públicas para mejorar la movilidad de sus ciudadanos. La única medida ha sido establecer el pico y placa, que fue una respuesta al rápido crecimiento del tránsito. El efecto de este tipo de restricciones es muy limitado pues, en una época de auge económico como la actual, muchas personas prefieren aprovechar las gangas de carros para comprar un segundo vehículo y hacerle el quite a la norma. Paradójicamente, lo que buscaba restringir el tráfico vehicular termina impulsándolo y agravando el problema.

Entre los usuarios queda la idea de que otras soluciones están llegando demasiado tarde. Hoy, por ejemplo, TransMilenio, que era la esperanza para muchos en Bogotá, está saturado y ya muestra señales de deterioro.

Por eso, mientras que sea mucho más rentable (por comodidad, estatus, precio y facilidades de crédito) comprar carro que subirse a un bus, la gente va a seguir yendo a los concesionarios para buscar el auto de sus sueños, así lo espere un trancón a la salida.

Por eso hay que acelerar todos los proyectos de infraestructura, para concluirlos bien y lo más pronto posible. Además, es indispensable que los sistemas públicos de transporte se vuelvan de ‘primera clase’, solo así las personas no van a tener disculpa para seguir comprando carros. Sin embargo, en estos frentes el panorama no es muy halagüeño, porque aún falta mucho tiempo para concretar esas obras. Por ejemplo, en Bogotá, las nuevas líneas de TransMilenio solo van a entrar a funcionar en uno o dos años. El metro está proyectado para 2016 y el sistema integrado apenas se está estructurando. Algo similar ocurre en Medellín, donde apenas van por mitad de camino. En Cali, los trabajos de las megaobras solo empezarán en los próximos meses.
Mientras eso ocurre, la venta de autos va a seguir creciendo. Según Ricardo Salazar, gerente de Los Coches, el concesionario más grande del país, “cuando hay recuperación y crecimiento económico, uno de los sectores que más avanza es el transporte, porque es necesario mover más gente y más mercancías. En esas situaciones, el transporte se convierte para muchas personas en una necesidad básica como comer, dormir o alimentarse”. Según él, todavía hay a quién venderle muchos carros en Colombia, pues en 2007, el año récord en la historia del país, se vendieron 250.000 unidades; en una economía muy parecida a la colombiana como la argentina, se venden entre 500.000 y 600.000 carros cada año.

Realmente Colombia tiene una ‘densidad vehicular’ muy baja: en el país hay un carro por cada 14 personas, mientras que el promedio en la región es de seis personas por cada automotor. Eso es una oportunidad de negocio para las ensambladoras.
Juliana Rico, directora de la Cámara de la Industria Automotriz de la Andi, que agremia a las ensambladoras nacionales, afirma que eso tiene mucho de positivo. “Colombia ha modernizado su parque automotor, porque hace diez años la edad promedio de los carros en Colombia era de 20 años y hoy es de 14”, señala.

Así que la tendencia reciente responde simplemente a un crecimiento natural de ese mercado, pues lo que hay es clientes por conquistar. Una encuesta de Asopartes, gremio que reúne a los comercializadores de repuestos del país, mostró que el 85 por ciento de las personas consultadas quiere tener un vehículo nuevo. Y lo más llamativo: en el reciente auge de compras se destacan los clientes que por primera vez estrenan carro.
Las razones son claras: el automóvil es más cómodo que el servicio público, da estatus y facilita la vida. La posibilidad de adquirir un auto está estrechamente relacionada con el desarrollo de cualquier país: hacerse a uno nuevo o cambiar el que se tiene por uno de gama más alta es casi un derecho de alguien que está progresando.

Mientras que mejora su infraestructura, el país tiene que apostarle a una tarea seria de chatarrización: no pueden seguir circulando vehículos con más de 20 años de uso y aumentando la presencia de automotores inseguros por las vías.

Adicionalmente se puede pensar en normas que desincentiven el uso del automóvil, como mayores impuestos o restricciones de circulación más duras. Pero esto es asunto de largo plazo. Por ahora, restringir el uso de vehículos es contraproducente por las deficiencias evidentes del transporte público.

Que la industria automotriz crezca es una buena noticia, pero la falta de políticas de movilidad y de obras de infraestructura ha puesto al país ante el riesgo de un verdadero embotellamiento. Hay que darles vía libre a esas soluciones urgentes.
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