Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/08/28 00:00

Final de infarto

La informalidad, las malas prácticas administrativas y los dineros calientes han puesto a la mayoría de equipos de fútbol colombiano contra la pared. Sus dueños no entienden el negocio.

Las bajas asistencias a los estadios son una razón más para preocuparse.

El fútbol es pasión y sentimiento. Por eso es difícil hacer un análisis objetivo sobre lo que hay detrás de los enormes problemas que enfrentan los equipos colombianos hoy. Es necesario ver a este deporte como lo que es -un negocio-, para entender qué ocurre. El año pasado, los 18 equipos de la categoría A perdieron 18.000 millones de pesos. Solo obtuvieron utilidades cinco de ellos, y a estas alturas de 2010, las cosas se reventaron en Santa Fe y América. Millonarios y Pereira quieren transformar su estructura empresarial como salida frente a la crisis, y la mayor parte de equipos sigue mostrando cifras en rojo. El diagnóstico es oscuro.

Una de las causas de este panorama es la informalidad. El presidente de la Asociación de Futbolistas Profesionales de Colombia (Acolfutpro), Carlos González Puche, aseguró que 14 equipos ya han sido sancionados por incumplir con las obligaciones laborales. Esto refleja una manera de ser de estas empresas: "El fútbol colombiano nació informal y sigue siendo informal", explicó González.

El segundo elemento de juicio es que el fútbol es un negocio muy particular. Cualquier empresa tiene en su balance máquinas, materia prima o cuentas por cobrar. La mayoría de activos del fútbol es intangible: los derechos deportivos, la ficha para participar del campeonato profesional y la marca o el nombre del equipo.

Los otros activos son muy variables: las taquillas, que hoy son malas, y los patrocinios, que a menudo no se consiguen con facilidad. Los equipos han empezado a percibir dinero por las transmisiones de televisión y por marketing o publicidad. Pero ese ha sido apenas un paliativo. El año pasado, Postobón pagó 25.000 millones de pesos por ser el patrocinador oficial del fútbol colombiano. De eso, le llegaron en promedio 850 millones a los equipos. Ese dinero apenas sirvió para ponerse al día con algunas obligaciones laborales. Al fútbol no llega capital fresco, como ocurre con cualquier otra empresa. De ahí que el negocio futbolístico sea un permanente apagar incendios.

La calidad de la dirigencia también es un asunto. A un empresario no le basta con conocer de fútbol. Los empresarios necesitan saber de negocios y no muchos han pasado el examen. El fútbol, económicamente hablando, no se trata de hacer goles: se trata de hacer mercadeo.

El grupo Ardila Lülle, propietario del Atlético Nacional, dio la gran lección: el objetivo no es ganar partidos sino exhibir las marcas de los productos en los estadios y en la televisión. Obviamente eso está relacionado con buenos resultados en la cancha, pero el desempeño futbolístico es un medio, no un fin en sí mismo.

Para los directivos tradicionales del fútbol entender eso es todavía muy difícil. Siguen pensando que su negocio es ser dueños de pases o conformar nóminas. Eso ya no funciona así. De hecho, las relaciones entre trabajador y patrón están reguladas por los contratos laborales. Y en una empresa normal, eso es un costo y no un activo. Todavía es común escuchar a quienes se mueven en el mundo futbolístico asegurar que el futuro de los equipos depende de la cantidad de jugadores que puedan vender.

A esto hay que sumar que las autoridades no hacen mucho. Es válido preguntarse cómo hace una empresa para seguir funcionando sin pagar a sus empleados por seis meses, o por qué sigue marchando una firma cuyos accionistas no se conocen claramente o por qué no interviene cuando se confirma la presencia de dineros ilícitos en el fútbol, como ocurrió repetidas veces en el pasado.

Los problemas son muy complejos y no se ven esfuerzos de fondo para eliminarlos. Las soluciones parecen de Perogrullo: todos los equipos deben formalizarse, meterles mucho a sus estrategias de mercadeo para generar otros ingresos, y las autoridades tienen que hacer cumplir la normativa. Solo así la final del fútbol volverá a ser de infarto, pero por cuenta de los grandes partidos que se juegan y no por la mala situación económica de muchos equipos.

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