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| 9/9/2017 10:15:00 PM

¿Qué pasa con Chile?

Michelle Bachelet está terminando su segundo mandato en medio de grandes tensiones sociales, baja popularidad y el peor crecimiento económico de los últimos ocho años. El país ha dejado de ser la estrella en la región.

Para muchos Chile es el país modelo de América Latina. Desde el retorno de la democracia ha logrado avances significativos y ha generado mayores grados de prosperidad para sus ciudadanos que muchas otras economías en la zona. Su ingreso per cápita pasó de 4.589 dólares en 1990 a 23.960 en 2016 (a precios internacionales actuales), mientras América Latina saltó de 6.378 dólares a 15.358 en igual periodo. Las cifras macro y su estabilidad han sido la envidia de todos y muchas de sus reformas económicas y sociales han servido de ejemplo en algunos países, incluida Colombia.

Pero las calmadas aguas que le han permitido al país austral ser la economía de mostrar en América Latina se han agitado en los últimos años. Chile atraviesa un ciclo de fuerte desaceleración, que incluso algunos ven como un estancamiento, motivado por factores internos y externos y por un periodo de tensiones sociales.

El segundo mandato de Michelle Bachelet (2014-2018) ha estado marcado por el pobre desempeño económico. En promedio, en los últimos cuatro años, el producto interno bruto (PIB) ha crecido 1,6 por ciento, mientras que durante el periodo de su antecesor, Sebastián Piñera (2010-2014), aumentó 5 por ciento.

La desaceleración económica ha sido la principal razón del descontento ciudadano que ha tenido que enfrentar el gobierno de centroizquierda de Bachelet, quien tuvo un primer periodo muy próspero (2006-2010). Pero hace cuatro años, cuando recibió el mandato de Piñera, de centroderecha, sabía que asumiría desafíos económicos y sociales aún mayores. Además de sostener el ritmo de crecimiento, debía responder a unos ciudadanos cada vez más exigentes. Las movilizaciones sociales que desde 2011 han estado en la agenda de Chile y que involucran a estudiantes, ecologistas, pasando por los ciudadanos de las regiones aisladas, han mostrado que los chilenos siguen inconformes, a pesar de tener una economía con los más altos estándares de desarrollo en la región.

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Para resolver estos problemas, Bachelet propuso profundas reformas en materia educativa, laboral y tributaria. Sus compromisos electorales incluyeron subida de impuestos a las empresas, otorgar educación universal gratuita y mejorar el sistema de pensiones y los servicios públicos de salud. Bachelet también se quiso meter con una reforma constitucional para reemplazar la Carta Magna diseñada bajo el gobierno militar de Augusto Pinochet.

Sin duda no fueron retos fáciles, y la realidad es que no logró hacer todas las reformas ni con la profundidad que propuso. Por el contrario, estas se convirtieron en objeto de crítica de sus opositores y generaron gran incertidumbre dentro del sector privado. Muchos consideran que la reforma tributaria, que entró en vigencia en 2015, aceleró la desaceleración que ya se veía venir con la caída de los precios del cobre y desestimuló de manera grave la inversión privada.

El asunto es que Bachelet necesitaba recaudar más impuestos, entre otras razones, para cumplir la promesa electoral de terminar con la desigualdad. Como se sabe, en Chile está muy arraigado el concepto de la disciplina fiscal, que impone no hacer gastos sin tener asegurada una fuente de financiación. Es decir, la prioridad es no aumentar el déficit fiscal, o sea, tratar de no endeudarse.

En este orden, la reforma de impuestos buscó que las empresas y las personas de más altos ingresos hicieran un mayor esfuerzo, al considerar que la tributación en ese país ha estado muy concentrada en el IVA, un impuesto indirecto que recae en todos y no consulta la capacidad de pago de las personas.

Sebastián Piñera, hoy el candidato más fuerte en las encuestas para suceder a Bachelet, criticó duramente la reforma, pues afirmó que logró desestimular al empresariado y a los inversionistas que ya miran con recelo esa economía.

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Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), en 2016 disminuyó el ritmo de crecimiento de la economía chilena (del 2,3 por ciento en 2015 al 1,6 por ciento ese año), debido a que se contrajeron la inversión y las exportaciones.

Este comportamiento se reflejó en una desaceleración generalizada de la mayoría de actividades económicas, con contadas excepciones (comercio), además de caídas en sectores claves, como la minería. Ese fenómeno produjo un fuerte descenso en los ingresos tributarios pese a la reforma fiscal, que no pudo compensar el esfuerzo por contener el gasto público, lo que redundó en un aumento del déficit fiscal.

Pese al contexto de desaceleración que atraviesa la economía, la tasa de desempleo abierta se ubicó en niveles históricamente bajos, aunque los últimos datos correspondientes al trimestre enero-marzo de 2017 muestran un ligero repunte, al situarse en 6,6 por ciento.

Otra clara fuente de tensión con el sector privado ha tenido que ver con los grandes proyectos mineros y su impacto ambiental. En el actual ciclo económico no se habían presentado inversiones de envergadura en este sector, que ha sido estratégico para el crecimiento económico de Chile.

Pues bien, Dominga, el más ambicioso proyecto de extracción de concentrados de hierro y cobre en la zona norte del país, valorado en 2.500 millones de dólares, estalló una enorme polémica. El rechazo a su ejecución, por parte del Comité de Ministros (instancia institucional que tiene a su cargo estas tareas), desató una crisis que le costó a Bachelet la renuncia de sus dos ministros del área económica.

El titular de Hacienda, Rodrigo Valdés, y de Economía, Felipe Céspedes, abandonaron el gabinete tras criticar la decisión de sus colegas, entre ellos, principalmente, Marcelo Mena, ministro de Medio Ambiente.

Mientras el ministro Valdés acusó a algunos de sus compañeros de no tener el crecimiento dentro de sus prioridades, Bachelet en un gesto de apoyo declaró que “Chile necesita que crezcamos, sí, necesitamos que la economía crezca, pero necesitamos que el crecimiento vaya de la mano del cuidado del medioambiente”.

Para los defensores de Dominga se dio al traste con una iniciativa minera que tendría un gran impacto económico y se haría con todas las de la ley. Por ello, el hecho de que la presidenta hubiera tomado partido por los opositores del proyecto aumentó la incertidumbre y el descontento en un sector que le ha permitido a Chile lograr sus grandes avances económicos.

Pero esto no es todo. La renuncia del jefe de las finanzas públicas marcará un hito en la política nacional, ya que por primera vez en 27 años un gobierno tendría tres ministros de Hacienda en el mismo periodo. Es un duro golpe a la imagen de estabilidad de la que se ha enorgullecido Chile.

Bachelet llamó a ocupar la cartera de Hacienda a Nicolás Eyzaguirre, ex alto ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI), quien ya ocupó esa posición en el gobierno de Ricardo Lagos. Ha acompañado a Bachelet durante todo su segundo mandato en diferentes posiciones, por lo que, irónicamente, los críticos del gobierno lo llaman un ministro multipropósito.

Faltan menos de tres meses para que los chilenos vuelvan a las urnas a elegir presidente para 2018-2022. Y si las encuestas no fallan, nuevamente Bachelet y Piñera se turnarían el gobierno, esta vez pasando de las fuerzas de centroizquierda a la centroderecha.

Ahora bien, en el remate del gobierno de Bachelet, la economía podría tener un leve repunte en la segunda mitad del año. La actividad será favorecida por mayores precios del cobre, el estímulo monetario aplicado por el banco central y la baja inflación. Los pronósticos de crecimiento al cierre de 2017 se mueven entre 1,3 y 2 por ciento para este año, con una recuperación más fuerte, hacia el 2,5 por ciento, el próximo año.

Pese al pesimismo que expresan algunos, Chile no va tan mal. Como dice un artículo de opinión publicado en The New York Times en español, no tiene guerrillas con quienes negociar la paz como Colombia; ni una guerra contra carteles de la droga o una narcocorrupción enquistada en el Estado como México; ni la agresividad en la arena política de Argentina ni un presidente que se metamorfosea en tirano como Venezuela; ni una corrupción que haya gangrenado todo como Brasil, ni tres expresidentes encarcelados como Perú. Lo cierto es que a la hora de evaluar la gestión de un presidente, siempre habrá quienes vean el vaso medio lleno y quienes, medio vacío.

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