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| 6/28/1993 12:00:00 AM

¿HACIA UNA NUEVA CRISIS?

La revaluacion del peso y las ineficiencias aduaneras golpean duramente a las textileras nacionales.

¿HACIA UNA NUEVA CRISIS? ¿HACIA UNA NUEVA CRISIS?
LA INDUSTRIA TEXTIL COLOMBIANA ENfrentó hace 10 años una de las peores crisis de su historia. El problema era de tal dimension que casi quiebra a las principales textileras del país. Sin embargo, las textileras superaron exitosamente la situación. Algunas, como Coltejer, gracias a multimillonarios aumentos de capital, que se invirtieron en actualización tecnológica. Otras, como Fabricato y Unica, gracias a procesos concordatarios exitosos. Por eso, cuando se habló de la apertura económica el sector textil ya estaba reconvertido y con niveles de competitividad que le permitían hacerle frente sin problemas a una competencia organizada.
Paradójicamente, una serie de medidas tomadas por el Gobierno a fines del año pasado y la inexistencia de mecanismos de control aduanero y de ingreso de mercancias, han cambiado el panorama de manera dramática. A tal punto que el Monitor Industrial, una publicación del Ministerio de Desarrollo, afirma en su última edición que "el sector textil ha frenado su crecimiento y aun reducido su produccción.
Durante el último trimestre del año pasado esta disminuyo el 3.3 por ciento y, aparentemente, en los dos primeros meses de 1993 ha continuado su ritmo descendente".
La realidad es que para los textileros, la apertura económica no llegó en un buen momento. Porque lo cierto es que con la eliminación de las restricciones comerciales, el país le abrio las puertas a la crisis que la industria textil y de confecciones ha venido enfrentando a nivel internacional desde 1987 y que se origina esencialmente en dos factores: la sobreproducción mundial y el ingreso al mercado de los antiguos países de la Cortina de hierro.
La sobreproducción está concentrada en los países asiaticos, donde los niveles de inventarios han crecido en forma desproporcionada. En hilatura, por ejemplo, los inventarios mundiales se dispararon de un nivel teórico de 100 en 1987, hasta alcanzar 202 en 1992. Incluso hay países como Corea que tienen niveles de 328. En tejeduría, el mismo índice alcanzó el nivel de 126 en promedio mundial para 1992, pero en países como Paquistán llegó a 188.
Lo anterior se debió en buena parte a los programas de reconversión industrial de Japón y Corea, los cuales liberaron maquinaria vieja que se instaló en países vecinos como Filipinas y Malasia. Pero también influyó la China, que es el más grande productor del mundo y que con su apertura económica y política se dedicó a exportar grandes volúmenes. Asia tiene el 62 por ciento de la capacidad instalada mundial en hilatura y el 71 por ciento en tejeduría, y produce las dos terceras partes de los textiles del mundo. Y de ese gran total, China responde por la mitad.
El segundo factor que propició la crisis se presentó a partir de 1990 con el ingreso al mercado mundial de productos textiles originarios de los países del Comecon -antigua Cortina de Hierro-, que tienen el 18 por ciento de la capacidad instalada mundial y la maquinaria más moderna del mundo. Países como Checoslovaquia y la Unión Soviética eran grandes productores de maquinaria textil, y como no tenían concepto de costos, renovaban permanentemente sus equipos. Pero con la crisis generada por la disminución en el consumo interno, y ante la necesidad de generar divisas, se dedicaron a arrendar las plantas a inversionistas occidentales por cifras irrisorias. Existen casos en que se han arrendado plantas inmensas por períodos hasta de 20 años por precios del orden de 1.200.000 dólares de los Estados Unidos. Lo que importa para ellos es que se generen empleos y divisas vía exportaciones.
Como resultado del aumento en las existencias y de la competencia sin cuartel que se libra en el sector -especialmente por parte de China y Paquistán, que son países con bajísimos salarios-, la producción textil a nivel mundial ha caído en un 11 por ciento en los últimos tres años. En el Japón, por ejemplo, ha disminuido en un 24 por ciento; en Corea del Sur en un 35 por ciento; en los países de Europa Occidental en un 16 por ciento, y en la India en un 36 por ciento. Estados Unidos se ha defendido con las cuotas de importación y los derechos compensatorios. Y México tuvo que imponer recientemente un arancel del 500 por ciento a los textiles provenientes de la China.
La sobreproducción ha incidido, además, en los precios.
Los de la hilaza, por ejemplo, han disminuido en más de un 25 por ciento en los últimos cinco años y no como consecuencia de una reducción de costos.
Por el contrario, mientras los costos de producción de hilaza han aumentado en un 30 por ciento en el promedio mundial, el índice de precios de las hilazas en la bolsa de Liverpool ha descendido en un 35 por ciento entre septiembre del año 90 y abril 30 de 1993.
En general, todos los productores del mundo están perdiendo en la elaboración de hilatura. De ahí nace la crisis del algodón colombiano y mundial.
Por otro lado, hay que ver el problema de la tejeduria. Por efecto de la reducción del precio de la hilaza, los costos del tejido bajaron a nivel mundial entre un cinco y un siete por ciento entre 1987 y 1991. Paralelamente, sin embargo, el valor agregado se ha incrementado en un promedio del 20 por ciento en la mayoría de los países. Lo que quiere decir que los productores de tejidos han sufrido una importante perdida de rentabilidad en los últimos años.

EL CASO COLOMBIANO
El país no escapa a ninguno de los fenómenos mencionados. En materia de algodón, los productores han sido tradicionalmente obligados a pagar un precio muy por encima de la cotización internacional. Inclusive en la actualidad Colombia le impone un arancel del 10 por ciento de algodón importado, mientras que en la mayoría de los países del mundo la fibra no tiene gravamen arancelario. Sin embargo, los algodoneros colombianos están perdiendo mucho dinero, pues sus niveles de productividad son tan bajos que con los precios que les pagan las textileras no compensan ni si quiera sus costos.

La industria del algodón a nivel mundial ha sufrido una revolución de productividad por cuenta de fenómenos como la sustitución de la fumigación con agroquímicos por el control biológico de plagas, el mejoramiento genético de semillas y el de los sistemas de riego e infraestructura. El país se ha quedado rezagado en este campo, sin embargo, y el resultado es que la productividad en el 50 por ciento de la que tiene, por ejemplo, Guatemala.
Y si bien el problema se explica tambien por la falta de transporte y la inseguridad en el campo, lo cierto es que con el nivel de productividad actual los algodoneros colombianos no tendrían rentabilidad atractiva ni con el doble del precio internacional. Aun así los productores argumentan que el cultivo debe subsistir, ya que genera 200.000 empleos. Sin embargo la queja de los textileros es que eso no lo pueden subsidiar los industriales, pues terminarían por quebrarse todos. Hasta hace poco tiempo, el problema del algodón se arreglaba siempre por la vía del precio. Los textileros pagaban hasta un 13 por ciento por encima del precio internacional. Pero ahora el efecto conjunto de la apertura y de la crisis internacional de hilatura están golpeando al campo de una manera muy fuerte. Por que lo cierto es que parte de la disminución del consumo que ha detectado los algodoneros corresponde a sustitución por hilazas que han hecho los textileros, afectados también duramente por las crisis.
Estos últimos no habían tenido ninguna dificultad con la apertura hasta octubre de 1992. Y eso que se estaban importando 180 millónes de dólares en textiles de los Estados Unidos, cuando dos años antes no se importaba nada. Sin embargo, en octubre del año pasado ocurrieron dos hechos que han convertido a 1993 en un año desastroso: el desmonte de la lista de precios mínimos oficiales y la reforma del sistema aduanero.
Esta última es un ejercicio que puede parecer bueno en el papel, pero que en la práctica requiere un período de tiempo largo mientras esa entidad se adapta a un sistema de control posterior eficiente. En conclusión, la crisis que amenaza a la industría textil no tiene origen en la apertura en general -a la cual sohrevivió dos años sin problemas- síno concretamente en dos fenómenos cuyo control está en manos del Gobierno:(i) los mecanismos de control aduanero efectivo y (ii) la revaluación del peso.
La apertura económica bien administrada no tiene por qué ser un problema.
De hecho, una cosa es la libertad de importaciones y otra, bien distinta, la falta de control. En Colombia, como lo señaló recientemente SEMANA, se esta presentando dumping, subfacturación y lavado de dólares, y no existe ningún mecanismo de control efectivo que permita proteger a la industria de estos fenómenos.
El lavado de dólares por medio de importación de mercancía textil se ha convertido en uno de los principales problemas. En la medida en que la lucha contra el narcotráfico se ha vuelto más dura y se han acabado mecanismos como la ventanilla siniestra y los paraísos fiscales, y en que la legislacion de países como Suiza y Panamá acabó con la reserva bancaria para los casos de sospecha de narcotráfico, los tenedores de los dólares originados cn ese negocio se han visto obligados a buscar mecanismos que eviten que esos recursos pasen por los bancos. Así, se han ido hacia el comercio de mercancias y en especial los textiles.
Lo grave, ademáss, es que el narcotráfico dispone de toda la logística para hacerlo: tiene la facilidad de la carga de compensación, las cadenas de distribución a través de centros comerciales donde ha invertido y los recursos para financiarlo. Además tiene la ventaja de que el comercio textil es un negocio muy difícil de controlar y cuantificar, pués se trata de productos de consumo masivo y siendo que el consumidor colombiano es muy pobre sólo consume cinco kilogramos de textiles por año per cápita mientras que el consumo en Estados Unidos es de 24 kilogramos existe gran demanda para textiles de precio bajo.
La revaluación, por su parte, le ha quitado 20 puntos de competitividad a los textileros tanto en el mercado externo como en el local. La industria textil colombiana bajó sus precios relativos en dolares en la decada del 80 en un 30.9 por ciento por efecto de la modernización. De ese 30.9 por ciento de ahorro 20 puntos se estan quedando en manos de los importadores. Es decir; que el 70 por ciento del incremento en el márgen por mayor eficiencia se ha ido por cuenta de la revaluación del peso colombiano.
En síntesis, la crisis internacional de la industria textil que lleva a muchos productores, y en especial a los asiáticos, a hacer dumping para disminuir inventarios excesivos, unido con la falta de control en el ingreso de mercancías al país y lar revaluación del peso trajeroín la crisis a Colombia en 1993.

¿QUE HACER?
Para evitar que ocurran fenómenos como los descritos, la mayoría de los países disponen de algunos mecanismos, entre los cuales cabe destacar- la política de cuotas. Dejan importar productos del exterior pero evitan la desorganización del mercado interno.
Tienen, de otra parte, un buen sistema de investigaciones que les permite establecer rápidamente derechos compensatorios contra el dumping. De0 esta manera impiden que entren productos de muy bajo precio y que cualquiera que sea la razón del bajo precio se compense de manera que llegue al comercio local a un precio normal. El tema textil es tan sensible a nivel mundial que es el sector industrial más regulado y protegido por barreras tanto arancelarias como no arancelarias.
Por esa razón, según los textileros, fue tan grave la caída de la lista de precios mínimos oficiales que se utilizaba en Colombia. Esta se acabó argumentando que ese mecanismo se iba a reemplazar por un sistema control posterior por parte de la Aduana Nacional. Pero si bien todos los textileros reconocen que Colombia no puede mantener a largo plazo el sistema de precios mínimos, por disposiciones del GATT y del Código de Valoración Aduanera, consideran que el país ha debido utilizar la totalidad del plazo de cinco años contados a partir de 1990 que le daban esas convenciones internacionales. Los precios mínimos son un mecanismo transitorio que se ha debido utilizar y no era necesario entrar a probar que Colombia es subdesarrollado para poderse beneficiar de él.
En los países industrializados no hay precios mínimos oficiales pero sí un precio de referencia internacional.
Ese precio de referencia es el que se toma como valor FOB de la mercancía.
El mecanismo del precio minimo oficial que utilizaba Colombia no admite prueba en contrario y es el que sirve para determinar la base de liquidación de los aranceles y los impuestos sin tener en cuenta el costo real de la mercancía. Ese mecanismo lo permite el GATT en el caso de los países subdesarrollados, pues reconoce el hecho de que para que el sistema de precios de referencia internacionales funcione y sea efectivo, el sistema aduanero tiene que ser moderno y muy ágil.
En Estados Unidos, por ejemplo, los listados de precios de referencia internacional se actualizan a diario.
Cuando llega una mercancía, inmediatamente es contrastada con el precio de referencia y si hay una diferencia de más del cinco por ciento se inicia una investigación de oficio y se realiza un analisis merciológico y un aforo físico.
Permiten el ingreso de la mercancía pero la carga de la prueba recae sobre el importador que es quien tiene que probar que no está haciendo dumpin. El sistema es tan sofisticado que las importaciones de textiles de un país como Colombia -que representan menos del uno por ciento del mercado americano- son objeto permanente de investigaciones. Y quien haya sido condenado una sola vez queda sujeto al régimen de aforo físico obligatorio para todas sus importaciones futuras.
El control posterior es un mecanismo muy bueno, pero la determinante de fondo es qué debe entenderse por "posterior". Mientras que en el mundo aduanero americano el alcance de la palabra "posterior" significa dos horas después, en Colombia son entre siete y ocho meses si las cosas salen bien. Y ese plazo es suficiente para quebrar una industria.
De otra parte, para hacer más efectivo el control aduanero, las importaciones de textiles a los Estados Unidos sólo pueden entrar por puertos especializados y existen mecanismos de cruce de información internacional, que permiten establecer a qué precio de exportación se declaro la mercancía en el país de origen, para cotejarlo con el precio de importación que aparece en la declaración.
Cómo será de grave lo que vislumbran los textileros, que la semana pasada se logró algo que nadie hubiera creido hace unos años: unir a los textileros antioqueños y a los de Bogotá -que siempre habían sido competidores enconados y casi que enemigos Iradicionales- para crear la Cámara de la Industria Textil y buscar así evitar la crisis.
Desatender el llamado para que el Gobierno adopte medidas específicas para un sector en peligro, podría extender el problema a otros sectores y generar una crisis industrial que pondría en peligro la apertura. Basta recordar que la crisis industrial de los 80 arrancó por el sector textil.

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