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| 5/5/2007 12:00:00 AM

Jugar con fuego

Cualquier modificación a la concesión del aeropuerto El Dorado puede terminar en un lío jurídico. El concesionario dice que tiene una propuesta mejor. ¿Es viable esta opción?

El escritorio del director de la Aeronáutica Civil, Fernando Sanclemente, se llenó de derechos de petición durante las últimas dos semanas. La razón: un enjambre de abogados especialistas en derecho administrativo quería saber oficialmente si el contrato de modernización del aeropuerto El Dorado de Bogotá, la adjudicación más grande de los últimos años, había sido modificado en alguna de sus cláusulas.

La respuesta de Sanclemente fue contundente: hasta el momento, el contrato no ha sufrido cambios. Y, según le dijo éste a SEMANA, tampoco en el futuro habrá modificación alguna. Así, la Aerocivil despeja cualquier duda para los que tienen sus ojos puestos sobre este negocio que, sólo en inversión, vale más de 600 millones de dólares.

La altísima tensión tiene como origen las recientes propuestas que ha hecho Opaín, el consorcio ganador de la licitación, para modernizar el aeropuerto de la capital colombiana. Opaín, que tiene dentro de su equipo técnico a los aeropuertos Zurich y París, considera que se debe derruir el terminal de pasajeros actual, y que la terminal de carga debe ser cambiada a una zona hacia el occidente, para impedir trancones en las vías de Bogotá. El anuncio les generó suspicacias a más de uno y por eso la avalancha de comunicaciones dirigidas a la Aeronáutica.

Para muchos, el consorcio debe atenerse a lo que dice el contrato y no ponerse a lanzar globos con ideas sobre nuevos diseños. Varios abogados ya están afilando sus argumentos jurídicos para ponerlos a trabajar en caso de que el gobierno acepte algún cambio.

Ana María Ruan y Omar Ferreira, quienes fueron abogados del consorcio encabezado por la familia Nule durante el proceso de selección, creen que cualquier modificación al contrato abriría las puertas para un gran lío jurídico, pues esto violaría flagrantemente el principio de la selección objetiva, pues así cambian las condiciones con las que se midieron todos los proponentes de la concesión.

Ruan y Ferreira no dudan al señalar que ese mismo tipo de propuestas fue el que originó el sonado caso de Commsa. Vale la pena recordar que luego de hacerse al contrato de esa vía -que era la más importante en su momento y que luego de 10 años de adjudicada no ha podido ser construida-, el ganador de la licitación propuso cambiar el trazado, para evitar la construcción de 19 kilómetros de túnel que tenía el diseño inicial. El gobierno se negó a esos ajustes y ahí fue cuando empezaron los incumplimientos que terminaron en el pleito de contratación pública más grande de los últimos años.

El presidente del consorcio que se ganó la concesión de El Dorado, Luis Fernando Jaramillo, no ve las cosas así. Asegura que el caso Commsa es diferente, porque allí desde el principio se señaló que era imposible modificar los trazados. Sostiene que trasladar la terminal de carga sería una excelente salida, porque en pocos años, debido al aumento de tráfico, el gobierno tendrá que ampliar el terminal de pasajeros, lo que chocará con la actual zona de carga. Esa movida costaría millones de dólares que deberán ser sacados del presupuesto nacional.

A eso se suma que la demolición del actual terminal principal, por donde transita la mayoría de pasajeros, está planteada como alternativa dentro del mismo contrato. Para Jaramillo, estas dos propuestas son completamente viables jurídicamente. Insiste en que no está de pelea con la Aerocivil y que finalmente, la última decisión la tiene esa autoridad. Sostiene que el consorcio Opaín va a cumplir cabalmente el contrato y lo que determine el gobierno nacional.

A trabajar

Que una concesión tan importante como la del aeropuerto El Dorado empiece con propuestas de cambio en los diseños genera suspicacias. Sin embargo, todo parece indicar que el gobierno está completamente blindado frente al tema y tiene claro el panorama.

Primero, la posibilidad de derrumbar el actual terminal por donde se mueve la mayoría de pasajeros que llegan o salen del país, está incluida en el mismo contrato. Opaín trabaja a fondo en presentar esa alternativa para que a finales de junio quede a consideración de la Aerocivil, entidad que tendrá la última palabra. Así que si todo sale como se espera, Bogotá tendrá realmente un nuevo edificio para recibir a los pasajeros.

El consorcio ya tiene unos diseños preliminares de esa construcción, pero está ultimando los detalles de su propuesta. Entre otras novedades, el terminal tendrá un moderno diseño en vidrio, con dos niveles de acceso para vehículos. La propuesta definitiva no se conocerá hasta tanto haya sido presentada oficialmente a la Aerocivil. Si este nuevo edificio implica mayores costos, el mismo contrato abre las puertas a que se amplíe la concesión, para compensar los gastos adicionales en que incurra el consorcio constructor. Así que, aparentemente, aquí no hay ningún problema.

El otro tema, el de mover la zona de carga, no está muy claro jurídicamente. Para los abogados de los otros consorcios que quedaron eliminados en la competencia, es claro que borrarle una coma al plan maestro para la modernización del aeropuerto abre un boquete para millonarias demandas, que embolatarían completamente el proceso. Por eso el mensaje contundente del director de la Aerocivil en el sentido de que no aceptarán modificaciones contractuales. Así que por ahora, la propuesta de trasladar la zona de carga está descartada.

El otro asunto es si este es el diseño ideal para el aeropuerto. La Aerocivil invirtió por lo menos cinco años en estructurar la licitación, y la firma Aeropuertos de País le invirtió otros tantos al diseño del plan maestro. Así que estas no son horas de plantear nuevas modificaciones o de arreglar las cargas en el camino, pues la decisión ya fue adoptada. Es claro, como lo han planteado muchos expertos, que el aeropuerto enfrenta retos importantes por cuenta del crecimiento en el tráfico de pasajeros y carga. ¿No será tiempo de que la ciudad empiece a analizar desde ahora alternativas distintas, como un aeropuerto exclusivo para carga en alguna zona de la sabana de Bogotá? Pero eso es harina de otro costal.

Esta concesión fue bastante polémica, y la pelea por quedarse con ella, más allá de los argumentos técnicos, terminó convirtiéndose en una sacada de trapitos al sol entre todos los participantes. Así que el gobierno debe manejar el tema con pinzas, pues existen muchas susceptibilidades que pueden degenerar en millonarios pleitos y pérdida de tiempo. Cualquier ajuste que implique modificaciones es muy riesgoso. El interés del concesionario por entregar a la ciudad la mejor propuesta no puede ser una excusa para abrirles boquetes a futuras demandas. Es claro que en estas circunstancias, tanto por la urgencia de ampliar el aeropuerto, como por la sensibilidad que hay entre los demás constructores sobre el tema, el gobierno debe abstenerse de jugar con fuego.
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