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| 10/2/2010 12:00:00 AM

La década perdida

El crecimiento agrícola es mediocre. El sector ha sido incapaz de prepararse para la competencia que se viene con los TLC. Vale la pena preguntarse si el modelo proteccionista fracasó.

En octubre del año pasado, uno de los palmeros más importantes del país, Carlos Antonio Espinosa, hizo una cruda radiografía sobre el agro colombiano. Durante un foro en la Universidad de los Andes, Espinosa aseguró que el agro no crece porque no es competitivo. Según él, los empresarios del sector se volvieron expertos en lobby para buscar beneficios ante el Ejecutivo, cuando deberían poner todas las energías "a medirles la tendencia a los negocios en el mundo y a investigar". En pocas palabras, a competir.

El diagnóstico de Espinosa causó sorpresa, pues si bien se trataba de un vocero calificado que, además de ser exportador agrícola, se ha beneficiado con los programas que el gobierno diseñó para impulsar la agricultura, era un acto de sinceridad con una enorme carga de profundidad.

Ese diagnóstico de finales de 2009 sigue vigente hoy. A pesar del aceptable ritmo de crecimiento económico general, la agricultura nacional no logra despegar. Las cifras del Dane muestran que el sector cayó 0,1 por ciento en el primer semestre de 2010, cuando el promedio de la economía en el semestre llegó a 4,3 por ciento; de hecho fue el único sector que decreció en los primeros seis meses del año.

Cuando se compara con otros países, el panorama es igual de dramático. Entre 2003 y 2008, el agro colombiano apenas alcanzó un crecimiento promedio de 2,2 por ciento, muy inferior a lo que ocurrió con los sectores agrícolas de Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, México y Perú, que crecieron entre el 3,1 y el 5,3 por ciento en promedio durante esos años.

No importa lo que se diga acerca de las causas del problema. El diagnóstico es crítico, porque estos resultados magros se dan a pesar de unas agresivas medidas de política. Según un análisis de la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo (Fedesarrollo), el presupuesto oficial para el sector creció 500 por ciento entre 2003 y 2010. Además, se creó el programa Agro Ingreso Seguro (AIS), que destina 500.000 millones de pesos al año para subsidiar proyectos agrícolas y preparar a los productores para el libre comercio. Como si fuera poco, el nivel arancelario para ciertos productos es uno de los más altos frente a países de las mismas características. El estudio señala que Colombia es el único país que se da el lujo de mantener aranceles superiores a 100 por ciento para proteger algunos productos.

Parece ser que el sector agrícola se quedó con el pecado y sin el género: multimillonarios recursos, medidas de protección por doquier, pero sin bienestar ni eficiencia. La dura realidad es que el agro no está preparado para sobrevivir sin la ayuda estatal. Por eso vale la pena preguntarse qué fue lo que pasó.

¿Sin competitividad?

Según el economista Mauricio Reina, quien elaboró un estudio sobre la situación agrícola nacional, la acción estatal se ha concentrado en beneficiar a determinados sectores y no a promover la competitividad: esto es lo que se llama un sesgo proteccionista de la política, lo que significa que los empresarios del sector siempre están esperando que el gobierno les ayude a superar sus problemas.

El propio ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, reconoció que muchos de los recursos del sector se han asignado tradicionalmente "a dedo" y para los sectores más "acaudalados y poderosos". Así que hay un problema de uso de los dineros públicos para el agro que debe ser revisado. Eso no lo puede poner en duda nadie.

El otro hecho es que el sector ha sido golpeado duramente por varios fenómenos. Primero, la revaluación que, según el presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), Rafael Mejía, explica la caída en la producción de muchos productos como cereales, oleaginosas y otros cultivos durante el primer semestre. En segundo lugar está la falta de infraestructura como vías, distritos de riego y drenaje. También es innegable que todos los países, incluso las potencias mundiales, subsidian a sus sectores agrícolas: esto le pone ruido al mercado agrícola mundial.

Pero los empresarios no han puesto de su parte. No existe una justificación para que luego de tantos esfuerzos presupuestales, algunos sectores insistan en que solo pueden funcionar con la protección gubernamental.

El diagnóstico es realmente complejo y de ahí el reto que enfrenta el actual gobierno que ha denominado al agro como una de las locomotoras para la prosperidad.

La salida

Son necesarias varias acciones para lograr ponerle el impulso suficiente a esa locomotora.

Primero, hay que redireccionar el presupuesto del sector. Porque una de las paradojas es que a pesar de los flacos resultados (o tal vez por ellos mismos) se sigue necesitando la acción estatal en aspectos específicos; esto sin extender la protección a todo el que la pida: como con los niños mimados, sobreproteger convierte a la gente en incapaz para defenderse por sí sola. Cualquier política debe ser pensada en el mediano plazo, para darles herramientas a algunos actores del sector para que maduren y sean más competitivos.

El ministro Restrepo reconoce que hay que modificar los criterios de asignación de recursos: debe ir más a investigación y tecnología y para dotar al sector de bienes públicos e infraestructura como distritos de riego, drenaje y carreteras. De otra parte los subsidios son necesarios, pero para los segmentos de bajos ingresos, con el fin de romper las trampas de la pobreza. El gobierno Santos está diseñando un plan para llevar a unas 100.000 familias campesinas asesoría técnica, crédito y mercadeo de productos. A esto se le debe sumar toda la política de restitución de tierras, que es una de las prioridades.

Sin embargo, esto no es suficiente. La acción del gran empresariado debe cambiar. En vez de dedicarle enormes esfuerzos al lobby, deben cambiar paulatinamente a estrategias más agresivas para modernizarse.

Convendría revisar en qué sectores es posible reducir aranceles y abrir las puertas para que lleguen productos más baratos de otros países; esto beneficiaría a los consumidores, a quienes nadie defiende. El ministro Restrepo reconoce que se viene una "ducha fría de mayor competencia" por cuenta de los tratados de libre comercio: productores agrícolas de Europa, Estados Unidos y Mercosur están listos para llegar al mercado colombiano.

Lo que es increíble es que en febrero de 2011 se cumplen cinco años de haber negociado el TLC con Estados Unidos y se haya hecho tan poco para preparar al sector a la competencia. Y que un programa como Agro Ingreso Seguro se haya utilizado para pagar favores políticos y no para ayudar al campo colombiano, donde viven 11 millones de personas. Fue una década perdida.
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