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| 3/19/1984 12:00:00 AM

LA MALDICION DE UNA ESTIRPE

Más de 200 muertos es el saldo de 13 años de guerra entre las familias Cárdenas y Valdeblánquez.

Hay hombres marcados por el signo de la muerte. Tienen los días contados y se sorprenden cuando amanecen vivos. Conocen a sus asesinos como a la palma de su propia mano y la idea fija que los mueve es anticipárseles exterminándolos. Matar uno a uno hasta el último enemigo es el único designio que tiene para ellos un sentido claro, y lo interpretan como un destino fatal que hay que asumir de frente, sin buscar subterfugio ni escapatoria.
A esta estirpe de desheredados de la vida pertenecen los Cárdenas y los Valdeblánquez, dos familias guajiras otrora ligadas entre sí por los lazos de la consanguinidad, de la amistad y del trabajo común, y hoy separadas por un odio sin tregua que se prolonga de generación en generación, arrastrando una cadena de más de doscientas muertes.
EL CLAN CARDENAS
El sol de las dos de la tarde cae a plomo sobre el cementerio de Santa Marta. Las tumbas se agrupan en desorden a lado y lado de unos pasadizos que parecen trazados al azar. Lo recorremos buscando lápidas con los nombres de los Cárdenas y las encontramos por todas partes: allí reposan los restos de los Cárdenas Ducatd, los Gómez Ducatd, los Gómez Gómez, todos asesinados a escasos meses unos de otros. En una secuencia de 13 años la familia ha enterrado 30 de los suyos, sin contar allegados, empleados y sicarios que trabajaban para ellos y que también murieron a plomo o a cuchillo, de los cuales y nadie lleva la cuenta.
Nos topamos un mausoleo donde están las tumbas de nueve Cárdenas Todavía está fresco el cemento de la última, la de Iván Gómez Ducatd asesinado el 5 de febrero pasado. No sentamos a la sombra de la mole de mármol blanco para escampar calor y es entonces cuando oímos los gritos de las mujeres. "¡Era tan joven, porqué me lo mataron!", "¡Habrá castigo para los asesinos de nuestros hijos!", "¡Era el consentido, el única varón vivo que nos quedaba!"... Son cincuenta mujeres de negro que avanzan en procesión hacia el lugar donde estamos, sosteniendo por los brazos a las tres más ancianas. Ellas marchan adelante y son las que profieren los gritos más agudos. Son las hermanas Ducatd: Digna, viuda, con 7 hiios muertos, Aminta, viuda, con 6 hijos muertos, y Elda, con cinco hijos muertos, el último de los cuales es Iván. Este grupo de mujeres--más un centenar de niños, que no están presentes--es lo que queda del que hace unos años fuera el poderoso clan de los Cárdenas, familia de hombres altivos y pendencieros, hoy todos muertos.
Seguimos la procesión, que abandona el mausoleo y se dirige hacia una de las casas de la familia, a pocas cuadras del cementerio. Muchos vecinos han abandonado el barrio--que llaman "La esquina de la candela"- cansados del cotidiano sobresalto de atentados y tiroteos.
Las tres ancianas vuelven a gritar cuando pasan frente a las ruinas de una tienda donde estalló la bomba que hirió a José Antonio Cárdenas, y más adelante se santiguan frente a un caserón deshabitado, que fuera antes la residencia principal de la familia, abandonada a causa de otros atentados. Se santiguan de nuevo unos pasos más adelante, cuando cruzan la esquina donde cayó Leonel Gómez Ducatd, asesinado con una granada cuando marchaba trás un entierro hacia el cementerio.
Desembocamos en la residencia actual de los Cárdenas. Antes de entrar, Elimelec Gómez Ducatd, una mulata espigada y viva, hermana de Iván, se nos acerca. "¿ Ven esta casa vacía que hay al lado de la nuestra? El dueno, un hombre al que llamábamos "Peluca" que fue amigo y vecino de no sotros durante años, se dejó comprar por los Valdeblánquez y un día desocupó su casa, dejando en ella una bomba de gran potencia, y desapareció. Mi hermáno Iván sintió el olor a pólvora y llamó a la policía. Ellos desactivaron el explosivo, y no pasó nada. Pero si pasa, no sólo hubieramos volado nosotros, sino toda la cuadra".
Adentro, las mujeres de negro se arrodillan frente a un altar improvisado en la sala, cubierto de terciopelo rojo. En el centro del altar hay un cuadro del Sagrado Corazón, y alrededor de éste están los retratos de todos los muertos. Al principio las Cárdenas nos reciben con fría displicencia.
Nuestra presencia de extraños evidentemente interrumpe los rezos e inhibe la intimidad del momento. Es de nuevo Elimelec quien se acerca y nos conversa. Su voz se acalora cuando empieza a hablar de sus hermanos. "Esto es el infierno, le juro, pero uno se endurece. A mi ya no me arrancan una lágrima". Saca un álbum familiar y nos cuenta, señalando las fotos, cómo han sido asesinados esos parientes que allí aparecen en bautizos, matrimonios, fiestas de cumpleaños. "Tratamos de vivir como si nada fuera a pasar, pero en el fondo cada uno sabe que puede estar muerto mañana".
Elimelec nos trae refrescos y comida, y poco a poco nos presenta a las demás mujeres. Hasta las más reacias empiezan a hablar, y la trágica historia de los Cárdenas va saliendo atropelladamente, armándose como una colcha de retazos con los recuerdos de unas y otras. A veces se contradicen, discuten un nombre, una fecha. Por cada Cárdenas que mencionan aparece el nombre de un Valdeblánquez, el que lo mató, y viceversa.
En un cuarto pequeño, al fondo, aún hay rastros de sangre en la puerta, y varios agujeros de bala en un espejo y en las paredes. En ese lugar habían matado, ocho días antes, al último de los Cárdenas.
LA MUERTE DEL ULTIMO VARON
Iván Gómez Ducatd era un joven de 23 años, recio y segurb de sí mismo. El haber sobrevivido como único varón adulto le había conferido una serie de privilegios en la familia. Vivía rodeado de los cuidados y la obediencia de su madre, sus tías y sus hermanas, y se había convertido, de hecho, en la cabeza del clan. Una extraña mezcla de razas lo hacía sorprendentemente buen mozo. Tenía la piel oscura y los ojos verdes, y pasaba largos ratos ante el espejo, peinándose minuciosamente. Se preciaba de su elegancia y andaba de traje y corbata a pesar del calor, con zapatos de varios centímetros de plataforma que acentuaban su buena estatura.
Ya había sufrido un atentado antes, y mantenía dos guardaespaldas a su lado. Quería a toda costa ser un hombre culto, pero nunca pudo asistir a la universidad por temor a que lo mataran. Su aire solitario, su tono autoritario, --más de niño mimado que de matón--y la tenebrosa historia que lo envolvía, lo hacían misterioso y atractivo para los demás jóvenes, que lo buscaban con frecuencia.
Por razones de seguridad nunca tuvo amigos íntimos, pero sí varias novias, una de ellas embarazada, que lo visitaban en su casa. No era parrandero como sus hermanos Leonel y Euclides, célebres compositores de vallenatos, ni pendenciero como su hermano Toto, conocido en todo Santa Marta por sus frecuentes atropellos a mujeres y sus sangrientas grescas callejeras.
Aunque no era hombre de pelea, Iván Gómez siempre llevaba, bajo la camisa y a la altura de la cintura, una pistola Magnum. Con esta misma habrían de matarlo sus enemigos cuando le llegó el turno.
A la hora de la siesta del día en que lo mataron, Iván Gómez estaba recostado en la cama, charlando desganadamente con su amigo el cabo de la policía Gregorio Meneses García. Se habían conocido varios meses atrás, y después de mucho andar juntos Iván había considerado que era hombre de confianza y que podía dejarlo entra a su casa. Ese día hablaban de armas Los guardaespaldas se habían retirado. El cabo le propuso a Iván que la cambiaba su pistola por la de él, y se la pidió para observarla. Iván se la pasó, y, adormilado, entrecerró los ojos unos instantes. Fue suficiente para que Meneses le desocupara el proveedor en el pecho. Iván Gómez se paró y avanzó a tumbos hacia la puerta. Aunque ya estaba más muerto que vivo, el cabo lo remató por la espalda.
Fue un niño de cinco años, sobrino de Iván, quien nos relató estos hechos. Estaba en el cuarto en el momento del asesinato, de la misma manera que un año antes había presenciado la muerte de su padre. Al terminar el relato, con un dejo de mediatengua pero sin alteración en la voz, el niño nos dijo: "Cuando sea grandeyo voy a matar a los que mataron a mi papá y a mi tío. Yo los ví. Yo sé quienes son".
EL CLAN VALDEBLANQUEZ
En Barranquilla nos basta preguntar por ellos a las personas que pasan por la calle y en pocos minutos encontramos la casa de los Valdeblánquez. Está en un barrio residencial, el antiguo Prado, donde habitan familias de viejo abolengo y fortuna estancada, y es una vistosa casa estilo colonial de Guatavita. Las altas rejas que la encierran y los hombres armados que la vigilan le dan un extraño aspecto de fortaleza. Por esto, y porque queda a pocos metros de la Segunda Brigada del Ejército, los taxistas barranquilleros la llaman "La Tercera Brigada". Al frente están parqueados dos Mercedes plateados último modelo, una camioneta Ranger y varios jeeps. Intentamos sacar fotos y uno de los hombres nos detiene: "Puede hacerlo sin problema, pero antes necesita la autorización de don Enrique. El no los atiende aquí, búsquenlo en su oficina". Caminamos hasta un edificio a pocas cuadras de distancia, con un letrero que lo identifica como compañía avícola. Una secretaria nos atiende en una amplia sala de espera. Sobre un mullido tapete blanco hay un juego de sofás modernos, mesas y escritorios de vidrio y metal cromado. La sala está separada del resto de la construcción por un pánel de vidrio polarizado, que permite ver de adentro hacia afuera pero no viceversa. Por una puerta que sólo se abre con la llave del celador, desaparece la secretaria llevando nuestra petición de entrevistar a don Enrique Coronado, cabeza de la familia Valdeblánquez. Vuelve diciendo que no se encuentra, pero nos hace pasar a, una oficina que tiene en una esquina una cámara de circuito cerrado de televisión. Aparece Algemiro, un hombre amable que rompe el hielo, y nos ofrece tinto. Nos observa con cuidado mientras indaga meticulosamente sobre el propósito de la entrevista que solicitamos. Mientras hablamos con él, la cámara de la esquina nos hace dar la sensación de que el interlocutor real es otro. La cita queda fijada para la tarde. Al llegar subimos a un lujoso despacho con sala de juntas. En ésta nos están esperando sentados y silenciosos, doce hombres.
Son las doce cabezas de las familias Valdeblánquez. Todos parecidos entre sí, de mediana estatura, contextura recia y piel cobriza, con el pelo negro ondulado peinado hacia atrás. Uno de ellos, el del medio, está vestido de blanco con una impecable guayabera y anillos de diamantes en varios dedos. Su actitud y su aspecto no dejan dudas: se trata de Enrique Coronado, el jefe del clan.
--"Somos gente de bien--dice. No tenemos pleitos con nadie. La guerra con los Cárdenas se acabó hace cinco años. Desde entonces nosotros no matamos a ninguno."
--"¿ Quién los mata entonces?" --preguntamos.
--"Otros. Ellos tienen enemigos por todos lados".
--"Según ellos, ustedes tienen suficiente dinero para pagar sicarios que los maten, y que por eso no necesitan hacerlo personalmente".
--"Eso dicen, pero no es cierto. Ningún Valdeblánquez volvió a Santa Marta por no encontrarse un Cárdenas, porque sabemos que si nos topamos cara a cara sólo sobrevive el que dispara primero".
Don Enrique Coronado les va dando la palabra, y cada uno cuenta la historia de sus muertos. Camilo Valdeblánquez, relata que el 3 de mayo de 1977, a la una de la madrugada, oyó un estallido en la alcoba de sus padres. Una bomba, colocada en el techo, había matado instantáneamente a su madre Corina Mena, y le había causado a su padre, Antonio Valdeblánquez, los traumatismos internos por los cuales moriría tres años después. Eduardo Valdeblánquez dice que sus dos hermanos, Sabas y Moisés, murieron en un atentado el 16 de agosto del 74 cuando llegaban en un automóvil a Santa Marta. El más viejo de los asistentes a la reunión, Alcides Aragón, se abre la camisa y muestra el pecho cruzado por las grandes cicatrices que le quedaron de dos atentados. En el segundo perdió además el bazo y el hígado. Luis Coronado agrega que los Cárdenas no contentos con haber asesinado a Corina Mena, les mataron también a otra mujer, Briseida Parra de Valdeblánquez. Las historias siguen durante toda la tarde, hasta que la cuenta de los muertos llega a once Valdeblánquez y más de sesenta allegados a la familia.
EL QUE GANO LA GUERRA
Enrique Coronado llegó a ser el jefe de los Valdeblánquez hace diez años, cuando tenía 34, el día en que los demás miembros de su familia acordaron que así fuera.
Según la costumbre guajira, tiene dos mujeres oficiales y un número indeterminado de hijos. Su pasión son los gallos de pelea, y tiene gallera propia con más de 300 animales. Su buella espalda es El Diablo, un gallo negro al que le apuesta grandes sumas de dinero y que nunca lo ha hecho perder "ese animal es el de su suerte --nos dijo alguien que lo conoce de cerca--Mientras el gallo no falle, los Valdeblánquez siempre caerán parados". También en la guerra los gallos le han traído suerte a Enrique Coronado. Cuentan que en una oportunidad los Cárdenas enviaron varios de sus hombres a Barranquilla, a volar la gallera de sus rivales con una bomba.
Sin embargo, antes de que el plan se pusiera en marcha, uno de los hombres traicionó y le vendió la información a don Enrique, quien logró frenarlo.
El inicio de la guerra, entre Cárdenas y Valdeblánquez, y el repentino enriquecimiento de las dos familias, coincidieron con la época de la bonanza marimbera. Semanas antes de que lo mataran, en 1979, uno de los Cárdenas, Euclides Gómez, le comentó al periodista Hernando Corral, quien en ese entonces les hizo un reportaje para Alternativa: "Si nos metimos con la marimba, fue para costear la guerra. No teníamos otra salida porque la sangre de los nuestros la teníamos que vengar a cualquier precio". Mantener durante años una guerra que exige guardaespaldas, armas, matones, infiltrados en el bando contrario, compra de información e infraestructura para defenderse y atacar, no sólo requiere arrojo y férrea voluntad de venganza, sino también grandes cantidades de dinero.
Mientras que los Cárdenas, desordenados y derrochadores, dejaron esfumar su fortuna, Enrique Coronado, hombre metódico y de propósitos fijos, llevó los negocios con la cabeza fría necesaria para consolidar un imperio. Hizo que el clan familiar funcionara como un reloj de précisión, y que cada miembro cumpliera un papel específico, sometiéndose a la coordinación de un sólo cerebro, el suyo. Montó un próspero negocio de importación de vehículos y adquirió varias haciendas con miles de cabezas de ganado. En una de ellas, Tocaima, él supervisa personalmente la cría de los mejores caballos de paso de la región.
Aunque durante los primeros años el ojo por ojo entre los dos clanes parecía correr parejo, y por cada Cárdenas que caía moría un Valdeblánquez, de un tiempo para acá la suerte le volteó la espalda a los primeros. En efecto, desde que se hicieron ricos, los Valdeblánquez no tuvieron dificultad para acorralar a los Cárdenas, diezmados y venidos amenos. En toda la costa nadie vacila en; afirmar que Enrique Coronado fue el estratega de esta victoria.
MUERTE POR AMOR
Por extraño que parezca, este drama de muerte empezó con una historia de amor. La vendetta entre Cárdenas y Valdeblánquez es una versión salvaje de Romeo y Julieta, pero esta vez los Capuletto y los Montesco son de carne y hueso, y no hay reconciliación posible entre ellos.
Veinte años atrás las dos familias, descendientes de un mismo tronco, vivían en casas contiguas al pie de la Sierra Nevada, y se dedicaban conjuntamente al comercio con las tribus indígenas. Cultivaban maíz y plátano, como todos los campesinos pobres del lugar. Algunos de los hijos se contrataron como jornaleros de salario mínimo, y durante años las dos familias se apoyaron mutuamente en la dura tarea de sobrevivir. Los niños de una casa eran tratados como hijos en lá otra, toros se criaron juntos y algunos se casaron entre sí. Las dos familias eran conservadoras, así que ni siquiera había diferencias políticas que las distanciaran.
La relación era tan estrecha, que el dia en que lose Antonio Cárdenas mató a su primo y amigo Hilario Valdeblánquez, el victimario llevaba puesta ropa que la víctima le había prestado unas horas antes. Compañeros de parranda y aventuras, los dos compartian los amores de Rebeca Brito, una mujer casada que atendía la cantina de Dibuya. El 16 de agosto de 1970 se emborracharon juntos, y José Antonio, en un arranque de celos, mató de un balazo a Hilario.
A partir de entonces las familias se juraron guerra a muerte, y no pudiendo permanecer juntas en Dibuya, partieron los unos hacia Barranquilla y los otros hacia Santa Marta. Establecieron entre ellas un tratado de limites territoriales: quien traspasara un punto intermedio fijado en Cienaga, sería hombre muerto.
Tres meses después del primer crímen cayó un Cárdenas, el hermano de José Antonio, y a éste habrían de seguirlo, en los 13 años posteriores 11 Valdeblánquez y 30 Cárdenas.
Varios pactos dé paz se hicieron a través del tiempo, y en ellos actuaron como negociadores desde un General de la República hasta un obispo y una alcaldesa de Santa Marta. Pero ninguno fue respetado por más de 24 horas.
Hubo quienes intentaron escapar de la pesadilla sangrienta y emigraron hacia otros lugares, pero por lejano que fuera el sitio, se toparon irremediablemente con su destino. Ningún lugar fue respetado por los sicarios.
Cinco Cárdenas cayeron asesinados en una iglesia y uno en el cementerio, y dos Valdeblánquez fueron incinerados en la cárcel. Hay quienes dicen que ni los niños se librarán de la maldición, porque ninguno de los dos bandos quiere dejar crecer los futuros enemigos de sus propios hijos. Seguramente nadie podrá detener esta cadena de sangre hasta que muera el último de los vastagos de alguna de las dos estirpes. Ese es el mandato de la tradición y asi lo estipulan leyes ancestrales que ningún guajiro de casta se atreve a contrariar. -
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