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| 7/19/2002 12:00:00 AM

La otra opinión

SEMANA habló en Nueva York con Joseph Stiglitz, actual premio Nobel de Economía y el crítico acérrimo de la globalización.

Nadie tiene mas autoridad que Joseph Stiglitz para hablar de la globalización. Asesor económico del presidente Bill Clinton desde 1993 y economista en jefe y vicepresidente del Banco Mundial (BM) hasta hace dos años, fue testigo de los hechos económicos más importantes de la última década. Vio cómo los países en desarrollo liberalizaron sus mercados, privatizaron sus empresas y abrieron sus economías. Y a los pocos años también vio cómo caían en crisis, como la de Asia en 1997 y la de Rusia en 1998, y últimamente la de América Latina.

En sus últimos años en el BM fue muy crítico de las medidas orientadas al libre mercado que promovían instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y que, a su modo de ver, sólo estaban causando más pobreza. Regresó a la Universidad de Columbia, desde donde ha escrito ensayos y un libro que cuestiona la forma como se ha manejado la globalización económica.

Los argumentos de Stiglitz lo han convertido en el ídolo de los 'globófobos' y el blanco de detractores. Pero lo que no pueden negar es su estatura intelectual. Como teórico ayudó a entender porqué, cuando compradores o vendedores no tienen suficiente información, como suele suceder, los mercados funcionan mal o no funcionan. Su premio Nobel de Economía en 2001 y su discurso sobre la globalización lo han convertido en el economista más polémico.

SEMANA: Durante una década los latinoamericanos han hecho 'la tarea': han abierto las economías, liberalizado los mercados, etc... Y sin embargo enfrentan el estancamiento y la crisis de deuda externa, tal como hace 20 años. ¿Qué falló?

Joseph Stiglitz: Mi punto de vista siempre fue que las políticas del Consenso de Washington no eran suficientes. Recomendaron que el gobierno desempeñara un papel minimalista cuando en los países de éxito, en el este de Asia, los gobiernos fueron proactivos en la creación de empresas. En las políticas de Washington no había estrategia de crecimiento. Era como una religión, que al quitar al gobierno, los mercados florecerían solos.

SEMANA: ¿Qué más falló?

J.S.: Ver los problemas como sólo económicos. No se enfocaban como una transformación de la sociedad. Por eso no se les puso atención a cosas que son importantes para la economía, como la igualdad. En el este asiático sí hicieron énfasis en la igualdad y la estabilidad social.

SEMANA: ¿Es culpable el Consenso de Washington de los problemas de América Latina?

J.S.: Agravó las cosas. Siguiendo las prescripciones del consenso la región liberalizó los flujos de capitales, éstos empezaron a entrar y salir a chorros, creando inestabilidad. Lo vemos en Brasil, Uruguay y Argentina. Y las consecuencias negativas recaen principalmente sobre los pobres.

SEMANA: ¿Cómo se podría evitar esto?

J.S.: Habrían tenido que usar más el control de capitales. Ustedes hicieron algo de eso pero estuvieron presionados para hacerlo menos.

SEMANA: ¿Les diría a los países latinoamericanos que sigan los consejos del FMI?

J.S.: Lo importante es que los países en desarrollo decidan, por sí solos, qué es lo más importante, y que se mantengan firmes. Si pueden lograr que el FMI se adapte a sus prioridades, es mejor tener su aprobación que no tenerla. La pregunta es qué tanto están dispuestos a sacrificar por ella.

SEMANA: ¿Y qué tanto vale la pena sacrificar?

J.S.: No mucho. En el fondo, los inversionistas en Londres o Nueva York van a meter plata en un país que está creciendo y no en uno en recesión. El sello del FMI no es el asunto de fondo. Es la situación social, política y la estabilidad económica.

SEMANA: Usted argumenta que las recetas del FMI son contraproducentes?

J.S.: Con frecuencia llevan a recesiones y depresiones. Si le dicen al país que mantenga políticas contraccionistas cuando el desempleo está alto, será peor.

SEMANA: ¿Cómo evitar el recorte cuando la deuda es alta y no se consigue la plata para financiar el déficit fiscal, como ocurre en Colombia?

J.S.: Lo primero es que la plata del FMI es de corto plazo. Así que no resuelve el problema. Más aún, para muchos países, el flujo neto es de ellos hacia las entidades financieras. El capital que tienen que pagar es mayor que los nuevos préstamos que van a recibir. Al reconocer esto se cambia la lógica de la negociación.

SEMANA: ¿Si no van a recibir financiamiento neto, qué pueden hacer?

J.S.: El dilema es arriesgarse a tener un poco más de inflación para promover más el crecimiento. Ha habido miedo de que con inflación se llega a la hiperinflación. No hay evidencia de ello aunque es comprensible el temor dada la historia de América Latina.

SEMANA: ¿Se refiere a financiar el gasto público con emisiones de moneda?

J.S.: Dentro de ciertos límites, podría ser apropiado. La pregunta es cuánto. Hoy los bancos centrales saben cómo restringirse. El riesgo del desempleo es grande, y se ha subestimado. En cambio el de una inflación moderada se ha sobreestimado.

SEMANA: Usted argumenta que las políticas del FMI no sólo fallan, sino que están diseñadas para servir a la comunidad financiera. ¿Sus funcionarios son malintencionados?

J.S.: En últimas, parte del problema tiene que ver con el uso de malos modelos teóricos. Parte de ello se debe a que tienen una perspectiva ideológica particular.

SEMANA: ¿Por qué cree que la tienen?

J.S.: La raíz del problema está en lo que yo llamo governance. En últimas, los que toman las decisiones, los bancos centrales y los ministros, contratan gente del medio financiero, y cuando acaban su labor regresan al mismo, en una puerta giratoria. No hay que pensar que toman esas decisiones de mala fe pero sus esquemas mentales van en esa dirección.

SEMANA: La mitad de los colombianos viven en la pobreza. ¿Qué se puede hacer si el presupuesto público es limitado?

J.S.: En el corto plazo lo que causa la pobreza es la falta de trabajo. Y en el agro la falta de acceso a los mercados y a la tecnología. En el largo plazo, la educación es crítica. Aquí es donde uno debe distinguir entre la plata del FMI, que es de corto plazo, y la del Banco Mundial, que es de largo plazo. Si usted puede prestar a 20 años e invertir en educación, eso puede ayudar. Ese es el tipo de cosas en las que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) han mejorado. Ustedes han hecho unas innovaciones interesantes en educación. Yo visité un programa en el que tenían un currículo especial para hijos de migrantes o desplazados. Podían ir de un colegio a otro y retomar el estudio donde lo habían dejado? me impresionó.

SEMANA: ¿Cómo se pueden crear empleos en el corto plazo cuando el gobierno no tiene plata?

J.S.: Es importante evitar la revaluación, evitar la austeridad fiscal excesiva o una política monetaria demasiado restrictiva.

SEMANA: Mucho se ha debatido en América Latina sobre las privatizaciones. ¿El Estado debe administrar las empresas?

J.S.: En este punto creo que el Consenso de Washington cometió un error porque se concentró en vender los activos antes que en crear nuevas empresas, hacer reforma agraria, etcétera. El gobierno no debería meterse a administrar empresas que el sector privado gestiona mejor. El caso de algunos servicios públicos es distinto porque son monopolios, y el gobierno tendrá que desempeñar un papel como regulador o como prestador del servicio. La cuestión no es si intervenir o no, sino cómo hacerlo. Se necesita una aproximación pragmática. Las empresas que dan pérdidas serán las que uno querrá vender. Pero aún así puede ocurrir lo que le pasó a México, que privatizó sus bancos y a los dos años se quebraron y le tocó al gobierno pagar. Allí la privatización fue otro desastre bajo un programa del FMI y el Banco Mundial.

SEMANA: Después de una década de apertura al comercio internacional, hay mucha desilusión porque no se han visto todos los beneficios. ¿Qué falló?

J.S.: El régimen internacional de comercio es injusto para un país como Colombia, que tiene ventaja en los productos agropecuarios. Los mercados están cerrados en Europa y Estados Unidos. El gobierno estadounidense tiene toda una retórica sobre el libre comercio, pero no practica lo que predica y después se sorprende de que las guerrillas cojan fuerza. Hay una gran hipocresía, pero también hay que entender que algunas razones por las que Colombia ha sufrido tienen que ver con fuerzas globales.

SEMANA: ¿Como cuáles?

J.S.: Uno de los problemas es que el precio del café ha caído. La razón es el desarrollo. Vietnam empezó a desarrollarse y entró al mercado con éxito. Al aumentar la oferta el precio se desplomó. La lección es que hay que diversificar. Y también negociar más duro por las exportaciones.

SEMANA: ¿Hay que replantear la apertura?

J.S.: La noción de que uno gana bajando los aranceles tiene más de ideología que de realidad. Hay que tener una estrategia dado que las reglas de la globalización fueron fijadas por los países desarrollados. Colombia puede trabajar con otras naciones en desarrollo para tratar de cambiarlas. Mientras eso sucede deben aprender a vivir con ellas y encontrar maneras de estimular el crecimiento. Por ejemplo, creo que el tratado de preferencias arancelarias a los países andinos (Atpa) es una buena estrategia.

SEMANA: ¿Cree que el Alca es buena idea?

J.S.: Un Alca de verdad, sí. Pero creo que es sólo retórica política de parte del presidente Bush. Si se tomaran el libre comercio en serio no habrían firmado, como hace poco, una ley que aumenta los subsidios agrícolas, o subido los aranceles para el acero.

SEMANA: ¿Qué se puede esperar de la nueva ronda de negociaciones de la OMC?

J.S.: La reunión de Doha representó un punto de quiebre en el sentido de que se reconoció, de manera oficial, que las rondas previas habían sido inequitativas. Pero Doha, por sí mismo, no representa un cambio en el balance de poderes. Lo interesante es que varios países desarrollados se han amarrado en cierta manera. Si Estados Unidos y Europa llegan a promover una agenda que no refleje el espíritu de la declaración de Doha crecería el resentimiento en los países en desarrollo. Pero si sus acciones reflejan este espíritu el debate cambiaría, pues la gente podrá decir que replantear la globalización sí es posible. Lo más probable, sin embargo, es que se llegue a un punto muerto.

SEMANA: Volviendo a Colombia, nuestro país ha sufrido por dos problemas globales: el narcotráfico y el terrorismo. ¿Qué recomendaciones haría al nuevo gobierno?

J.S.: Esos temas están muy relacionados con la economía. Un ejemplo es Bolivia, que también acaba de tener elecciones. El gobierno anterior tomó acciones fuertes contra la siembra de coca y el tráfico de drogas. Emprendieron una acción decidida aunque económicamente, en un sentido estrecho, no era conveniente para el país.

SEMANA: ¿Y qué pasó?

J.S.: Estados Unidos no ayudó tanto como debía. Los cocaleros, que hubieran podido pasarse a cultivar caña, por ejemplo, habrían podido compensar el ingreso si hubieran podido exportar a Estados Unidos. Pero este país restringe las importaciones de azúcar. Aun así los bolivianos estuvieron dispuestos a hacer el sacrificio, exponiéndose a lo que al fin ocurrió: que el candidato que quedó segundo ha propuesto volver a la coca porque aumenta los ingresos.

SEMANA: ¿Vale la pena entonces combatir el narcotráfico?

J.S.: Creo que la posición del gobierno anterior de Bolivia era correcta. Uno no puede tener una sociedad viable con tanta actividad ilegal. Por eso diría, sí, preocúpense por erradicar la droga, pero no tendrán éxito si no se resuelve también el problema económico. Ustedes deberían pedirle a Estados Unidos que practique lo que predica.

SEMANA: ¿No cree que los países consumidores tienen una actitud muy hipócrita?

J.S.: Estados Unidos les dice a otros países que pongan a funcionar sus sistemas legales y de justicia cuando nosotros no hemos logrado que el nuestro funcione contra las drogas. Creo que ante la droga en Estados Unidos hemos adoptado la estrategia equivocada del encarcelamiento masivo. En California se gasta más plata en construir cárceles que en educación superior. Tenemos los valores trocados y no hemos abordado los problemas de fondo. Algo así ocurre con el terrorismo. Se miran los síntomas pero no se pregunta cuál es la enfermedad subyacente.

SEMANA: ¿Cuál es su visión frente al problema de la guerrilla?

J.S.: Con frecuencia las guerrillas surgen de un sentimiento de frustración, producto de la desigualdad de tanto tiempo en América Latina. De un sentimiento de impotencia y olvido que tienen los pobres. Pero también hay que reconocer que con el paso del tiempo muchas veces la guerrilla se ha convertido en un modo de vida.

SEMANA: ¿Cómo solucionarlo?

J.S.: Creo que la gente preferiría vivir en paz, con un trabajo productivo, antes que matar gente. Hay que romper el círculo vicioso de la violencia. Y en Colombia el problema lleva tanto tiempo que resolverlo se vuelve más urgente, pero también más difícil. Parte de la solución está en proveer alternativas económicas.

SEMANA: ¿Y la otra parte?

J.S.: Lo que hay que hacer entonces es proveer mayores incentivos para la paz, pero también ideas que creen esperanza. La esperanza de que los sufrimientos de los pobres se van abordar.
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