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| 3/27/1995 12:00:00 AM

LA PUERTA DE ORO

Tras años de abandono y politiquería Barranquilla resurge como el ave Fénix. La ciudad tiene motivos de sobra para estar de carnaval.

BARRANQUILLA ESTA DE FIESTA. PERO NO es sólo por el carnaval en el que está sumergida, sino porque desde hacía más de 30 años que la ciudad no vivía una época de prosperidad económica como la actual. El nuevo clima de los negocios se refleja en los informes de los gremios y en los balances de las industrias, en el agite permanente de su puerto marítimo y fluvial, en la creación de nuevas empresas, en la eficiente prestación de los servicios públicos y, sobre todo, en la risa plena de los barranquilleros.
Parece mentira que hace apenas cuatro años la capital del Atlántico estuviera en lo profundo del foso, devorada por una clase política que la explotaba, unos gremios que habían perdido la esperanza y unos habitantes que no la querían. "La ciudad era noticia por las huelgas de los trabajadores de las Empresas Públicas Municipales, cuyo sindicato nunca estaba satisfecho con las prebendas que obtenía de una empresa raquítica que a veces no tenía ni para pagar la nómina; por la epidemia de gastroenteritis que todos los años asolaba la ciudad como una peste maldita; por las peleas burocráticas de los Name, los Slebi, los Gerlein, los Martín Leyes, con el alcalde y el gobernador de turno, por los muertos que dejaba el arroyo de Rebolo, por la compra descarada de votos en cada elección. Barranquilla, en fin, era fuente constante de noticias negativas", dijo a SEMANA un funcionario de la actual administración municipal. "Teníamos mala imagen por una razón: porque era cierta", agrega el gobernador del Atlántico, Nelson Polo.
Las buenas noticias de la ciudad corrían por cuenta del carnaval y del Junior, la 'querida' de los barranquilleros, como la llamó Alvaro Cepeda Samudio en medio de una borrachera monumental. La capital del Atlántico mostraba una cara sucia y una capa de aguas negras la cubría de norte a sur. Sus políticos legislaban en Bogotá de lunes a viernes y los fines de semana iban al departamento a encerrarse en sus mansiones o en sus fincas costeras. "Esa corte de áulicos que cargaban solo les rendían cuentas por lo que se robaban y no por lo que invertían", sostiene un ex secretario de la administración del sacerdote Bernardo Hoyos.
Los colombianos empezaron a ver cómo crecía un nuevo monstruo en las entrañas del Estado, monstruo que, según los analistas, era alimentado por los políticos barranquilleros: el clientelismo, que consiste en ofrecer puestos a cambio de votos. "Yo te nombro, pero cuántos votos me pones", esa era su frase de combate. Los políticos, sin embargo, no eran los únicos que vivían a costillas de la ciudad y a la vez le daban la espalda. Según la descripción de un conocedor, buena parte de los dueños de las industrias hacían plata en Barranquilla, vivían en Bogotá y consignaban en Miami.
Los descendientes de aquellos inmigrantes alemanes, ingleses, franceses, norteamericanos e italianos que llegaron a la ciudad a comienzos de siglo para construir mansiones y levantar industrias empezaban a mirar de nuevo hacia sus lugares de origen para buscar un mejor futuro para sus hijos, hastiados de una ciudad que iba en picada hacia el abismo. Nada parecía quedar de la Barranquilla que fue pionera en Colombia de todo cuanto significaba progreso: la aviación, la utilización de máquinas a vapor, el desarrollo urbanístico, la radiodifusión, los servicios públicos, el fútbol y el béisbol. La Arenosa fue, inclusive, la semilla donde germinó la elite intelectual y cultural más importante del país en los últimos años, el llamado 'Grupo de Barranquilla'.
Todo ese pasado glorioso estaba a punto de ser sepultado ante el paso inclemente y rampante de la corrupción. Mal que vino a conjugarse, en la década de los 60 y hasta finales de los 80, con una serie de medidas proteccionistas que redujeron a su mínima expresión la actividad del puerto marítimo y fluvial, en momentos en que la ciudad empezaba a recibir una oleada de inmigrantes que llegaban a la urbe perseguidos por la violencia y en busca de una mejor condición de vida. Poco a poco Barranquilla perdió su ritmo de crecimiento.
Las grandes empresas que habían sido instaladas a comienzos de siglo se olvidaron del mercado internacional y se trasladaron al interior del país, donde estaban los centros de consumo. Ese matrimonio: clase política corrupta y medidas económicas equivocadas, resultó funesto para la ciudad. La expresión 'Puerta de Oro de Colombia' parecía más una letanía de carnaval que un eslogan progresista.

JAIRO CEPEDA, UN EJEMPLO
Pero la Barranquilla de los 90 parece otra. Vuelve a ser Curramba la bella, la que amarró a Cepeda Samudio, la que embriagó a García Márquez, la que pintó Obregón, la que inspiró a Pacho Galán y a Esthercita Forero. ¿Dónde está la clave de la metamorfosis de Barranquilla? ¿Quiénes son los responsables del milagro?
Para decirlo de manera genérica, todos los barranquilleros tienen el mérito de la nueva cara que muestra la ciudad. Todos, pero en especial una nueva clase dirigente y gremial que supo llegar a las fibras más sensibles de sus paisanos. Una nueva clase dirigente y gremial que echó al traste su temor, por demás justificable, a manejar la política y la administración pública en una ciudad que era considerada un caso perdido. "Teníamos que hacerlo. La alternativa era una sola: o asumíamos el reto o nos teníamos que mudar para otra ciudad", dijo a SEMANA Enrique Berrío Mendoza, el joven presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Barranquilla, una de las instituciones que más está haciendo por el progreso de la capital del Atlántico.

Berrío es uno de los dirigentes que estaba agazapado, preparándose en el sector privado, esperando el momento de poder contribuir al desarrollo de Barranquilla. Y no es el único. La lista es extensa. Entre ellos están Martín Vásquez Lébolo, gerente de la Sociedad Portuaria Regional; Joaquín Fernández Malabet, gerente de la Sociedad de Acueducto, Alcantarillado y Aseo de Barranquilla, conocida como la Triple A (hoy por hoy considerada por el propio gobierno como ejemplo de administración de servicios públicos por parte de una sociedad mixta); el ex gobernador Gustavo Bell Lemus, Manuel María Márquez, director de la fundación Frente Común; Jesús Ferro Bayona, rector de la Universidad del Norte, y el propio sacerdote Bernardo Hoyos, entre otros. Gente venida de la academia o del sector privado. Ninguno con más de 45 años.
Este revolcón barranquillero, como todas las grandes gestas, tiene un mártir: Jairo Cepeda Sarabia, joven gerente de la Empresa de Teléfonos de Barranquilla que a los 29 años, hastiado de las presiones políticas, las deudas de la empresa, los contratos irregulares, los embargos, la corrupción y la porquería con la que estaba lidiando, el 19 de febrero de 1986, en pleno carnaval, llegó a su casa, cogió un revólver 38 que tenía en su cuarto, se levantó de la cama y se pegó un tiro. "En buena parte todo esto que estamos viviendo es un homenaje a Jairo. La ciudad no se puede dar el lujo de perder a otro hombre como él", dijo a SEMANA un dirigente gremial de la ciudad.

LAS EE.PP.MM., UN ENGENDRO
Barranquilla empezó a levantarse de sus cenizas, curiosamente, cuando sus Empresas Públicas Municipales, que habían sido modelo en la década de los 30, tocó fondo a mediados de 1989. Tocar fondo no es una frase de cajón: la empresa tenía deudas por 75.000 millones de pesos; un pasivo laboral que ascendía a 15.000 millones de pesos; una nómina de 2.000 empleados para una empresa que, en el caso de acueducto y alcantarillado, escasamente cubría el 60 por ciento de la ciudad; una facturación mensual de 300 millones, de los cuales los usuarios evadían el pago del 50 por ciento. La empresa no tenía recursos para comprar los químicos con que trataba el agua, no tenía equipos de mantenimiento, no tenía camiones para recoger las basuras, no tenía una lista actualizada de usuarios. No tenía nada.
Lo único que tenía era una cola infinita de 'corbatas' y un sindicato poderosísimo. Tan poderoso que había logrado imponer como ley que "los usos y las costumbres formaran parte de los derechos laborales". Eso significaba, ni más ni menos, que si un empleado tenía por costumbre llegar a trabajar a las 10 de la mañana y terminar su jornada a las tres de la tarde, esa rutina se convertía en un derecho adquirido y debía ser respetado por la empresa, so pena de ser condenada por violar la convención colectiva.
Cuando los barranquilleros se dieron cuenta de que semejante engendro estaba a punto de comérselos vivos decidieron, orientados por el Comité Intergremial del Atlántico, acabar con las Empresas Públicas Municipales y crear una empresa mixta de capital público y privado, para que prestara el servicio de Acueducto, Alcantarillado y Aseo, la Triple A.
Y con la creación de la Triple A nació también el Frente Común por Barranquilla, organismo en el que estaban representados todos los sectores de la ciudad. Los vientos que empezaron a soplar fueron diferentes. El Frente Común respaldó las candidaturas de Gustavo Bell y Bernardo Hoyos a la Gobernación y a la Alcaldía, respectivamente. Aunque ellos contaron con el apoyo de políticos tradicionales, fueron los primeros especímenes de esa nueva clase dirigente que se conoce hoy en todo el país como los antipolíticos. El uno historiador de Oxford, y el otro cura salesiano, sociólogo y antropólogo de la Universidad de Sao Paulo, Brasil. Ninguno había echado un discurso en plaza pública o negociado un puesto antes de que sus amigos los embarcaran en el potro de la administración pública.

OBRAS SON AMORES
Con el respaldo total de los gremios, la empresa privada y la ciudadanía que empezaba a dejar de lado su escepticismo -un estudio de la Universidad de los Andes mostraba que el 90 por ciento de los barranquilleros no creían en sus dirigentes y tenían muy bajos niveles de autoestima-, la ciudad fue cambiando su rostro: se privatizó el puerto de la ciudad y se creó la Sociedad Portuaria Regional; se construyó el Dique Direccional, que solucionó definitivamente el eterno problema de la falta de profundidad del puerto; se creó una nueva Empresa de Teléfonos (Metrotel), que entrará a competir con la Empresa de Teléfonos de la ciudad y que aspira a instalar entre 1995 y 1996 unas 100.000 nuevas líneas; se privatizó la Zona Franca; se iniciaron grandes proyectos de generación eléctrica con capacidad de más de 1.000 megavatios; se construyó la Ciudadela Universitaria; se recuperó el edificio de la Aduana, una joya arquitectónica que simboliza los años dorados de la ciudad; se privatizó el Zoológico Municipal, donde para decirlo en forma de caricatura se estaban comiendo tigres a la plancha y cóndores en sancocho, y se creó la empresa Carnaval S.A., que administra los recursos de la fiesta más importante de la ciudad.
El sector privado y los gremios decidieron meterse la mano al dril y los resultados no se hicieron esperar. Las cifras son contundentes. El empleo generado en el área metropolitana registró en los últimos cuatro años una tasa de crecimiento anual de 14.7 por ciento, porcentaje mayor al presentado entre 1986 y 1989, que fue del 3.3 por ciento.
La inversión neta de capital en sociedades, en los primeros cuatro años de la década de los 90, presentó una tasa anual de crecimiento del 33.3 por ciento, cuando entre 1986 y 1989 fue tan solo del 14.5 por ciento. Y como si ello fuera poco, el número total de empresas matriculadas y renovadas en el registro mercantil de la Cámara de Comercio pasó de 17.625 en 1990 a 22.263 en 1993.
El área total construida en la ciudad durante los últimos cuatro años, ascendió a 1.110.607 metros cuadrados. Algo similar pasó con la tasa de crecimiento de la carga exportada, que se incrementó en 27.2 por ciento, al pasar de 730.224 toneladas en 1990, cuando tomaba vuelo la política aperturista del gobierno Gaviria, a 1.502.929 toneladas en los últimos dos años.
El caso de la Sociedad Portuaria Regional, entidad que se encarga de la administración del puerto de Barranquilla, resulta bastante interesante. Antes de empezar a regir la Ley 1 de 1991, mediante la cual se inició la liquidación de Puertos de Colombia (Colpuertos), en el terminal de Barranquilla laboraban 2.000 empleados, 600 de los cuales trabajaban en el área administrativa. Hoy en día, con menos de un centenar de empleados en nómina, el puerto de Barranquilla mueve anualmente cerca de un millón y medio de toneladas de carga, casi el doble de la que movía en los años en que el sindicato era amo y señor.
Todas estas obras merecen destacarse, más en una ciudad en la cual en los últimos 20 años sólo se habían construido dos grandes obras: el Estadio Metropolitano y el aeropuerto Ernesto Cortizzos. Pero lo que verdaderamente llama la atención es que ninguna de las anteriores realizaciones hace parte de un paquete de promesas electoreras. No. Son una realidad contante y sonante que, por fortuna, coincidió con la internacionalización de la economía, política que favoreció el desarrollo de la ciudad. Ahora, a diferencia de lo que sucedió entre los años 60 y los 80, el matrimonio entre la nueva clase política y las políticas económicas parece más sólido. La ciudad de la desesperanza pasada es ahora un conglomerado chévere, como dicen los barranquilleros.
Claro que quedan problemas por resolver, y muchos. Pero el panorama actual es totalmente diferente. "Tenemos un gran futuro", dive el gobernador Nelson Polo. Y así es. Quizás por eso el de ahora es el mejor carnaval en años, porque Barranquilla, la ciudad cálida y acogedora de siempre, tiene por fin motivos verdaderos para estar feliz.-

LOS AÑOS DORADOS
SI NO hubiera sido por un capricho de los colonizadores españoles, que encaramaron la capital del Nuevo Reino de Granada en los fríos Andes colombianos, Barranquilla hubiera estado predestinada para ese privilegio. El progreso y los adelantos del siglo XX entraron por allí antes que al resto del país, que se debatía en rutinarias guerras civiles y aspiraba aún el atraso de los tiempos coloniales.
De ser un pequeño y pobre asentamiento de ganaderos de Galapa, esta villa de Barlovento -como ellos mismos la denominaron- se convirtió entre las décadas finales del siglo pasado y las primeras de éste en la puerta de Oro de Colombia: una ciudad próspera, de hermosa arquitectura y una intensa vida cultural. Pero ello no ocurrió de la noche a la mañana.
En 1823, y en agradecimiento por los favores que le había prestado a la Independencia, Bolívar le entregó el usufructo vitalicio del río Magdalena al alemán Juan Bernardo Elbers, quien -de inmediato- sacó provecho de la prebenda. Viajó a Europa, compró cuatro barcos de vapor, los puso en el río e inauguró este servicio en el país hacia 1840.
Este acontecimiento, de manera casual, propició una fuerte corriente inmigratoria hacia Barranquilla que le trajo a esta ciudad, y al país, excelentes dividendos. Los alemanes se dedicaron a la docencia. Juan Meisel, por ejemplo, fundó en 1872 las primeras escuelas pedagógicas modernas de Colombia. Las familias Lindenmeyer y Stringer gestaron empresas de navegación fluvial. Los italianos trajeron en 1858 la primera compañía de ópera y los Di Domenico y Di Ruggiero introdujeron el cine en 1896. Gennaro Celia, Blas Barletta y Pasqualle Faillace fundaron la primera fábrica de calzado en Colombia, en 1905. El francés Carlos Dugand estableció el primer banco de la ciudad.
Los norteamericanos también se destacaron: Karl C. Parrish fundó el barrio El Prado, en 1918, y William Ladd, a su vez, impulsó el colegio Americano y la misión Presbiteriana. (Ladd fue el primer gerente de la empresa de teléfonos de Barranquilla, en 1894). William Knox Martin inauguró en 1918 el correo aéreo, mientras que Henry Gilbert y Thos Gavin instalaron las primeras redes eléctricas e inodoros. Samuel Hollopeter creó en 1924 las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla.
Sin embargo, esta ciudad comenzó a decaer rápidamente después de la segunda Guerra Mundial. Pero como toda historia, esta también tiene, ciertamente, un final feliz. Barranquilla, a cinco años del siglo XXI, está resurgiendo, imitando ese glorioso pasado que cautivó a todos. Está renaciendo, al igual que la mítica ave Fénix, de sus propias cenizas.-
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