Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1987/05/18 00:00

LA QUIEBRA MAS GRANDE DEL MUNDO

Romper una promesa le cuesta a la Texaco 10 mil millones de dólares y su solidez como empresa

LA QUIEBRA MAS GRANDE DEL MUNDO

La mañana del domingo de ramos había comenzado en forma normal para el juez Howard Schwartzberg, vecino del pueblo de White Plains, en el estado de Nueva York. Sinembargo, lo que prometía ser un apacible día de comienzos de primavera se vio interrumpido por una sorpresiva llamada a las 11:30 de la mañana, en la cual una voz le informó al juez que, camino a su casa iba Harvey Miller, un prestigioso abogado de la compañía petrolera Texaco. Efectivamente, 20 minutos después, Schwartzberg recibía en su sala al ilustre visitante quien traía con él la declaratoria de quiebra más grande en la historia de Estados Unidos y del mundo entero. Frente a los asombrados ojos del juez, la Texas Petroleum Company, con activos por 35 mil millones de dólares, se declaraba en concordato y pedía protección legal de sus acreedores.
¿Insolvencia absoluta de la compañía? ¿Cuantiosas pérdidas acumuladas? Nada de eso. El domingo 12 de abril, Texaco poseía un patrimonio positivo cercano a los 14 mil millones de dólares y se encontraba en el tercer lugar entre las petroleras de Estados Unidos y en el octavo dentro de toda la industria de ese país.
Lo que ocurrió, sencillamente, fue tan solo el capítulo más reciente de una de las pugnas legales más interesantes que hayan tenido lugar en los últimos años. Todo comenzó en enero de 1984 cuando la junta directiva de Pennzoil, una petrolera mucho más pequeña, apoyó la idea de comprar el 43% de Getty Oil -una de las compañías del famoso billonario, por la suma de 5.300 millones de dólares. Al otro día (4 de enero), tanto Getty como Pennzoil expidieron un comunicado de prensa anunciando la operación que incluía, entre otras cosas, reservas por mil millones de barriles de petróleo crudo.
La historia probablemente habría terminado ahí si Alfred Decrane, presidente de Texaco, no le hubiera preguntado a un banquero si la operación se había completado. Al ser respondido con un no (los contratos estaban siendo elaborados), Decrane reunió a su junta y los convenció de presentarle a Getty una oferta formal de adquisición por la suma de 10.1 millones de dólares. La propuesta se hizo el 5 de enero y el 9 la junta de Getty la aceptó. Cuando se anunció, la gente de Pennzoil no podía creer lo que veía en la prensa. A pesar de haberle exigido a Getty que se ciñera a los términos del arreglo inicial, el hecho de que no había nada firmado y la diferencia entre las dos sumas dejó a Pennzoil con los crespos hechos y la sensación de haber hecho el oso entre la comunidad industrial.
La sed de venganza comenzó ahí mismo y Pennzoil demandó a Texaco. Por un tiempo el proceso no avanzó hasta que el 19 de noviembre de 1985 un juez de Houston decidió que Texaco debía pagarle a Pennzoil 10.530 millones de dólares más intereses. Según el juez, 7.530 millones correspondían al daño sufrido y los 3 mil millones restantes equivalían a la multa debido a que Texaco había "interferido" en lo que ya se podía considerar como un trato cerrado entre dos partes.
Aunque posteriormente un juez rebajó la multa en 2 mil millones de dólares, la cantidad seguía siendo tan grande que, aun para Texaco era imposible conseguirlá. Peor todavía fue el hecho de que la petrolera se quedo con las manos atadas. Bajo las leyes del Estado de Texas, es necesario entregar como fianza la cantidad en discusión si se desea apelar un fallo. Aunque un juez de Nueva York llegó a rebajarle a Texaco la fianza hasta mil millones de dólares, el seis de abril la Corte Suprema norteamericana volvió a darle la razón a los tribunales en Houston. Finalizados ya todos los intentos legales la petrolera solo tenía dos alternativas: pagar o pagar. Como no tenía el dinero, seis días después vino la solicitud de concordato.
En ese intermedio hubo intentos de negociación directa por parte de ambas compañías. El ultimo esfuerzo tuvo lugar la semana anterior a la declaración de quiebra y en él Texaco llegó a ofrecer hasta el equivalente de 2 mil millones de dólares en efectivo. Sin embargo, Pennzoil solicitó entre 4 y 5 mil millones de dólares y, frente a esas demandas, la negociación se rompió.
Como es de suponer, el anuncio de Texaco produjo conmoción en todo el mundo financiero. Bajo el proceso concordatario la compañía suspende pagos a sus acreedores y en el caso de una eventual liquidación sus activos se distribuirían entre los mismos. Aunque en términos prácticos el consumidor de gasolina Texaco en unos 150 países no va a notar la diferencia, el impacto sicológico fue suficiente. La empresa va a tener que hacer todos sus pagos en efectivo a partir de la fecha (es obvio suponer que no se le va a dar más crédito) y entrar en dispendiosas conversaciones con bancos y demás entidades.
Por su parte, Pennzoil está a punto de quedarse sin el pan y sin el queso. Ahora se enfrenta a la posibilidad de que una decisión legal el dé la razón a Texaco o bien de aceptarle a esta última una suma posiblemente menor para concluír con el asunto. En cualquier caso la lección -por lo menos moral- es muy grande. El hecho de que una compañía como Pennzoil haya puesto en la picota a Texaco por cuenta de la violación de una promesa verbal de compraventa es suficiente para demostrarle a cualquiera que a veces romper una promesa sale caro.-

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