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| 6/17/2006 12:00:00 AM

La víctima No. 1

Manuel Jara, el mayor especulador de la Bolsa de Colombia, puede haber perdido 100.000 millones de pesos en la última semana.

La reciente crisis de la bolsa destapó un secreto a voces entre corredores y comisionistas: en Colombia hay un George Soros, el especulador más célebre de Wall Street. En el centro financiero de Bogotá nadie se atreve a hablar de él, pero todo el mundo ha oído su nombre. Para los comisionistas recién egresados de la universidad es una leyenda: cuando compra o vende acciones, muchos piensan que es una señal de para dónde apunta la mano invisible del mercado. El Soros colombiano se llama Manuel Jara.

Los números de Jara revelan por qué en la Bolsa se ha convertido en un mito. Sólo en los últimos días de pánico bursátil puedo haber perdido hasta 100.000 millones de pesos. Reconocidos comisionistas hablan de que llegó a tener invertidos en acciones más de 700.000 millones de pesos, unos 300 millones de dólares. Hasta hace una semana, era el principal accionista de Fabricato, el mayor accionista individual de Suramericana de Inversiones, el mayor accionista individual de Acerías Paz del Río y ha tenido buenas tajadas en Bancolombia, Corfivalle, Argos y Promigás. Y, como dijo un directivo de la Bolsa a SEMANA, "en los bancos le hacen venia". Mejor dicho, todo un tiburón de las finanzas criollas.

La última vez que retumbó su nombre en el mercado fue en la crisis de finales de los 90 cuando se quebró y se llevó por delante a dos firmas comisionistas, que finalmente desaparecieron. Su alma de jugador lo ha llevado de la bancarrota a la gloria varias veces.

Este ingeniero bogotano, de 52 años, de origen humilde y que trabajó en IBM Colombia varios años, sabía que su futuro no estaba en un cubículo de la burocracia corporativa. Por eso, mientras trabajaba en esta multinacional, desarrolló un sofisticado modelo de computador para invertir en la Bolsa. Su ambición y talento para desafiar el riesgo contrastan con un perfil bajo y una vida modesta. Podría tener una mansión en el sector más exclusivo del norte de Bogotá, pero prefiere un apartamento cerca de Unicentro. Salvo porque anda todo el día acompañado de un contador, podría pasar por un ciudadano común de un barrio de clase media. SEMANA trató de entrevistar a Jara, pero éste dijo que no quería dar una declaración a la prensa.

En la última destorcida de la Bolsa, su pasión por el riesgo lo puso contra las cuerdas. Pero para este jugador, a pesar de que era una mano muy dura, este revés no lo mandó a la lona, gracias a que durante los últimos cinco años les sacó todo el jugo a las vacas gordas. Su colchón le dio para soportar las millonarias pérdidas de los últimos días, responder con todas sus obligaciones y aun así quedar con un enorme patrimonio, producto de sus inversiones en esta época de oro.

Y es que en sólo cinco años la Bolsa de Colombia pasó de ser la número seis en tamaño de América Latina, a ser la tercera de la región. De ser una bolsa insignificante que movía un millón de dólares diarios, logró convertirse en la más rentable del mundo el año pasado, con operaciones superiores a los 55 millones de dólares al día. En esta danza de los millones, muchos hicieron su agosto. Yuppies que compraron carro último modelo, fondos de pensiones que triplicaron su portafolio e inversionistas extranjeros que vinieron en busca de riesgo y rentabilidad, y la encontraron. Ganó hasta el trabajador de a pie que vio cómo engrosaba el saldo de sus cesantías y pensiones voluntarias. Y en esas movidas aguas, el tiburón de las finanzas sacó su buen mordisco.

Pero toda buena fiesta trae su buen guayabo. En los últimos 15 días, la Bolsa tuvo la peor caída de su historia en un solo día. Ese lunes 'negro', 12 de junio, cayó más de 10 por ciento, algo nunca antes visto y se tuvieron que suspender las operaciones por primera vez. Y siguió cayendo. Al día siguiente se descolgó 8,73 por ciento. Las firmas comisionistas eran un hervidero. Los teléfonos no paraban de repicar por cuenta de las personas que querían vender. Los traders trataban de calmar los ánimos diciendo que todo lo que baja vuelve a subir. Mientras tanto, los titulares de los medios aumentaban aun más la bola de nieve.

Pero en estos momentos de pánico y estrés nadie entendió nada: los siguientes dos días la Bolsa tuvo la mejor alza de su historia, 20 por ciento. En medio del desconcierto de los analistas y del temor de los inversionistas nadie pudo dar una explicación razonable. Era evidente que había una coyuntura internacional que afectaba a todas las bolsas. Pero los que conocen la lógica del mercado accionario no entendían por qué la bolsa de Colombia caía mucho más que las de otros países. Ningún economista daba con la respuesta más allá de lugares comunes como que en Estados Unidos subieron las tasas de interés. Sin embargo, en el corazón de la Bolsa se empezaba a encontrar una explicación adicional, mucho más mundana y quizá menos ingenua: los especuladores, con Jara a la cabeza.

Crea fama

En Colombia, la palabra 'especulador' tiende a ser peyorativa. Se asocia más a personas que cogen atajos non sanctos que a personas que les gusta caminar al borde del abismo. Un especulador es una persona que vive de apostar en la Bolsa bajo las reglas de capitalismo global. En el mundo financiero los especuladores no sólo no son los malos de Hollywood, sino que son los Indiana Jones. Estos especuladores tienen cuatro características: una, son adictos al riesgo. Dos, tienen un olfato para anticipar los movimientos de los mercados financieros. Tres, les gusta hacer apuestas fuertes. Y cuatro, tienen vocación de kamikaze porque les gusta nadar contra la corriente.

En el mundo ha habido grandes especuladores. El más glamoroso y conocido es George Soros, quien logró una ganancia de 1.000 millones de dólares con una jugada especulativa a la devaluación de la libra esterlina y que obligó al gobierno inglés, el 16 de septiembre de 1992, a devaluar la moneda a un límite insospechado. Otro menos conocido, pero no menos importante, es Nick Leeson, quien siendo todavía un adolescente quebró el banco británico de mayor tradición -Barings- transando como agente de bolsa desde un computador portátil en Singapur.

A pesar de que el mercado en Colombia es todavía muy reducido e inmaduro, también ha contado con grandes especuladores. Uno de ellos fue Guillermo Seffair, quien en los años 70 se apoderó de Colseguros comprando acciones en el mercado y se hizo a un gran pedazo de Acerías Paz del Río. Otro es el empresario Byron López, quien fue uno los mayores especuladores de la Bolsa de Bogotá a finales de los años 80. Hoy, el hombre fuerte de la bolsa es Jara. A diferencia de sus antecesores, él no pretende quedarse con la participación mayoritaria de las empresas para apoderarse de ellas y darse el lujo de ser el que más golpea la mesa en las juntas directivas. Jara simplemente es un especulador nato: le gusta el riesgo, sacar altos niveles de ganancias y mantenerse con fichas en el juego.

Uno de los modus operandi de estos mosqueteros bursátiles son los famosos 'repos'. Se trata de una figura que les permite 'apalancarse' para comprar acciones. En plata blanca, esto significa comprar títulos 'al debe'. (Ver recuadro).

El problema es cuando un especulador tiene muchos de esos 'repos' y cae la Bolsa. En ese momento los prestamistas le exigen poner más garantías para soportar las pérdidas. Y si la persona no tiene la plata para hacerlo, debe salir a venderlas. Como quien dice: o la vida o la bolsa.

Lo que se presentó en las últimas semanas tiene mucho que ver con esto. Si bien es cierto que la coyuntura internacional fue el caldo de cultivo y el catalizador de esta crisis, el detonante sin duda fueron las enormes deudas que contrajeron a través de 'repos' inversionistas de la talla de Jara, de quien se dice tenía 200.000 millones de pesos apalancados de esta manera. Esto equivale al 28 por ciento de los 'repos' totales que había en el mercado a finales de mayo.

La caída se veía venir. El primer síntoma fue que nadie sabía con certeza cuántos 'repos' había en el mercado. Se especulaba con montos que iban desde un billón hasta dos billones de pesos. La situación se hizo tan inmanejable, que la Bolsa de Colombia tuvo que empezar a publicar a partir del 18 de mayo un boletín diario con el saldo en 'repos'. Ese día se supo que había en el mercado 718.000 millones de pesos en operaciones de este tipo.

A la fecha hay unos 450.000 millones de pesos en 'repos'. Esto quiere decir que en el último mes se vendieron cerca de unos 270.000 millones de pesos en acciones que estaban bajo esta figura. Ahí empezó la estampida. Como estas operaciones estaban en manos de quienes se supone son los 'tesos' del mercado, apenas éstos empezaron a salir de sus acciones, más de uno entró en pánico y de inmediato salieron en manada a vender. Sólo Jara salió de buena parte de sus seis millones de acciones en Suramericana, una movida que se da una vez en la vida.

Todo esto puso de presente una triste realidad: el mercado de valores colombiano aún está en pocas manos. Incluso el propio presidente Álvaro Uribe se pronunció sobre el tema en su visita a Washington: "Habrá que pensar rápido en modificar algunas regulaciones que ya no corresponden al gobierno, sino a la propia bolsa, porque una de las cosas que preocupa es que unas pocas transacciones puedan entrar a modificar el precio de una acción".

Y tiene razón el primer mandatario. A pesar de los avances en el mercado de valores en los últimos cinco años, sólo 68.000 personas transaron acciones el año pasado. Esto no es ni el 0,3 por ciento de la población del país. Para colmo de males, el 60 por ciento de las empresas que cotizan en Bolsa pertenecen a un mismo grupo empresarial: el Sindicato Antioqueño. Esto significa que son los mismos con las mismas. Por eso el simple aleteo de una mariposa puede terminar en un huracán, como indica una premisa de la teoría del Caos.

En el fondo, la gran pregunta no es por qué existen especuladores en la Bolsa -que al fin al cabo los hay en todos los lugares del mundo-, sino por qué un reducido grupo de personas naturales puede mover tanto la Bolsa. Y aquí es donde se deben aprender las lecciones para el futuro.

Al que le caiga el guante...

Hay varias lecciones de esta crisis. La primera es para los inversionistas: hay que estudiar más. Antes de comprar o vender una acción, es preciso mirar las ventas, las utilidades, el valor en libros, el Ebitda, la relación de endeudamiento y todos los indicadores de una empresa que permitan determinar si el precio corresponde a la realidad o es producto de la especulación. Muchas acciones estaban infladas y a raíz de la caída de la Bolsa volvieron a aproximarse a sus valores reales. Pero todavía hay muchas que siguen sobrevaloradas y hay que tener cuidado. Esto les puede servir de antídoto para evitar contagiarse de histeria cuando las cosas pinten mal.

La segunda es para las personas del común: la especulación es para los expertos. Un ciudadano de a pie no tiene por qué andar jugando al tahúr. Si la Bolsa cae, no debe salir corriendo a vender. Esto lo único que genera es más pánico y más nieve para la bola. Por el contrario, se deben dejar los ahorros quietos y pensar en un horizonte de varios años. En juego largo hay desquite.

La tercera es para los especuladores: el que juega con candela se quema. Esto lo saben bien Jara y otros especuladores, que han sufrido quiebras en carne propia durante toda la vida.

A las autoridades también les cae el guante. Claro que, como es usual en Colombia, todo el mundo se ha hecho el de la vista gorda. Los directores de la Bolsa de Valores y de la Superintendencia Financiera han salido a decir que la culpa de todo la tiene el señor Ben Bernanke, el nuevo presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, que aumentó recientemente las tasas de interés en ese país. Esa es sólo una parte de la verdad. La otra es que debieron existir controles para alertar tempranamente sobre prácticas que pueden resultar nocivas para la salud de todo el sistema.

Una de las principales preo- cupaciones es que aún no se sabe quién vigila a los inversionistas independientes. Es claro que la Bolsa supervisa a los comisionistas y a los intermediarios del mercado, pero nadie les pone el ojo a los especuladores, que son muchas veces los que tienen la sartén por el mango. En el caso de Jara, éste tenía millonarias inversiones repartidas a través de varias firmas comisionistas de bolsa y sólo él conocía su propio nivel de riesgo. Un riesgo que terminó siendo compartido por muchas personas, gracias a los 'repos'.

El resto de interrogantes son las alertas tempranas y sistemas de control que han debido tener la Bolsa de Valores y la Superintendencia Financiera. La situación se hizo tan evidente, que estos organismos ya han empezado a trabajar en sistemas que les permitan tener una vigilancia más global. Según el presidente de la Bolsa, Juan Pablo Córdoba, "la Bolsa está implementando una base de datos para que los comisionistas conozcan claramente cuántas operaciones está realizando cada inversionista".

Pero eso no basta. Hay que endurecer las garantías que ponen quienes compran acciones al debe. A mayor volatilidad de los mercados, mayores garantías para los inversionistas. Eso es así en Estados Unidos y en Cafarnaún y hay que fortalecerlo en Colombia, con porcentajes más altos que el 30 por ciento actual.

Todo este tsunami financiero tiene un epílogo poco alentador. Para este año, y dados los excelentes vientos que soplaban en el mercado, varias empresas estaban preparándose para salir a vender acciones al público a través de la Bolsa. En el partidor estaban Carvajal, Valorem, Carulla, Isagén, ISA y Argos. Es decir, las firmas más prestigiosas e importantes de Colombia daban un paso adelante en su democratización y en fortalecer el mercado de capitales, fundamental para el desarrollo económico del país. Ojalá estos momentos de suspenso no asusten a sus directivos ni retrasen la decisión de que más empresas entren a la Bolsa. Así, más colombianos tendrán la oportunidad de ser accionistas y de tener un menú de empresas cada vez más amplio para invertir. Esto dinamiza la economía y democratiza la propiedad.

La pregunta que todo el mundo se hace es: ¿Y ahora qué va a pasar? Nadie lo sabe. De la gritería arrogante de los corredores y de sus proyecciones certeras en medio de la fiesta de los millones, se pasó a un silencio sepulcral y a una humildad poco común en un mundo cuya soberbia ha sido idealizada en películas como Wall Street.

Lo que sí queda claro es que el juego de la Bolsa 'apalancado', es decir, a punta de deuda, ha sido históricamente un desastre. Es como el juego de la pirámide. Entran y entran personas hasta que llega un momento en que alguien se revienta y eso hace que el castillo de naipes se derrumbe. En el caso de los especuladores como Jara, se trata de alumnos aventajados de las leyes del mercado. Una especie de hijos pródigos del capitalismo salvaje que, a pesar de haberse quebrado en el pasado, siguen teniendo fe en el mercado y adrenalina por el riesgo. Él, por ejemplo, ha demostrado una gran astucia y que tiene los pantalones buen puestos. Otra ha sido la suerte de muchos yuppies que se creían pequeños Jaras, cuya codicia fue seducida por los cantos de sirena del mercado, y que a la hora de responder con su patrimonio, no tuvieron con qué. Hoy varios le están poniendo el aviso de 'se vende' a sus imponentes convertibles.
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