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| 12/20/1982 12:00:00 AM

LAS VACAS FLACAS

Crisis sin precedentes enfrenta la ganadería en el país.

La curva de precios del aviso ganadero que esta revista publica semana a semana subió ostensiblemente a partir de una determinada fecha de agosto. Pero era un indicio falso; cuando alcanzaba su punto más alto en lo que va del año, se produjo el anuncio sobre la posibilidad de establecer una veda de carne en el país.
Este segundo síntoma, si se tomaba aislado, también podía resultar engañoso. En realidad, la veda, que fue el aspecto noticioso que atrajo la atención pública, no es sino un factor lateral dentro de la compleja maraña de mala exportación, tecnología y mercados defectuosos que compone la crisis ganadera.
En efecto. La curva de los precios ascendentes no obedece a una satisfactoria demanda y un abastecimiento normal. Obedece a una oferta pobre, insuficiente, que se refleja en una espiral inflacionaria. Para los ganaderos, la cosa estaba muy clara: "escasez de ganado flaco".
"Ganado flaco" es todo novillo entre 18 y 24 meses. La escasez de ganado flaco indica baja producción de terneros, debida a algo que parece increíble: escasez de vacas. No hay vacas porque las están sacrificando para satisfacer la demanda de carne. Y ese círculo vicioso redunda en un colapso que, de no prevenirse a tiempo, podría sumir a la ganadería nacional en una crisis difícilmente reversible.
Las cifras son muy claras: para que un país ganadero pueda aumentar su número de cabezas sin disminuir su producción de carne, necesita sacrificar menos del 36% de las vacas. En estos momentos, el sacrificio de vacas en Colombia alcanza porcentajes del orden de 46%, con tendencia al alza, precisamente para suplir la falta de novillos que esas mismas vacas deberían producir.
Si se establece la prohibición de consumir carne en restaurantes durante uno o dos días a la semana, sería posible que el mercado se recuperara, ofreciéndole un poco de oxígeno al productor para sacrificar menos vacas y aumentar el número de terneros. La veda, por otra parte, sólo afectaría a aquel sector de la población que come en restaurantes.

PAÑOS DE AGUA TIBIA
Si la producción ganadera no se sanea, se incrementa y se racionaliza, el gobierno puede verse en la obligación de tomar medidas extremas que a la larga resultan perjudiciales, tales como la restricción de las exportaciones y el control de precios. Estos remedios, que caen como gotas de alcohol en una herida, son funestos a la larga, porque si bien permiten establecer un control inmediato de la situación, provocan la pérdida de mercados internacionales largamente cultivados y el abandono del renglón por parte de miles de productores.
Tales medidas, y en cierto modo también la veda, son como ponerle vendas a un cáncer. Porque la crisis ganadera tiene raíces mucho más hondas de lo que podría creerse. Raíces que se remontan casi a veinte años atrás.
En 1965, un año de buena producción ganadera, el kilo de carne se vendia en Medellín, a 17.50 pesos. En 1981, se vendió a 233 pesos. Esos 233 pesos equivaldrían a 27 de los pesos del año 65. Es decir, que la carne subió, en valores absolutos, diez pesos en quince años.
Estudiemos ahora los costos. Ese kilo de carne en pie, fue pagado a 57 pesos en 1981, al productor. Esa suma equivaldría, en pesos de 1965, a $5.49. Pues bien, en 1965 se pagaba el kilo de ganado en pie a $6.03.
Esto quiere decir, en términos llanos, que las ganancias de los ganaderos han disminuido mientras que los precios han aumentado. El cuadro se hace más grave si se piensa que los costos de producción ganadera se incrementan diariamente.
Cuatro factores concatenados parecen ser los causantes de esta vieja crisis: la inseguridad, la baja rentabilidad y baja producción, la disminución del hato ganadero, menor número de cabezas y el fracaso en la política de exportaciones.
Es bien conocido que un gran número de ganaderos son secuestrados permanentemente por las guerrillas y delincuentes comunes. Sin embargo, esos datos no se han cuantificado. Durante el año pasado, 81 municipios del Magdalena Medio, el Sinú, el bajo Cauca y los Llanos han registrado secuestros de ganaderos.
Según datos no oficiales comunicados a SEMANA por una fuente del DAS, existe un promedio anual de personas secuestradas que oscila entre 55 y 60. De ellas, la mitad son, casi siempre, ganaderos.
Todo ello encaja perfectamente con la baja rentabilidad. De acuerdo con datos suministrados por FEDEGAN, la rentabilidad liquida anual de un capital invertido en ganado es de algo más del 2%. Esa misma cantidad de dinero, invertida en papeles del Estado, renta el 3% mensual y sin riesgo de secuestro. Miles de ganaderos han abandonado así el sector. Saben que la ganadería convive con la guerrilla en los mismos sectores: tierras llanas vecinas de montañas y lejanas de cualquier centro urbano.
Sin embargo, no toda la culpa es ajena al ganadero. La baja rentabilidad se produce por una mala tecnología que disminuye la calidad y la cantidad de la carne. El alto costo de los insumos y las altas tasas de interés para préstamos, impiden que se practique una ganadería técnica. Costos de drogas, semillas de pastos, alambradas, inseminación y mano de obra hacen que el productor medio esté lejos de alcanzar un nivel de eficiencia aceptable.
En resumen, inseguridad, baja producción y crecientes costos de producción, disminución del hato ganadero, baja rentabilidad, tecnología deficiente y el fracaso de las políticas de exportación son factores que se han sumado años tras años, durante las últimas dos décadas, y que tienen al borde del colapso final a la industria ganadera.
Actualmente, se están dando pasos para la creación de un Fondo Nacional de Ganaderos, similar al del café, para que defienda los intereses del sector. Pero, según los observadores, éste sería sólo un primer paso, necesario pero no suficiente, para sacar a flote la ganadería en el país. Al lado de esto es necesario, afirman, una decisión radical del gobierno para tomar medidas que permitan la transferencia de tecnología a bajo costo y el estímulo a la inversión; la práctica de una política agresiva de exportación y una campaña para cambiar los hábitos de consumo de carne "caliente" por carne refrigerada, entre otras, para poner freno a la crisis sin precedentes que enfrentan los ganaderos colombianos.
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