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| 4/11/1988 12:00:00 AM

LOS HONORARIOS MAS GRANDES DE LA HISTORIA

Joe Jamail, abogado del caso Pennzoil vs. Texaco, se ganó 400 millones de dólares en honorarios, un récord en la historia del derecho

LOS HONORARIOS MAS GRANDES DE LA HISTORIA LOS HONORARIOS MAS GRANDES DE LA HISTORIA
Un abogado texano de origen libanés podría entrar por la puerta grande al libro Guinness de los records mundiales. La razón es que en un solo pleito acaba de ganarse honorarios por la no despreciable suma de US$400 millones, o sea 112 mil millones de pesos colombianos, centavo más, centavo menos. Naturalmente, no cualquier negocio es capaz de generar honorarios de ese nivel. Para eso es necesario que se enfrenten dos de las compañías más grandes de los Estados Unidos, y que el litigio signifique la vida o la muerte al menos para una de ellas.
Esas condiciones se dieron en el caso judicial más grande de la historia de los Estados Unidos, que se originó cuando Texaco se interpuso en una operación por la cual, la también petrolera Pennzoil, iba a adquirir el 43% de las acciones de Getty Oil por US$5.300 millones. Al ver amenazado el negocio, Pennzoil demandó a Texaco por daños y perjuicios y alcanzó, de la mano del abogado Joe Jamail, una sentencia condenatoria por US$10.300 millones, que colocó a Texaco al borde de la quiebra.
La imposibilidad de ejecutar una sentencia de ese monto llevó a las partes a buscar una transacción extrajudicial que finalmente se consiguió en US$3.500 millones, y el gran artífice fue el propio Jamail. Pero la conversación que llevó a semejante arreglo no se desarrolló en los elegantes salones de algún exclusivo club de Wall Street, como hubiera sido de esperar en un negocio de ese nivel. Muy a su estilo, Jamail condujo la charla que convenció del arreglo al financista Carl Icahn, propietario de gran parte de Texaco y figura clave del negocio, en alguna taberna neoyorquina donde se tomaron unas cuantas cervezas.
Cualquier parecido de esa transacción con la de un pleito de lesiones personales en accidente de tránsito sólo puede explicarse por la presencia de Joe Jamail en el asunto. El abogado texano de origen libanés es el extremo opuesto del arquetipo del jurista norteamericano de alta escuela. Con 62 aúos de edad, Jamail era ya un hombre rico antes de su pleito estrella. Sus ingresos anuales se estiman -sin contar con Pennzoil- entre 10 y 20 millones de dólares mucho más que los de cualquier abogado encopetado de las firmas más reconocidas de Nueva York. En más de 30 años de litigar casos de responsabilidad civil (pleitos de dolor de espalda, como él mismo los llama) ha ganado al menos 60 pleitos por más de millón de dólares y ahora acepta solamente uno de cada 500 negocios que le ofrecen.
Ese palmarés profesional, haría de cualquiera un miembro bien establecido del círculo de los abogados de los Estados Unidos, si no el más respetado. Sin embargo, Joe Jamail ha sido siempre una rara avis: católico libanés nacido en un barrio populoso de Houston, texano desabrochado que rara vez usa corbata, abogado que ignora la costumbre norteamericana de cobrar sus servicios por hora y asume la "extraña" política de cobrar un porcentaje de los resultados del pleito. Su desempeño en el colorido mundo norteamericano de los procesos de responsabilidad civil, mareó para siempre su carrera.
Sin embargo, esa posición de abogado pleitero fue, según los observadores, el detalle clave para su éxito en la representación de Pennzoil en el caso contra Texaco. Lo que se dice es que ninguno de sus colegas de Wall Street, sin importar sus capacidades profesionales, hubiera tenido la desfachatez de enfrentar un jurado formado por 12 ciudadanos de la clase trabajadora para convencerlo de conceder una indemnización de US$10 mil millones a una de las compañías más grandes de los Estados Unidos. Jamail fue capaz de lograrlo porque, según quienes lo conocen, muy en el fondo de su corazón, no siente ningun recato en pedir dinero como compensación por una conducta incorrecta, pues al fin y al cabo es lo que ha hecho durante 30 años, sólo que a nombre de viudas, fracturados y pacientes afectados por tratamientos médicos mal administrados. Para Jamail, Pennzoil no era más que uno de esos afectados y él, el abogado que iba a corregir esa situación.
Su contrincante fue uno de los juristas más prestigiosos de Houston, Richard Miller, un típico miembro de su profesión, acartonado y metódico, que durante el proceso prefirió no exigir que Pennzoil demostrara los perjuicios, para mantener incólume su posición de que Texaco nada le debía a su demandante. "Dick Miller trató de jugármela duro, pero no le funcionó", comenta hoy Jamail mientras le da un sorbo a su cerveza en un bar de camioneros de Houston, "el contraste de personalidades frente a un jurado me daba mayores posibilidades. Para mí, el abogado de la defensa debe actuar, antes que esperar a reaccionar ante lo que yo haga".
Lo cierto es que durante su último alegato frente al jurado, Jamail tuvo dos cosas en mente: unificar a los jurados alrededor de sus tesis, y convencerlos de que los perjuicios demandados, aún con sus cifras estratosférieas, eran lo justo. Para ello debía convencerlos de que estaba en el proceso por una causa, por cumplir una misión más alta que cualquier dinero involucrado en el caso.
Por eso mismo fue por lo que su viejo amigo Hugh Liedke, presidente de Pennzoil, lo contrató, porque sabía que Jamail podría convertir un tedioso caso de derecho comercial en una pugna entre la dudosa moral del mundo de los negocios de Wall Street y la vieja forma texana de ver las cosas, donde la palabra valía más que un portafolio de documentos firmados. "Sólo ustedes, miembros del jurado, y nadie más en este país, puede hacer lo que ustedes pueden hoy, es necesario que ustedes le envien ese mensaje a la nación entera". Con palabras de ese calibre, que lograron poner de por medio factores regionales y de clase, fue capaz de lograr el milagro. Aunque en muchos medios legales de los Estados Unidos, el "renegado" Joe Jamail no es más que un tinterillo venido a más, el pleito entre Pennzoil y Texaco le aseguró un puesto en la historia.

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