Martes, 17 de enero de 2017

| 1998/01/26 00:00

LOS NUEVOS ZARES

Un puñado de controvertidos empresarios lucha por las riendas del poder económico en el país más grande de la Tierra.

LOS NUEVOS ZARES

Desde el apogeo de la dinastía Romanov en el siglo pasado Rusia no experimentaba una concentración del poder económico comparable a la actual. Con la llegada del capitalismo a finales de los años 80 un puñado de audaces empresarios se ha erigido como la nueva aristocracia de este inmenso país, ejerciendo un control casi absoluto sobre los medios, la banca y otros sectores vitales de la economía e influyendo considerablemente en la vida pública. En la nueva Rusia, sin embargo, el abolengo y la sangre azul no son las claves de la riqueza. Los 'oligarcas', como se conoce comúnmente a los nuevos magnates, se han valido del ingenio, la sagacidad, conexiones políticas y estrategias poco ortodoxas _si no legalmente cuestionables_ para amasar enormes fortunas y consolidar su poder político. Con cerca de 100.000 empresas pasando de manos estatales a privadas en un reducido período, un gobierno débil y altamente endeudado y un sistema regulatorio todavía en pañales, la Rusia poscomunista era un terreno fértil para empresarios audaces. Muchos jóvenes miembros de la antigua burocracia soviética aprovecharon esta coyuntura para hacer fortuna. Entre estos se destaca Vladimir Potanin, de 36 años, hijo de un diplomático. Potanin, accionista principal de Oneximbank, el mayor banco privado de Rusia, hizo su primera fortuna financiando operaciones de comercio exterior para empresas exportadoras de propiedad del Estado. Tras la quiebra del banco de exportación del gobierno estas empresas no contaban con ninguna alternativa de financiación diferente a la ofrecida por Oneximbank y otros bancos privados. Consciente de las oportunidades que existían para invertir en condiciones muy favorables en empresas estatales mal administradas, Potanin decidió canalizar los recursos del banco a adquirir compañías en proceso de privatización. Hoy controla un imperio con ventas anuales que superan los 16.000 millones de dólares y activos totales cercanos a los 38.000 millones de dólares y que incluye, además de Oneximbank, al tercer mayor productor de petroleo del país, dos de los periódicos de mayor circulación y un complejo minero con el 35 por ciento de las reservas de níquel del mundo.El gran rival de Potanin es Boris Berezovsky, de 51 años, Ph.D. en matemáticas, que hace nueve años, desencantado de su austera vida académica, decidió dejar los libros y dedicarse a los negocios. Este año la revista Forbes lo calificó como el hombre más rico de Rusia con una fortuna estimada en 3.000 millones de dólares. Su primer negocio y la actual base de su imperio es Logovaz, el mayor distribuidor de automóviles de Rusia. Se rumora que bajo protección de la mafia chechena y aprovechándose del precario estado financiero y administrativo de Avtovaz, la mayor empresa automotriz de Rusia, Berezovsky rápidamente pasó a controlar una parte importante de sus canales de distribución. A partir de Logovaz, Berezovsky ha consolidado un imperio que incluye al principal canal de televisión de Rusia, varios periódicos y revistas, el gigante petrolero Sibneft, la antigua línea aérea estatal Aeroflot y muchos de los mejores edificios de Moscú y San Peterburgo.Su meteórico ascenso ha sido sujeto de mucha controversia. Pocos meses después de salir ileso de un atentado contra su vida en 1994 se le mencionó insistentemente como el posible cerebro detrás del asesinato de Vladislav Listiev, presidente de ORT, el primer canal de la televisión rusa, hoy controlado por Berezovsky. El mayor triunfo de esta nueva clase de empresarios ocurrió en 1995 cuando Potanin se ingenió un mecanismo a través del cual los bancos privados prestarían dinero al gobierno para cubrir su galopante déficit fiscal y a cambio recibirían la primera opción sobre las acciones de empresas estatales. Anatoli Chubais, ministro de Hacienda de Yeltsin, ampliamente respetado en Occidente por su rol de liderazgo en el programa de reformas económicas del Kremlin y considerado cercano a Potanin, decidió apoyar la iniciativa. Por una parte, el gobierno necesitaba urgentemente de los fondos y, por otra, en opinión de Chubais, si bien el programa llevaría a una mayor concentración de la riqueza en el corto plazo, por lo menos garantizaría que las empresas del país quedarían en manos de inversionistas con la capacidad financiera para hacerlas crecer.Poco tiempo después ocurrió lo que todos esperaban. Muchas de las joyas de la corona soviética pasaron a manos de unos pocos empresarios bien conectados a precios de ganga. Aparentemente, a través de un acuerdo de caballeros, Potanin, Berezovsky y otros influyentes empresarios decidieron quién se quedaría con cada pedazo del pastel. En contraprestación Yeltsin, cuyas posibilidades de reelección parecían dudosas, recibió el apoyo incondicional de los 'oligarcas'. Además de donaciones a su campaña, que se calculan entre 30 y 140 millones de dólares, los medios controlados por los empresarios promovieron activamente a Yeltsin. Una vez reelegido, éste nombró a Potanin y a Berezovsky para ocupar altos cargos en el Kremlin, el primero como viceministro encargado de asuntos económicos y el segundo como vicedirector del Consejo de Seguridad del Estado. Hace un par de semanas, sin embargo, la tenue unión entre los empresarios colapsó. Potanin, apostando a que Rusia viraría hacia un capitalismo más abierto, conformó un consorcio internacional integrado, entre otros, por George Soros, para licitar el 25 por ciento de la empresa de telecomunicaciones Svyazinvest y en la subasta superó a Vladimir Gusinksy, un magnate de los medios cercano a Berezovsky. La movida de Potanin violaba el acuerdo de caballeros y efectivamente significaba el fin de un período de tensa calma en las relaciones entre los empresarios más poderosos del país. Inmediatamente los medios de Gusinksy y Berezovsky desataron una lluvia de críticas contra Chubais, a quien acusaban de haber favorecido a Potanin. Entre éstas estaba una revelación que le habría de costar su puesto al ministro: un avance recibido por él y otros ocho reformistas prominentes de una editorial propiedad de Potanin por concepto de un libro sobre las reformas económicas de Rusia. A raíz de estas acusaciones Chubais tuvo que renunciar a su puesto de viceprimer ministro aunque permanecerá como ministro de Hacienda. Evidentemente la movida de Potanin ha desatado una guerra entre los empresarios más poderosos de Rusia. Y en un país, donde el gobierno es débil y el sistema judicial todavía incipiente, esta sin duda será sin cuartel. Después de todo lo que está en juego no es nada despreciable: las riendas del poder económico en el país más grande de la Tierra en el siglo XXI

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