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| 3/28/2009 12:00:00 AM

Medellín último modelo

Por estos días, propios y extraños tienen la oportunidad de conocer la nueva cara de una ciudad que simboliza la transformación de un país. ¿Cómo lo está logrando?

No  hace  muchos  meses, una pancarta grande y blanca fue colgada en la fachada de un edificio abandonado al sur de Medellín. En letras negras se leía: “Este edificio nunca perteneció a Pablo Escobar”. Cualquiera que pasara por la Avenida El Poblado, una de las principales vías de la ciudad, la podía leer. Las intenciones de los propietarios del edificio era desmitificar lo que por años se ha creído era una de las tantas propiedades del capo del narcotráfico muerto en 1993. Pero la pancarta, de manera más sutil, también sirvió como aviso de la transformación que ha tenido la ciudad en los últimos años. Escobar y el crimen dejaron de ser los únicos referentes de Medellín.

Aunque tampoco se trata de ocultar los desafíos que hoy enfrenta la ciudad como el de la violencia, desde hace cinco años la capital de Antioquia ha experimentado cambios que, incluso, la tienen como referente en otros lugares del planeta. Y el eje transversal de dichos cambios ha sido la educación y el conocimiento. No ha habido un tema en que en el último lustro se le haya invertido más tiempo y recursos. Cada mes se inaugura un colegio o una biblioteca o un jardín infantil o un parque...  Alguna muestra física de que la educación es la estrategia fundamental del nuevo modelo de ciudad.

La mejor evidencia de este modelo son los denominados “colegios de calidad”. Son 10 instituciones educativas de arquitectura sofisticada que están ayudando a cubrir el bache que ha existido en el tema de la cobertura. Además, los proyectos de la Ciudadela educativa Fraternidad y la Ciudadela tecnológica del cerro El Volador esperan darle a la ciudad más de 15 hectáreas para la educación, servicios de recreación y capacitación deportiva, preescolares y jardines infantiles, atención a la tercera edad y múltiples espacios para los programas de cultura ciudadana.

Los cuatro parques biblioteca construidos en las zonas más deprimidas de la ciudad se han hecho merecedores de varios premios internacionales de arquitectura. Pero más allá del impacto urbanístico que han tenido estas obras en barrios como San Javier o La Ladera, lo que se está logrando es un impacto social: acceso a educación de calidad para las personas más pobres.

Esto también ha permitido que la percepción que tiene la gente de la política y de los políticos esté cambiando. Evidencia de ello es la alta votación lograda por el actual alcalde de la ciudad, Alonso Salazar. Antes, en Medellín se elegía con 130.000 sufragios; Salazar logró 270.000 votos de confianza y respaldo a una gestión que comenzó con su antecesor, Sergio Fajardo, que logró demostrarle al país que la política tradicional podría ser reemplazada por un matemático y un periodista, respectivamente. El único requisito: “‘Desideologizar’ la forma de hacer política”, según Salazar.

No es casual, entonces, que el Plan de Desarrollo haya sido catalogado por Planeación Nacional como el mejor del país.

Gracias a esa confianza hacia lo político, la clase empresarial antioqueña se ha vuelto a vincular de una manera muy cívica a los proyectos de ciudad. “Es una filantropía moderna”, dice Alonso Salazar. El hecho de que compañías tan importantes como Argos, Bancolombia y la Nacional de Chocolates, por mencionar sólo a tres, sigan en la ciudad les ha traído a sus habitantes ventajas enormes, en especial en lo que tiene que ver con la educación. Por ejemplo, altos ejecutivos de cada una de estas empresas dedican su tiempo de oficina al programa de adopción de colegios públicos que se emprendió en esta alcaldía.

 Lo que en los años 80 y 90 era una especie de resistencia ejecutiva contra la violencia y el narcotráfico, hoy es una apuesta por una ciudad modelo de gestión.

Y es esa apuesta la que hoy tiene a Medellín y a Colombia como sede de la Asamblea Anual de BID. Las etiquetas que señalaban a una capital para nunca visitar, están siendo removidas. La pancarta blanca del edificio en la Avenida El Poblado también sirve para toda la ciudad. Es como si la nueva ola de políticos –de la mano de la mayoría de los ciudadanos– de Medellín tuviera como único propósito mostrar la nueva fachada. Se está pasando de los días difíciles de la década de los 80 y 90 a la esperanza en el nuevo milenio.

Una imagen que simboliza a la perfección ese propósito es el de las esculturas de los pájaros del artista Fernando Botero, que por estos días fueron ubicados en las instalaciones de Plaza Mayor. En 1995 uno de ellos fue destrozado con una bomba que mató a 23 personas y dejó heridas a 100 más. Las alas quedaron perforadas y el pecho con un orificio enorme.

Cinco años más tarde y como si se tratara de un acto de solidaridad y renovación, Botero regaló otro pájaro que fue puesto justo al lado del herido, en el Parque San Antonio. Consideró que era la mejor forma de mostrar una época de incertidumbres y miedo y otra de dignidad y de resistencia. Y no se equivocó. Hoy, estas mismas esculturas están mostrando al mundo que Medellín es una ciudad confiable y el mejor pretexto para conocer un país en pleno proceso de transformación.
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