Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/11/14 00:00

MISTER COFFEE III

Después de la negociación en la OIC, Jorge Cardenas se consagró como el Kissinger del café.

MISTER COFFEE III

El título de Mr. Coffee le fue "adjudicado" coloquialmente por la comunidad cafetera internacional a don Manuel Mejía hace más de 30 años. No fue en razón de ocupar el cargo de gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros.
Era más que eso. Se trataba de un reconocimiento personal de que ese viejo zorro manizalita podía ser la mayor autoridad en materia cafetera del mundo. Aunque el Brasil era mucho más importante como país productor, ningún director del Instituto Brasileño del Café llegó a gozar de la credibilidad de Manuel Mejía.
El cuarto de siglo que permaneció al frente de la Federación marcó un hito en la historia económica del país y una vez fallecido en 1958, se pensó que nadie podría remplazarlo. Dentro de la mitología cafetera colombiana, Mejía había sido para esa industria lo que Lenin para la revolución rusa.
Su sucesor fue un hombre lacónico, modesto y excesivamente prudente llamado Arturo Gómez Jaramillo. Inicialmente, ante la sombra que proyectaba la leyenda de Mejía, se creyó que el joven y tímido abogado no llegaría a tener la misma dimensión de su antecesor. El cargo como gerente general de la Federación se podía heredar, pero el título de Mr. Coffee, por parte de la comunidad internacional había que ganárselo.
Gómez Jaramillo, sin embargo, en otra gestión de 25 años, logró llenar plenamente el espacio dejado por su antecesor. Más que el gerente de la Federación, se habia convertido en Mr. Coffee II.
Ahora, cinco años después de haber llegado a la gerencia, se podría afirmar que a Colombia le ha tocado otro Mr. Coffee. Concluídas las sesiones del Consejo Internacional de Café en Londres en días pasados, los resultados para el país no podían ser más favorables. Se obtuvieron unas reglas del juego en materia cafetera que despejaron cualquier incógnita que pudiera existir a corto plazo y se sentaron las bases que permiten un panorama optimista por lo menos a mediano plazo.
Dado la importancia que tiene el café en la economía del país, estos logros tienen un peso enorme. Basta decir que si las negociaciones de Londres hubieran fracasado, todos los expertos coincidían en que la primera reacción hubiera sido una descolgada de los precios que podía ser del orden del 50%. Si se tiene en cuenta que una fluctuación de un centavo en el precio del café representa para Colombia una diferencia de US$10 millones al año, se puede medir el impacto que hubiera representado una caída vertical de esta naturaleza.
Pero, ¿qué fue exactamente lo que se consiguió en Londres? Dos objetivos concretos, uno global y otro específico. El global, es la reafirmación, tanto por parte de los países consumidores como de los productores, de que el mercado del grano debe seguir siendo reglamentado a través del acuerdo cafetero internacional. Desde hace 30 años, cuando se creó el primer convenio, ha sido una constante de la política colombiana la convicción de que es necesario un sistema de cuotas. Aunque a ese propósito nunca le han faltado enemigos del más alto calibre tanto a nivel nacional como internacional, milagrosamente ha sobrevivido tres décadas, éxito no comparable con ningún otro acuerdo internacional de productos básicos. Las fluctuaciones extremas, que podían quebrar países enteros, son hoy cosa del pasado. Y a pesar de sus limitaciones, el Pacto Cafetero Internacional ha representado una relativa estabilidad en el desarrollo económico de los países productores.
No menos importante fue el objetivo específico logrado. Introducir nuevamente un sistema de selectividad que garantice el equilibrio entre la oferta y la demanda de cada tipo de café. Los ajustes de cuotas de los últimos años habían sido efectuados con base en movimientos del precio compuesto, que es un promedio de las cotizaciones de los diferentes tipos de café en un período de 15 días. Bajo este sistema, los cafés suaves, a los cuales pertenece Colombia, eran arrastrados hacia abajo por el peso de los cafés africanos, de inferior calidad. En otras palabras, sin la selectividad, los justos acababan pagando por los pecadores, y el principal paganini había sido Colombia. La situación era tan absurda, que a pesar de cotizarse el café colombiano a niveles superiores a US$1.50, por encontrarse los robustas (los cafés africanos) a US$0.80, se precipitaban en forma indiscriminada recortes de cuota, cuando lo que el mercado estaba indicando es que necesitaba volúmenes adicionales de cafés suaves.
A partir de la semana pasada, la economía colombiana quedó protegida contra ese tipo de situaciones y el resultado concreto, podría llegar a ser ventas adicionales por un volumen hasta de un millón de sacos. Entre 1988 y 1989, Colombia podrá exportar 8.900.000 sacos, cifras que satisfacen ampliamente las aspiraciones máximas de todos los expertos. Con ventas previstas de 1.400.000 sacos para los países no miembros del convenio, se puede esperar un total de 10.300.000 sacos. Esto permitirá un reajuste en el precio interno, que está hoy en $49.000 la carga, lo cual afectará favorablemente el nivel de vida de 5 millones de personas que dependen directamente de la actividad cafetera.
Detrás de todos estos resultados está el esfuerzo personal de Jorge Cárdenas Gutiérrez. Ante la posible desaparición del pacto como consecuencia de la sequia del Brasil de 1985, que produjo el disparo de los precios, Cárdenas se convirtió en una especie de Kissinger del café, en un puente aéreo permanente entre Washington, Río de Janeiro y las principales capitales cafeteras del mundo. En medio del escepticismo de no pocos países productores y consumidores sobre la conveniencia de revivir el pacto, Colombia, bajo el liderazgo de Cárdenas, se convirtió en el motor del restablecimiento del pacto.
Las excelentes relaciones públicas de Cárdenas, que en Colombia lo habían convertido en el hombre clave del sector cafetero a nivel interno, le sirvieron bien en el campo de la diplomacia internacional. Paradójicamente, esa era una de las pocas áreas de la actividad que no dominaba, ya que durante la administración de Gómez Jaramillo, esta responsabilidad recayó siempre directamente en el gerente general. Esta victoria internacional fortalece la posición de la Federación Nacional de Cafeteros en las delicadas negociaciones que tendrán lugar en el futuro inmediato con el gobierno nacional para definir el controvertido tema de cómo debe administrarse el Fondo Nacional del Café, al vencerse el contrato existente después de 40 años de administración ininterrumpida de la Federación. La Federación Nacional de Cafeteros es en la práctica, para muchos, un Estado dentro del Estado y este superpoder, inevitablemente genera resistencias. Sin embargo, en un país donde muy pocas cosas funcionan, lo que nadie puede negar es que este singular hibrido ha funcionado.

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