Lunes, 23 de enero de 2017

| 2007/02/17 00:00

Misterio en Hacienda

Oscar Iván Zuluaga llega al Ministerio con una buena imagen y una respetable hoja de vida, pero con una tarea monumental: ganarse la confianza de los mercados internacionales.

El nuevo Ministro deberá convencer a los mercados internacionales de que logrará mantener la ortodoxia que se ha impuesto en los últimos años

Los manuales para elegir ministros de Hacienda señalan que el candidato ideal es aquel que cuenta con el respaldo de los organismos financieros internacionales. Una persona que genere respeto y confianza en esos lugares. El mismo presidente Álvaro Uribe aplicó esa lección al nombrar a Roberto Junguito como su primer ministro en ese campo. Andrés Pastrana hizo lo mismo con Juan Camilo Restrepo. Con esos nombramientos se envía una señal de tranquilidad a los mercados. La ortodoxia es la medicina que más les gusta.

Por eso, ha causado sorpresa la designación de Óscar Iván Zuluaga como ministro de Hacienda. Zuluaga es conocido por haber sido un excelente alcalde de Pensilvania, Caldas, como un eficaz senador, como cofundador del partido de La U y como un hombre muy cercano al Presidente. Pero no como experto en macroeconomía.

En realidad, Zuluaga no es un paracaidista en esos asuntos: fue presidente de la compañía Acesco durante casi una década; es economista de la Javeriana y cuenta con un máster en economía de las finanzas de la Universidad de Exeter en Inglaterra. Una hoja de vida respetable, pero, y es un pero no insignificante: ¿es suficiente para enfrentar el nuevo reto? Esa es la pregunta que recibe respuestas encontradas.

En general, su nombre es bien aceptado en el mundo político nacional gracias a los buenos resultados en los cargos que ha ocupado. Además, ponderan su personalidad y su carácter conciliador. Es realmente un hombre con ascendiente en muchos sectores, y en el interior del Congreso, la imagen de Zuluaga es muy positiva. Y eso es importante, ya que en este semestre habrá que sacar adelante el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y la reforma a las transferencias.

Algunos hasta consideran conveniente romper con el mito de que los economistas ortodoxos de la Universidad de los Andes son los únicos capacitados para administrar la chequera pública. Pero tal vez en este caso el problema justamente es estar por fuera de la rosca, más aun cuando la ortodoxia es la tarjeta de presentación de Colombia en los mercados internacionales, que son los que le están dando una buena tajada de financiación al país.

La llegada de Zuluaga genera obvias preguntas: ¿va a cambiar la agenda? ¿Tendrá menos rigidez en el manejo de los recursos públicos? ¿Volverá a plantear la necesidad de modificar la cartilla del Banco de la República? ¿Pedirá que se relaje la política monetaria para favorecer un mayor crecimiento, aunque esto implique inflación?

Zuluaga se ha desempeñado como Ministro consejero presidencial. Le ayuda al Presidente a resolver un sinnúmero de líos que tocan muchas áreas de la administración pública. En otras palabras, es el encargado de representar y hace respetar el deseo de Uribe en todos los escenarios. Esta sería una debilidad: Zuluaga podría convertirse en un alter ego del Presidente en esta delicada materia. Mejor dicho, en un ministro de bolsillo. Todo lo contrario a lo que hacía Alberto Carrasquilla, quien en lugar de llevarle la corriente al primer mandatario, le ponía en muchas ocasiones tranca y freno.

Aunque cualquier cambio de ministro de Hacienda genera expectativas, con Zuluaga habrá posiblemente más de una dosis de incertidumbre. A las agencias calificadoras de riesgo y a los mercados no les agradan las sorpresas. Habrá un tiempo de titubeos mientras conozcan la agenda de Zuluaga.

Con la excepción de Juan Manuel Santos, la tradición ha sido designar economistas criados en los corredores del Fondo Monetario y el Banco Mundial. Y Santos tenía la ventaja de varios años de roce internacional, incluido su paso por la cartera de Comercio Exterior.

Zuluaga, en cambio, es una incógnita. Parece que con esta designación primó más el pensamiento local -tener un ministro ducho en el manejo del Congreso y afín con el pensamiento presidencial- que consideraciones sobre si le caería bien o mal a los mercados internacionales.

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