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| 4/12/1999 12:00:00 AM

A MITAD DE CAMINO

Tras 10 años de apertura económica, lo que el país necesita no es menos sino más de lo <BR>mismo

El décimo aniversario del inicio del programa de apertura y liberalización económica en
Colombia no podía llegar en un peor momento. El país enfrenta la que muchos analistas han calificado como
la más grave crisis económica desde los años 30 y el tejido social y político da muestras de franco deterioro.
Para algunos estono es mera coincidencia. En su opinión, la apertura "acelerada e indiscriminada" de la
economía colombiana a la competencia externa ha conducido a la quiebra de cientos de empresas, la
destrucción de miles de puestos de trabajo, el aumento en la brecha entre ricos y pobres y la consiguiente
intensificación de las tensiones sociales. Sin embargo un análisis de las cifras y los hechos del último decenio
apunta más a la conclusión contraria. Muchas de las dolencias que padece el país en materia económica y
social en la actualidad se deben a factores estructurales de larga data, como las deficiencias en materia
educativa, la corrupción e ineficacia del Estado y el predominio de una cultura rentista. Si bien cualquier
proceso de transformación económica genera inevitablemente ajustes y al menos inicialmente produce
ganadores y perdedores, el diagnóstico sensato es que lo que necesita el país no es menos sino más de lo
mismo. La apertura se quedó en las leyes y no ha calado verdaderamente en la sociedad. Solo con más
transparencia, más apertura, más competencia y más libertades logrará el país producir las tasas de
crecimiento necesarias para ofrecer la posibilidad de una vida digna a todos sus habitantes. Al entrar a
analizar el modelo aperturista colombiano el primer hecho que hay que registrar es que a fines del siglo XX
no es factible pensar que el proceso de internacionalización sea reversible. Como lo resalta el economista
Luis Jorge Garay, "la globalizacion y apertura de la economía mundial no tiene reversa, por lo que no tiene
sentido pensar que los problemas económicos de Colombia se solucionarían devolviéndola". El también
economista y antiguo director de la unidad macro de Planeación Nacional Pedro Nel Ospina es aún más
enfático: "Sería absurdo revocar la apertura económica, a menos de que nos queramos parecer a Albania".
Más aún, el avance de la tecnología de las comunicaciones es tal y la integración se ha profundizado tanto
que cada vez es más difícil para los Estados establecer barreras geográficas a las actividades económicas de
sus habitantes.Los logrosNadie duda que la internacionalización de la economía colombiana es hoy en día
una realidad. Mientras que en 1989 _cuando el Banco Mundial produjo un influyente estudio que sentenciaba
la necesidad de acabar con el modelo de economía cerrada que imperaba entonces en el país_ el comercio
internacional (exportaciones más importaciones) de Colombia fue de 10.590 millones de dólares _es decir,
334 dólares por habitante_, el año pasado alcanzó 25.100 millones de dólares_o sea 614 dólares por
habitante_. Al mismo tiempo el ritmo anual de inversión extranjera se cuadruplicó, al pasar de menos de
500 millones de dólares en los 80 a más de 2.000 millones de dólares en los 90 (ver gráfica). Y muchas
empresas nacionales han volcado sus ojos hacia otros mercados.Por otra parte, muchos sectores con una
arraigada tradición de intervención estatal y regulación estricta han sufrido profundas transformaciones. Hoy
en día sectores como el energético y el de las telecomunicaciones se encuentran entre los más vibrantes de la
economía, impulsados por la apertura al capital privado local e internacional, la desregulación y la
competencia. Como consecuencia de estos desarrollos las libertades económicas de los colombianos se
han ampliado significativamente (sin olvidar que la pobreza priva a amplios segmentos de la población de
poderlas ejercer). Hoy cualquier colombiano puede _dentro del margen de la ley_ importar y exportar
bienes y servicios, acceder a productos del exterior, detentar divisas extranjeras y poseer activos fuera del
país. El mayor beneficiario de todos estos cambios es el consumidor. O sea, en mayor o menor
medida, todos los colombianos, quienes hoy en día tienen acceso a una mayor variedad de productos y
servicios y cada vez dependen menos de los antiguos monopolios estatales para recibir servicios
públicos vitales como los de electricidad, teléfono y salud. De igual manera la competencia ha contribuido a
mantener a raya el incremento en precios, lo cual enriquece en términos efectivos a todos los colombianos.
Aunque el país aún no ha logrado domar el potro de la inflación la apertura económica y la independencia
del banco central han contribuido a restarle dinámica a este fenómeno (ver gráfica). Mitos y lunaresUna de
las principales acusaciones que lanzan los opositores de la apertura es que ésta ha ocasionado la quiebra de
la industria nacional. Por una parte, no existe evidencia concreta de que este sea el caso. Aunque los
concordatos y quiebras se han multiplicado en los últimos meses no hay ninguna prueba contundente
que señale que la industria colombiana como un todo se haya debilitado desde el punto de vista
estructural. Incluso el dinamismo de las exportaciones no tradicionales, que desde 1989 han crecido a una
tasa de 12 por ciento anual en dólares y que hoy representan 54 por ciento del total frente a solo el 30 por
ciento hace 10 años, parecería demostrar lo contrario (ver gráfica).Aún más, los problemas que han
afrontado ciertos sectores específicos, como el textilero, se deben sobre todo a factores ajenos a la
apertura. En opinión de Luis García, decano de economía de la Universidad Javeriana, "los problemas
económicos de la actualidad no son atribuibles a la apertura sino al excesivo gasto del gobierno y la política
monetaria restrictiva, que desembocaron en una revaluación real del peso y unas altísimas tasas de interés
que disminuyeron la competitividad de las empresas colombianas". Para Garay, "la apertura se
desarrolló en un ambiente perverso de revaluación, con lo que los salarios en dólares aumentaron,
disminuyendo la competitividad de las empresas, pero la capacidad de consumo en pesos se estancó,
limitando la demanda". Y añade, "lo que a hecho la apertura es desenmascarar los problemas estructurales
de la industria colombiana y esto era necesario para empezar a corregirlos".Otro argumento en contra de la
apertura que se ha utilizado con insistencia es que ésta acabó con el agro colombiano. Si bien algunos
sectores agrícolas se han visto afectados por la competencia externa _en algunos casos desleal_, para José
Leibovich, profesor de economía de la Universidad de los Andes, el balance general es menos claro.
Según Leibovich, "la apertura permitió una caída más rápida en los precios de los alimentos y, por ende, de
la inflación, lo que permitió una disminución de la pobreza urbana sin que eso haya representado, como
dicen muchos, un aumento de la pobreza rural. Los sectores afectados con la apertura, como el algodón y
el maíz, son productos intensivos en capital y no en mano de obra. Además hay sectores, como el del arroz,
que tienen hoy una mayor protección a la que tenían antes de la apertura".Finalmente, a la apertura se la
acusa de haber contribuido a profundizar la brecha entre ricos y pobres. La evidencia de esto no es clara.
Aunque los estudios indican que en los primeros años de la apertura la brecha disminuyó, los más recientes
muestran que en los últimos años sí se ha ampliado. Sin embargo es probable que esto tenga más que ver
con el ciclo de la economía que con el modelo en sí. Es evidente que los más pobres han sido los más
afectados por la actual crisis y los alarmantes indicadores de desempleo. Con todo y esto el esquema de
apertura no está exento de culpa en algunos de los problemas que aquejan actualmente a los colombianos. La
reconversión industrial producto de la apertura ha contribuido al desempleo. La sustitución de la fuerza laboral
por bienes de capital _que se abaratan en un entorno de apertura_ contribuye a generar mayor
desempleo en el corto plazo, sobre todo entre los trabajadores menos preparados. Además, lo cierto es que
la gran mayoría de los colombianos aún no sienten que la apertura los ha beneficiado significativamente. De
otra parte, la verdad es que, a pesar del crecimiento de las exportaciones no tradicionales y la inversión de
empresas nacionales en el exterior, buena parte del sector privado colombiano aún no piensa ni actúa en
función de una estrategia globalizada. Según Ospina, "es importante reconocer que los artículos colombianos
no han accedido los mercados más importantes debido a que no existe cultura empresarial de control de
calidad y eficiencia en la entrega de productos. La prueba es que los productos colombianos compiten sin
problema con los países del Pacto Andino, donde las condiciones de producción son similares a las
colombianas pero no han podido acceder a los mercados más importantes y sofisticados del
mundo".Retroceder nuncaEn todo caso es difícil argumentar que lo que se necesita para corregir las
inevitables fallas de la apertura es menos apertura. En este sentido un ejemplo valioso es el de Chile, que
tras un primer intento fallido de liberalización a mediados de los 70 _que desembocó en un desplome del
producto interno bruto de cerca del 15 por ciento en 1979_, redobló su compromiso reformista y hoy es sin
duda la economía más sólida de América Latina. Lo que falta en Colombia es un verdadero consenso nacional
de que este es el camino por seguir. En palabras de Garay, "pasar de la mentalidad rentista a la
verdaderamente capitalista a través de un esfuerzo colectivo". Esto es difícil de lograr en cualquier sociedad y
más aún en una tan fragmentada y rasgada por intereses particulares como la colombiana. En Chile el
consenso se impuso a la fuerza _un método a todas luces objetable_ pero hoy lo mantiene la prosperidad. En
Argentina y Brasil _donde es aún incipiente_ lo generaron la depresión económica y la hiperinflación.
Ninguno de estos escenarios es deseable para Colombia _aunque tampoco es descartable_pero establecer
una causa común debe ser la máxima prioridad del país de cara al siglo XXI. De lo contrario, Colombia
seguirá posponiendo su futuro indefinidamente.
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