Domingo, 23 de noviembre de 2014

| 1982/12/20 00:00

MUERTE Y VERGUENZA

La tragedia del Pascual Guerrero causa indignación nacional.

MUERTE Y VERGUENZA

El origen de la tragedia era tan vergonzoso que los medios de comunicación se vieron en aprietos para divulgar en detalle la noticia. Resultaba inverosímil. Innumerables veces se había sabido de multitudes que huían despavoridas para evitar balazos de la policía, o de personas que se atropellaban ante la evidencia de una estructura que cedía o de un conato de incendio. Pero no se conocía un caso en el cual la estampida y el pánico se produjeran por el acto grotesco de unos fanáticos orinando sobre otros. Por ésto, indudablemente, la reciente tragedia del Pascual Guerrero en Cali va a formar parte de las páginas más negras de la historia deportiva nacional.
El suceso trajo de nuevo a la memoria de los colombianos la tragedia que, 364 días atrás, había empañado el partido Tolima-Cali en el estadio Murillo Toro de Ibagué. Una baranda que cedió por fallas estructurales y ante un exceso de peso llevó la muerte a 18 aficionados que perecieron aplastados. Nadie entonces imaginó que, un año después, una catástrofe similar ocurriría en el Pascual Guerrero, supuestamente el mejor y más seguro de los estadios colombianos. Como bien se sabe, el estadio caleño era el escenario bandera que los directivos colombianos izaban siempre que se hablaba de las posibilidades de Colombia para realizar el mundial. Y, en realidad, es el mejor estadio con que cuenta el país. Pero para nadie es un secreto que, como la mayoría de los escenarios deportivos colombianos, no todas las tribunas tienen los mismos servicios, ni instalaciones de similar calidad. Mientras las tribunas occidental y oriental gozan de ellas, las tribunas populares carecen de lo más elemental: baños. No se sabe por qué extrañas razones su construcción fue omitida en esta sección, pero es un hecho que es allí donde más falta hacen. Los aficionados que asisten a estas tribunas, cuando se trata de partidos de gran envergadura, se ven obligados a efectuar largas colas desde tempranas horas. Para los fanáticos caleños, el partido anunciado Cali-América, que terminó fatalmente, la espera había comenzado a las cuatro de la tarde. Aunque se había vuelto ya una costumbre que, luego de finalizados los partidos, algunos fanáticos terminaron rociados por algún individuo apurado, nunca había sucedido el caso de un trabajo en equipo en un estadio repleto.
El miércoles 17 la tribuna popular lucía atiborrada de público. El sector sur estaba hasta el tope con aficionados que habían ahorrado 90 pesos de su salario para no perderse el clásico y en el sitio de los gorriones, donde la entrada es gratis, no cabía un niño más. En el minuto 40 todavía América ganaba tres a dos. La gente empezaba a aglutinarse a las salidas del estadio para alcanzar a coger puesto en los buses de las rutas populares. Otros, aprovechando las puertas abiertas, se colaban para observar los últimos minutos del partido. Súbitamente, Nadal mete un gol y Cali logra el empate. La fiesta no duraría mucho para los fanáticos verdolagas. "Qué clásico, qué clásico", gritaba Jairo Aristizábal por los micrófonos de Caracol. El partido terminaba. Había llovido y la rampa estaba húmeda. Unos bajaban para salir, mientras otros se devolvían ante la euforia del último gol. De repente, una lluvia amarilla empezó a caer del cielo. Identificado el origen, la gente empezó a empujarse. El pánico fue extendiéndose y un grito, "está temblando", determinó la pérdida total de control. Niños, hombres y mujeres rodaron unos, otros se volcaron hacia la baranda que divide la rampa de acceso a la tribuna sur. Y ahí fue la tragedia: 22 personas murieron atropelladas y asfixiadas; resultaron más de 100 heridos. Un final trágico,. inesperado en una fecha así .
El hecho conmovió e indignó al país. Y volvió a colocar sobre el tapete el tema de los deficientes sistemas de seguridad y control en los lugares públicos, lo mismo que el problema del comportamiento cívico de las gentes. Con frecuencia se ha denunciado que la vigilancia en las tribunas populares de los estadios es menor que en las otras y que, además, los pocos agentes que disponen para el control se sienten con frecuencia atemorizados para actuar por el comportamiento abiertamente hostil de las personas, cuya agresividad se exalta aún más con el consumo de licor. Aunque la introducción de éste está prohibido en recipientes de vidrio, los aficionados se han ideado la forma de hacerlo en botas y recipientes irrompibles. Y el problema se agrava, cuando se oyen declaraciones en el sentido de que a todo lo anterior se suma la existencia de pandillas identificadas, pero no denunciadas que, además de licor, consumen marihuana y drogas que alteran el comportamiento.
Frente a esta serie de problemas y a la tragedia ocurrida en Cali, es probable pensar que si Colombia hubiera sido sede del Mundial 86, la FIFA estaría ahora promoviendo un escándalo mundial. Una comisión entraría a evaluar los sistemas de seguridad y control y seguramente habría descalificado de plano al mejor estadio colombiano. Pero éstas no son más que hipótesis. Por el momento, mientras el país no acaba de reponerse aún del escándalo y la tragedia, las autoridades continúan la búsqueda de los responsables. Si los hallan, el problema que deberá resolverse es si se les acusa de perturbación del orden público, como sostienen otros. Pocos creen, sin embargo, que los culpables sean encontrados.

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