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| 6/6/1994 12:00:00 AM

OPERACION RESCATE

Con la venta de la planta de Alcalis en Cartagena, esta semana podría resolverse la crisis de la sal, que, aparte de las repercusiones económicas, ha tenido un impacto desconocido en la salud de los colombianos.

ALCALIS DE COLOMBIA FUE una de las principales industrias del país desde los años 50. Tanto que clasificaba entre las primeras 100 empresas del país. Y no sólo contribuía a la producción de químicos vitales para muchos sectores manufactureros y redes de acueducto (cloro, soda cáustica, sulfato de sodio, ácido clorhídrico), sino que tenía por encargo producir sal yodada -y posteriormente fluorizada- para contrarrestar flagelos como el cretinismo, el bocio y la pérdida de capacidad mental, lo mismo que las enfermedades dentales. El yodo puede suministrarse a través del agua potable. Pero en Colombia, donde la cobertura no es total, se optó por un producto que, como la sal, está presente en los hogares de todos los presupuestos y todas las regiones.
Alcalis nunca tuvo una dirección estable y concedió exagerados beneficios a una fuerza laboral fuertemente sindicalizada. En febrero de 1993 tuvo que cerrar operaciones en sus plantas de Zipaquirá y Mamonal, y entró en proceso de liquidación. De sus 2.124 trabajadores quedan apenas tres funcionarios, que supervisan la creación de un fondo de pensiones de 37.000 millones de pesos para sus 1.200 jubilados, el pago total de deudas por 8.000 millones, la recuperación de una cartera pendiente de 800 millones, y la venta total de los activos de las dos plantas.
Las cifras de 1992 convencieron al IFI del irreversible destino: si bien las ventas netas habían alcanzado ese año 42.806 millones de pesos, el costo de las mismas fue de 53.516 millones. Y el factor prestacional era el componente de mayor peso en los costos. La junta directiva respondió de inmediato con un "hasta aquí llegamos", aunque el apocalíptico final ya lo había pronosticado dos años atrás un estudio de la firma internacional de consultoría Arthur D. Little.

MALA CALIDAD
El gobierno no tuvo más remedio entonces que autorizar la importación de sal. Sin embargo, la calidad de las sales venezolana y peruana ofrecía poquísimas garantías de yodización. El Comité Nacional e Institucional para la Vigilancia Epidemiológica conceptuó que no habría problema si esas dos variedades se consumían por un período máximo de dos meses. Pero la crisis se prolongó un año.
Desde el 7 de marzo pasado, la planta de Alcalis en Zipaquirá pasó al control de Refinadora de Sal S.A. (Refisal), un consorcio privado compuesto, en un 67 por ciento, por empresarios antioqueños liderados por Productos Familia, y en el 33 por ciento restante, por bogotanos. Se pagaron 15.000 millones de pesos por la maquinaria -alguna obsoleta- y unas 103 hectáreas de tierra, donde se proyecta un ambicioso complejo industrial de nivel medio.
Refisal no sólo vende ya sal yodada y fluorizada de alta calidad, sino que intenta ganarle la partida al mercado paralelo de sal mezclada, que no sólo incumple los requerimientos exigidos por la ley sino que, en muchos casos, disfraza de "apta" una variedad que escasamente sirve para animales: fundamentalmente, sal sin refinar que algunos empacadores compran por 60.000 pesos la tonelada y que luego la revenden como "refinada" a 140.000 pesos la tonelada, precio oficial para esa calidad. O sea que, aparte de atentar contra la salud de los colombianos, los especuladores ni siquiera le pasan el beneficio del precio al consumidor.
Para enfrentar la emergencia se expedió el Decreto 724 de 1994, que establece estándares y controles estrictos para procesadores, reempacadores, comercializadores e importadores. Pero queda por establecer el daño real sufrido por la sociedad colombiana en el período de 13 meses durante los cuales no hubo producción nacional. Las dimensiones del aumento de bocio y de las deficiencias mentales y de crecimiento sólo se conocerán con estudios que realiza actualmente el Ministerio de Salud.

¡OJO CON LA SAL!
Por ahora, Refisal ha quedado en condiciones de producir, sólo con 150 personas, un promedio diario de 750 toneladas. "Nuestra meta es recuperar, en lo que resta del año, el 47 por ciento del mercado nacional, para un total de 100.000 toneladas", dijo a SEMANA Juan Fernando Vásquez, gerente general de Refisal. La planta expende sal yodáda y fluorizada, en bolsas de 50 kilos, pero próximamente lanzará su propia marca, en bolsas de un kilo, para llegar directamente al consumidor.
Entre tanto, a partir de esta semana el Ministerio de Salud comenzará una campaña de publicidad para difundir el mensaje de consumir sal tratada -nacional o importada-, con niveles de 50 a 100 partículas por millón de yodo y de 120 a 180 partículas por millón de flúor, entre otros componentes. Ni la sal venezolana ni la peruana se acercan a los topes mínimos, dijo a SEMANA José Jesús Arbeláez, director general de la Oficina de Prevención y Control del Ministerio de Salud.
Por tanto, la capacidad colombiana de producir sal yodada y fluorizada necesitaría aumentar en corto tiempo. Eso sólo se lograría si Alcalis vende, también esta semana, la planta de Mamonal. Se han recibido ofertas muy bajas, dijo a SEMANA Roberto Castro, uno de los liquidadores de Alcalis. "Esperamos que mejoren". La planta de Cartagena, conjuntamente con la de Zipaquirá, podría atender un mercado de 250.000 toneladas de sal al año que representan unos 50.000 millones de pesos. Queda por ver si hay quién se le mida.
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