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| 10/20/1986 12:00:00 AM

PENA DE MUERTE

El asesinato de Raúl Echavarría, una prueba más de cómo se silencian "opiniones inconvenientes"

Si en el caso de muchas de las anteriores víctimas de los asesinos de la moto habían surgido interrogantes sobre los autores intelectuales, en el del periodista Raúl Echavarría Barrientos casi todas las opiniones se inclinaban hacia la misma conclusión: la de que había sido la mafia del narcotráfico la que pagó a los dos sicarios del crimen cometido al atardecer del miércoles 17 de septiembre en el barrio San Fernando, de Cali.
Aunque, como suele suceder, las investigaciones no habían conducido a la captura de ningún sospechoso hasta el cierre de esta edición, los posibles móviles parecían claros para una buena parte de la opinión pública caleña. Se trataba de una venganza contra la actitud que el subdirector de Occidente mantuvo tradicionalmente contra los narcotraficantes. Su posición era irrestricta, al punto de ser partidario de la extradición, pero no de dientes para adentro, sino públicamente. Eso lo había dejado claramente consignado en muchos de sus escritos, especialmente durante los últimos cuarenta días, y más concretamente el martes 16 de septiembre, en una nota editorial aparecida en la edición de ese día, que pudo ser la que dejó escrita, analizada retrospectivamente, su sentencia.
Según la mencionada nota editorial, la propuesta del Congreso de los EE.UU. de castigar los delitos del narcotráfico con la pena de muerte, es totalmente legítima. La nota --titulada "Narcotráfico y pena de muerte"--, que apareció publicada 36 horas antes de su asesinato, no estaba firmada por nadie, como es de uso en los editoriales, pero "su estilo era inconfundible", según un periodista caleño entrevistado por SEMANA. El editorial concluía con frases directas y premonitorias: "Los que producen la cocaína y sus derivados, los que siembran la marihuana, los que introducen esos tóxicos en su nación y los que los ponen al alcance del público, son verdugos. Matan y embrutecen. Pero además, constituyen clanes de criminales que asesinan a sangre fría con una crueldad que la humanidad no conocía".
Y con sangre fría fue como actuaron los dos asesinos de la moto que esperaron durante una hora, a la vista de todo el mundo, a que apareciera la víctima. Echavarría Barrientos había salido de las oficinas del periódico, como todos los días, antes de las seis y media de la tarde. "Había sido un día normal de trabajo; él no estaba ni más inquieto ni más tranquilo que los días anteriores", declaró uno de sus compañeros de oficina.
Iba en compañía del fotógrafo Carlos González y del chofer en un carro del periódico. "No había acabado de bajar cuando sonaron dos disparos... Yo vi una mano y un revólver que asomaba por la ventanilla y después el ruido de un tercer disparo", cuenta uno de los acompañantes del último viaje de Echavarría. El periodista se desplomó boca abajo, mientras el sicario subía en una motocicleta roja en la que le esperaba su cómplice. Con ayuda de sus compañeros y vecinos, el cuerpo de Echavarría fue trasladado al Hospital Departamental, donde a esa hora atendía uno de sus hijos Héctor Raúl, que es médico. Pero ya llegó muerto. Un solo disparo en el cráneo fue suficiente.

Un godo godo
Nacido en 1923, en Fredonia, Antioquia, Echavarría Barrientos era lo que alguno de sus amigos llamó "un godo completo de los años veinte". Aunque no tuvo militancia activa dentro del conservatismo, era un godo conceptual. Su estilo de vida y sus gustos (caminar y pescar) estaban regidos por una sobriedad muy propia de los antioqueños de esa época. Durante toda su carrera profesional --que comenzó en los años cuarenta en El Colombiano, de Medellín, siguió en Bogotá y terminó en Cali-- fue coherente con su manera de pensar. Como columnista no ocultó su pensamiento, aun contra las tendencias ideológicas de moda y asumiendo los riesgos que traía expresar determinadas ideas. "Tenía la manía de rajar de Fidel Castro y era panegirista de Pinochet y de Franco", dice de él su amigo de muchos años, el periodista Alvaro Bejarano. Pero no se quedaba en eso. Para él, los guerrilleros no eran más que unos "fascinerosos", "bandidos" y "hampones".
Pero sus obsesiones ideológicas no eran sus pasiones. Aparte del periodismo, la aviación, los toros, la conversación y una curiosa colección, ocupaban un espacio básico en su vida. "Era un piloto en tierra que llegó a escribir hasta tres libros sobre la historia de la aviación y cientos de artículos", cuenta su amigo Fernando González-Pacheco, con quien compartió muchas tardes taurinas en transmisiones radiales. En el mundo de los toros se le llamaba Raulete. "Su transmisiones eran poéticas. Jugaba con descripciones en las que relacionaba el mundo de los toros con la naturaleza y con las mujeres de barrera", dice Guillermo Rodríguez, cronista de Caracol, también colega taurino de Echavarría. Sus amigos --que eran más de la mitad de Cali, la mitad de Medellín y muchos en Bogotá-- lo tenían por un buen conversador, que usaba las manos como en un púlpito. "Uno podía pasar horas con Raúl sin aburrirse, porque sus anécdotas eran deliciosas" dice José Salgar subdirector de El Espectador y amigo de muchos viajes internacionales de Echavarría. Su curiosa colección --que con cariño y humor Pacheco dice que quiere heredar-- fue hecha durante muchos años y muchos viajes: letreros, avisos y tarjetas raras.
Pero como cualquier cristiano, Echavarría también tenía sus debilidades. La más sobresaliente flotaba muchas veces en las salas de redacción donde trabajaba. Era un cascarrabias. También como cualquier cristiano, Echavarría, en los últimos días de su vida, estaba feliz por ciertos planes concretos: tres días después de su muerte comenzaba su período de vacaciones y tenía todo listo para viajar a San Andrés con su compañera de siempre, Dora Abad. En segundo lugar, estaba a punto de trasladarse a un apartamento nuevo porque su casa, en cuya puerta fue asesinado, ya le quedaba grande debido a que sus dos hijos estaban casados. Y, por último, proyectaba cortarse la coleta laboral el año próximo, para poder lanzar sin afanes los anzuelos en las pesquerías.
La conmoción por el asesinato de Echavarría fue grande. Titulares adoloridos, editoriales de repudio, comunicados de indignación, promesas de investigaciones exhaustivas, convocatorias a la solidaridad, copiosa ofrenda floral, estupor general. En fin, todo lo que pasa en Colombia con el muerto célebre de la semana por cuenta de los sicarios de la moto. Se ha vuelto tal costumbre que, como dice Pacheco, "cuando me avisaron que un compañero había muerto, empecé a pensar en los que me quedan vivos... Y aunque mi consternación fue grande, juro que me pareció algo normal. Entonces me asusté de hasta qué punto este país asesino nos ha hecho indolentes".
Por lo que representaba ante la opinión pública, el de Echavarría ha sido considerado un asesinato-símbolo. Tan cruda como la realidad es el argumento: este crimen es una advertencia para aquellos que no sólo piensan que la extradición y demás medidas contra los narcotraficantes se justifican, sino que, además, lo escriben. Y en medio de esas muertes cotidianas los únicos que no parecen asustados son los que contratan asesinos en moto. Quizás porque la impunidad está asegurada y la pena de muerte es una amenaza diaria que pesa sobre todos los colombianos, menos sobre los contratistas.--
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