Viernes, 31 de octubre de 2014

| 1986/03/24 00:00

POR QUE SE SUICIDA UN FUNCIONARIO

El suicidio del gerente de la Telefónica de Barranquilla, una muestra de hasta dónde están llegando las cosas en Colombia

POR QUE SE SUICIDA UN FUNCIONARIO

Todo el mundo se lo había advertido: "Jairo, no te metas en eso porque te van a hacer la vida imposible. Te van a triturar". Pero él nunca le hizo caso a nadie y prefirió jugársela. Jairo Cepeda Sarabia, abogado javeriano de 32 años, con una hoja de vida bastante brillante para su edad, creía tener las armas suficientes para defenderse. Se había dado a conocer desde diferentes cargos, particularmente la dirección de la seccional de Fenalco, y se sentía muy orgulloso de su corta pero siempre ascendente carrera. Era, además, un soñador. Miembro de una generación de jóvenes profesionales convencidos no sólo de que tenía la obligación de rescatar a Barranquilla de sus cenizas, sino de que era posible hacerlo, creyó que se le había llegado la hora de "prestarle un servicio a la ciudad".
Por esa razón, a principios del año pasado, cuando su jefe político, el senador pastranista Abel Francisco Carbonell, le ofreció que se hiciera cargo de la gerencia de la Empresa Municipal de Teléfonos, él aceptó sin pensarlo dos veces. Entre otras cosas, no era el primer joven con estos antecedentes que lo hacía. Sus dos predecesores, Raúl Riveira y Eduardo Verano, habían ocupado el cargo durante los dos primeros años de la administración Betancur, y ambos habían afrontado en su momento una crisis política y administrativa, que había derivado hacia una renuncia.
Al aceptar el cargo, Cepeda aceptaba también enfrentarse a la caótica situación de la empresa, sometida a diez años de saqueos sistemáticos por la burocracia y los contratos de obras. A una deuda que rondaba los mil millones de pesos, una iliquidez crónica, conflictos laborales muy agudos y matizados por el clientelismo y la politiquería más barata, la paralización de un plan de ensanche de 50 mil nuevas líneas vitales para el desarrollo de la ciudad y un mar de problemas adicionales, entre ellos el de la compra de un edificio a principios de la década, que los gerentes del gobierno anterior se habían encargado de pagar dos veces, dejando además firmadas unas letras para que la obra se pagara por tercera vez, en uno de los episodios de más descarada corrupción administrativa de que se tenga memoria (ver recuadro).
El primer gol
Fue precisamente el problema del edificio el que, con mayor estruendo, le estalló en las manos a Cepeda. Pocos meses después de posesionarse, el gerente fue presionado por su grupo político para que encargara del caso del edificio a un joven abogado, Ernesto Doria, con poca experiencia pero buenos padrinos. Gabriel Diago, el abogado que con bastante éxito había venido defendiendo los intereses de la empresa ante las demandas de cobro judicial de las letras, debió entonces abandonar el caso, para sorpresade muchos. Diago advirtió por aquellos días a algunos amigos suyos: "Yo creo que están tratando de cuadrar todo y de pactar con Rivaldo (Luis Carlos Rivaldo, constructor de la obra) para pagar por tercera vez el edificio".
El joven abogado Doria descuidó el caso, pese a que el pleito no era difícil de ganar para la Telefónica, en la medida en que se mantuviera la vigilancia sobre las demandas de las letras.
En realidad, resultaba fácil demostrar que el edificio ya había sido pagado dos veces y que las letras presentadas por los demandantes sólo pretendían que el pago se hiciera por tercera vez. La cuestión era tan obvia, que cuando una de las demandas fue estudiada por el Tribunal Superior del Atlántico, éste falló a favor de la empresa, en lo que se constituyó en el gran triunfo de Diago, quien meses antes, había llevado el caso a ese Tribunal. Sólo faltaba entonces que las demandas por las demás letras se resolvieran a favor de la empresa, teniendo en cuenta el fallo del Tribunal. Pero el descuido del caso por parte del nuevo abogado fue tal, que, según aseveraciones de miembros de la junta directiva de la empresa, no atendió ninguno de los más de 10 llamados del juzgado para que se notificara de sus decisiones. De este modo, a principios de enero, Cepeda se encontró de pronto con que la empresa tenía embargados los dineros de sus cuentas, en cuantía superior a los 30 millones de pesos.
Pero lo más grave de todo era que el joven y bien intencionado gerente había encajado el primer gol de los políticos. Por acceder a un nombramiento que creyó insignificante, Cepeda había permitido que la empresa quedara paralizada, y la ciudadanía y los mismos políticos que lo habían enredado, estaban dispuestos a cobrarle caro su error.
Ambiente preelectoral
Claro que las presiones políticas iban mucho más lejos. Por tratarse de un período preelectoral, éstas aumentaron en forma considerable durante las últimas semanas. Según versiones de allegados suyos, Cepeda se entero con gran decepción de que su grupo político había llevado en bus a varias docenas de empleados de la Telefónica para que se inscribieran en determinadas mesas de votación que ese grupo consideraba controladas para el día del debate.
Por otra parte, los grupos liberales, y en especial los encabezados por los senadores José Name y Juan Slebi, quienes han sido acusados de controlar burocráticamente a la empresa en la época de negociación del edificio, comenzaron a presionar de las más variadas formas para que Cepeda se retirara.
Como si fuera poco, las presiones del sector del senador Carbonell para que Cepeda permitiera algunos movimientos en la nómina, continuaron y algunas lograron su objetivo. En fin, al iniciarse 1986, el joven gerente no sabía qué hacer. Se sentía culpable de los embargos y, a la vez, comprendía que había sido víctima de una encerrona y que se hallaba en un callejón sin salida.
Intento de renuncia
La parálisis de la empresa era tal, que los problemas en las líneas se multiplicaron y, con ellos, las angustias de Cepeda. Andaba muy deprimido, no dormía y su médico le había recetado algunos tranquilizantes. Comenzó a rechazar invitaciones a actos sociales que en épocas anteriores no se perdía por motivo alguno. La temporada de precarnaval, plagada de bailes y fiestas en residencias y clubes sociales, no fue disfrutada por el joven gerente, quien prefirió encerrarse en su habitación en casa de sus padres, para no escuchar más reclamos de la gente que le preguntaba todo el tiempo: "Oye, ¿y qué pasa con mi teléfono que lleva cuatro semanas dañado?".
Lo amargaba también el comentario que se había comenzado a generalizar y según el cual "a Jairo le quedó grande la empresa". Por todo esto, Cepeda decidió que debía renunciar. Pero no se lo permitieron. Su grupo político, que consideraba a la Telefónica un importante bastión electoral, no deseaba perderlo.
Además, las reuniones de junta directiva se convirtieron cada vez más en dramáticos episodios de los que Cepeda se retiraba muy deprimido. La última de ellas, el martes 18, resultó muy difícil. El gerente escuchó variadas críticas, algunas de ellas justificadas. Pero lo que más le golpeó, según le comentó a un amigo suyo, fue que algunos de los miembros de la junta, representando el grupo del senador Name, promovieran una moción para pedirle la renuncia. Y más aún, que el representante de su propio grupo político, Pedro Claver Doria se mostrara dispuesto a patrocinar la maniobra.
La última noche
Después de la junta, Cepeda conversó con algunos directivos que habían impedido la maniobra y concedió las que serían sus últimas declaraciones a la prensa. "Rechazo frontalmente la acusación de los directivos, entiendo que existen circunstancias en esta época que inciden poderosamente en los estados de ánimo, pero no se puede obrar con tanta injusticia a la hora de los señalamientos", dijo al diario El Heraldo.
Pero si algún estado de ánimo estaba afectado, era precisamente el suyo. Esa noche, Cepeda era uno de los invitados especiales al acto de celebración de los 70 años de la Cámara de Comercio de la ciudad, que encabezarían los ministros de Obras y de Desarrollo. Pero, manteniendo su decisión de buscar la soledad después de terminar su jornada de trabajo, Cepeda se dirigió a su casa. Prácticamente toda su familia (sus hermanos y sus padres) asistieron a la ceremonia que se celebró en el Teatro Amira de la Rosa.
Al día siguiente, se levantó temprano, y buscó los periódicos. El Heraldo había titulado: "Paralizada la Telefónica". El diario La Libertad iba más lejos: "Al gerente le quedó grande la empresa". A las 8 y 25 de la mañana, se encerró en la biblioteca de la casa, se colocó el cañón del revólver Smith & Wesson calibre 38 en la sien derecha, y se disparó un tiro. Fallecería 52 horas después, tras permanecer en estado de coma durante todo ese tiempo.
El nudo en la garganta
El suicidio de Jairo Cepeda Sarabia sacudió a toda la ciudad esa mañana. Al dar la noticia a sus oyentes, el radioperiodista Gabriel Forero Sanmiguel acusó directamente a los senadores y representantes del Atlántico de lo sucedido, mientras pasaba cuñas de publicidad política de algunos de ellos y se declaraba dispuesto a perder esa pauta, porque había llegado el momento de decir "basta".
El sentimiento de indignación fue en aumento. Pese a sus errores, la ciudad entera sabía que Cepeda era un hombre honesto, que había creído que se podía ceder en pequeñeces para lograr grandes objetivos.


El editorial de El Heraldo publicado al día siguiente en la primera página, resumió así la situación: "Jairo Cepeda Sarabia fue triturado por ese engranaje repugnante y hasta ahora invencible", y más adelante agregaba: "En esta tierra desalumbrada, los gerentes deshonestos no se suicidan. Ni mucho menos los políticos que están detrás de ellos y de las Juntas Municipales que los alcahuetean en todas sus fechorías, con idéntico apoyo del sector público y del sector privado".
A las 5 de la tarde del viernes, cerca de 10 mil personas se congregaron en la gigantesca Catedral Metropolitana para asistir al sepelio del funcionario. El alcalde Guido Borrero Durán leyó una de las epístolas y el hermano mayor de la víctima, Efraín Cepeda, dirigió unas pocas palabras a los asistentes, después de aclarar que la familia no permitiría más discursos: "El sacrificio de Jairo no debe ser vano (...) Sería lamentable que no aprovecháramos esta oportunidad para hacer el firme compromiso de erradicar la corrupción y la deshonestidad que han venido invadiendo todos los ramos de la administración pública".
El sentimiento de nudo en la garganta se agudizo minutos después, cuando centenares de carros acompañaron el cortejo a todo lo largo de la avenida Olaya Herrera, sobre cuyas aceras, miles de barranquilleros agitaban sus pañuelos blancos, con la convicción generalizada de que las cosas no pueden seguir así.
El ex gerente de la Telefónica, Raúl Riveira, uno de los antecesores de Cepeda y quien también soportó en su momento poderosas presiones que lo llevaron a renunciar, dijo a SEMANA: "Esto lo que demuestra es que uno o está o no está con los políticos. No se puede pactar nada con ellos. No se puede ceder un solo milímetro, porque terminan enredándolo a uno". Carmen Arévalo, ex gerente de otra entidad de servicios, las Empresas Públicas Municipales y quien vivió problemas parecidos el año pasado, fue más lejos: "Esto lo que demuestra es algo peor: que no se puede aceptar un cargo de esos. Que lo que hay que hacer es que los bandidos se cojan todos los puestos, que no quede ni un solo funcionario decente, para que los ladrones puedan robarse todo lo que queda. Entonces, cuando esto suceda, cuando ya no quede ni un lápiz, vemos si nos inventamos una fundación para poder reconstruir la ciudad ".--

El edificio varias veces pagado
La historia del edificio pagado tres veces por la Empresa de Teléfonos de Barranquilla, fue denunciada en marzo de 1983 por el diario El Heraldo.
Comenzó en mayo de 1978, cuando el entonces gerente de la empresa, Alfonso Hassan, firmó un contrato para adquirir un edificio en el centro de la ciudad, que debia ser remodelado por los vendedores para la negociación. El edificio, destinado a alojar una central telefónica y algunas oficinas administrativas, tenía según el contrato un costo de 26 millones 400 mil pesos. Pese a que el contrato fue originalmente pactado por la modalidad "llave en mano", el gerente firmó una serie de pagarés para abonal sumas mensuales periódicas antes de que la obra quedara terminada.
Estas letras se fueron haciendo efectivas y se pagaron, por un total de 37 y medio millones de pesos, 11 millones más de lo inicialmente acordado. El último de los pagarés lo canceló el nuevo gerente de la empresa, José Manuel Abello, en septiembre de 1980.
Pero, aunque parezca increíble, con ello no quedó pago el edificio. El nuevo gerente, sin consultar a su junta directiva, firmó una nueva serie de pagarés con Luis Carlos Rivaldo vendedor del edificio remodelado por un total de 26 millones 400 mil pesos, la suma pactada inicialmente como pago total. Abello y Rivaldo firmaron en diciembre una escritura del edificio que establecía los pagos periódicos de los pagarés a partir del primero de enero de 1981. Todo, como si los 37 y medio millones pagados antes no hubieran existido. Los nuevos pagarés firmados por Abello eran bimensuales y cada uno ascendía a más de 650 mil pesos. Los pagos debían durar 5 años, e incluían una serie de intereses que elevaban el nuevo pago a 49 millones 600 mil pesos.
En septiembre del 82, cuando ya se habían pagado 18 millones 200 mil pesos de este total, el nuevo gerente de la empresa, Raúl Riveira, decidió revisar la situación y descubrió el robo. Entonces nombró al abogado Gabriel Diago, ordenó que se abriera una investigación y suspendió los pagos. Hasta ese momento, la Telefónica había pagado 55 millones 700 mil pesos, más del doble del valor pactado en un principio. Los pagarés pendientes ascendían a más de 30 millones de pesos y son éstos los que los vendedores del edificio han tratado de cobrar judicialmente durante los últimos 4 años.

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