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| 12/11/1980 12:00:00 AM

Prometedor coctel

Empresarios grandes y chicos le están apostando al negocio de producción del alcohol carburante que por ley deberá echársele a la gasolina a partir de 2005.

Desde los ingenios azucareros del industrial Carlos Ardila Lülle hasta las 3.000 familias cultivadoras de caña de Vegachí, una de las regiones más pobres de Antioquia, van detrás de un negocio que promete mover cerca de 500.000 millones de pesos al año. El mismo que en los últimos meses ha hecho viajar a Colombia a empresarios brasileños, suecos e hindúes y que tiene haciendo cuentas a varios posibles inversionistas.

La causa de esta inusitada actividad es la mezcla de alcohol y gasolina. Por ley, a partir de septiembre de 2005, al combustible habrá que agregarle un 10 por ciento de alcohol carburante, un producto que puede obtenerse de la caña de azúcar y que sirve de aditivo para reducir la emisión de gases contaminantes. Con esta medida, además de proteger el medio ambiente, el país logrará ahorrarse una parte de las divisas que hoy gasta en importaciones de gasolina, pues una porción de cada galón se reemplaza por alcohol. Un alivio pequeño pero importante, ante la perspectiva cada vez más cercana de que se agoten las reservas de petróleo en Colombia.

En un comienzo, la nueva gasolina se venderá en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, y desde septiembre de 2006 en todo el país. Para ese momento se calcula que la demanda de alcohol será de 1,4 millones de litros diarios, un volumen que crecerá en la medida en que el gobierno aumente el porcentaje de la mezcla. Puede ir subiéndolo hasta dejarlo en 25 por ciento, el máximo con el que pueden funcionar los motores actuales, con lo que el potencial de crecimiento del negocio es enorme.

Con estas cifras en la mano, el gobierno de Álvaro Uribe se ha dedicado a promover el proyecto entre los inversionistas privados. Debe convencerlos de poner más de 400 millones de dólares para construir las plantas de producción de alcohol carburante que cubran las necesidades del país. En las presentaciones que ha realizado ante empresarios locales y extranjeros, suele citar como ejemplo de éxito el caso de Brasil. Este país comenzó la sustitución de gasolina por alcohol en 1975 y hoy tiene una industria que produce 54 millones de litros de etanol al año y que emplea a 2,2 millones de brasileños.

Los 'alcoholeros'

Como era de esperarse, los primeros en cogerle la caña al gobierno para comenzar a producir alcohol carburante fueron los empresarios dueños de ingenios en el Valle. Tienen la infraestructura, la productividad en los cultivos de caña y el dinero que requieren este tipo de proyectos.

Las compañías azucareras de la organización Ardila Lülle -Incauca, Ingenio Providencia y Risaralda- ya compraron sus plantas de producción con una inversión cercana a los 27 millones de dólares. Lo mismo hicieron Manuelita y Mayagüez, de tal forma que el alcohol que destilarán estos cinco ingenios alcanzará para abastecer las cuatro principales ciudades del país en la primera etapa, alrededor de un millón de litros diarios.

El negocio para estas empresas es sencillo: en lugar de exportar azúcar a precios bajos y volátiles utilizarán la caña para fabricar alcohol carburante, que venderán a los distribuidores mayoristas de combustibles a un precio que fije el gobierno. En plata blanca, esto significa que, por concepto del nuevo aditivo, los cinco ingenios recibirán cerca de 345.000 millones de pesos el primer año, el equivalente a la tercera parte de sus ventas en 2003. Con los residuos que arroja la producción de alcohol producirán abonos orgánicos, una entrada extraordinaria que, por ejemplo, a Manuelita le representará ingresos por 2.500 millones de pesos anuales.

A corto plazo, entonces, quienes más jugo le sacarán a la producción del aditivo ecológico son los azucareros del Valle. Sin embargo, hay otros proyectos sobre la mesa. Uno de los más sonados es el de la hoya del río Suárez, una montañosa región ubicada en límites entre Boyacá y Santander, en donde se produce la mayor parte de la panela que se consume en Colombia. Para montar una planta de producción de alcohol en esa zona (con una capacidad de 300.000 litros diarios) no sólo es necesario importar los equipos, sino adecuar los cultivos -hoy poco tecnificados- y construir las vías para transportar la caña de azúcar a la destilería. Hacerlo cuesta alrededor de 30 millones de dólares, y aunque todavía no hay un inversionista dispuesto a ponerlos, ya existen dos o tres interesados, según Carlos Andrade, de Equity Investment, la banca de inversión que estructuró el proyecto.

Los cañicultores de Vegachí, un municipio del noreste antioqueño, también están empujando el montaje de otra planta. Primero deben recuperar los trapiches de un ingenio, propiedad de la Gobernación de Antioquia, que hace muchos años fue el motor de crecimiento de esa región y que, tras entrar en liquidación en 1998, los dejó en la ruina. Hoy buscan a un inversionista que aporte los 34 millones de dólares necesarios para comenzar a producir alcohol. La historia se repite en otras regiones, como Cundinamarca, Nariño o Caldas. En este último caso, el grupo Biagi, uno de los principales 'alcoholeros' de Brasil, ha mostrado interés en participar en el proyecto, valorado en 20 millones de dólares.

Las cuentas del gobierno indican que con la creación de estos complejos industriales se generarán mínimo 47.500 empleos en el campo. Los cultivadores de caña tendrán además ingresos más estables, pues ya no dependerán solamente de los cambiantes precios del azúcar. Sobre este punto, sin embargo, algunos agricultores del Valle se han quejado, pues después de varios meses de negociación con los ingenios no han podido llegar a un acuerdo sobre el precio al que estos les comprarán la caña destinada a la producción de alcohol.

De otra parte, que la gasolina comience a mezclarse con alcohol carburante tiene un costo para el Estado. En la reforma tributaria de finales de 2002, el etanol quedó excluido de la 'cascada' impositiva que recae sobre el combustible. Hoy el 40 por ciento del precio que paga un colombiano al comprar un galón de gasolina corresponde a impuestos. A partir del año entrante, cuando comience a combinarse con el nuevo aditivo, el gobierno recibirá menos plata por este concepto. Para el consumidor final, no obstante el precio de la gasolina seguirá siendo exactamente el mismo.

No es fácil encontrar una aventura industrial que logre al mismo tiempo generar empleos, mejorar las condiciones del campo y contaminar menos el medio ambiente. La combinación de alcohol y gasolina cumple estos tres propósitos. El reto que tienen ahora tanto el gobierno como los empresarios es hacer que los beneficios económicos de este proyecto no se queden en pocas manos, sino que se extiendan a regiones como Vegachí o la hoya del río Suárez, que nunca han visto el progreso que puede traer una gran industria.
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