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| 2/28/2009 12:00:00 AM

Y quién podrá salvarlos...

Hace unos meses hablar de nacionalizaciones en Estados Unidos era casi una herejía económica. Hoy, muchos lo están contemplando como la opción para salir de la crisis. También en Europa la banca y la industria le piden a gritos ayuda al Estado.

Hace un par de semanas, Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal o banco central en Estados Unidos (FED, por su sigla en inglés), se refirió a un tema intocable en ese país: la nacionalización de la banca.

Afirmó que las autoridades probablemente tendrían que nacionalizar algunos bancos con problemas, como el único camino para enfrentar la crisis financiera.

Casi al mismo tiempo, el titular del comité financiero del Senado, Cristopher Dodd, le dijo a la agencia Bloomberg que algunos bancos podrían ser nacionalizados, al menos por un corto plazo.

¡Quién dijo miedo! Las acciones se desplomaron en la Bolsa de Nueva York y el Dow Jones (índice bursátil) cayó a su peor nivel en 12 años. El Citigroup y Bank of America, que en los últimos cuatro meses han recibido alrededor de 90.000 millones de dólares del gobierno, llegaron a perder hasta 36 por ciento en su valor en bolsa.

La idea de la estatización de entidades produce escalofrío en ese mercado. El temor radica en que se reduciría el valor de los activos a los actuales accionistas y terminarían por perder su patrimonio. Pero además enviaría señales al mercado de que todo está empeorando. La situación fue tan crítica que le tocó al presidente de la FED, Ben Bernanke, calmar los ánimos. Anunció que el gobierno no está pensando en esa figura. Explicó que una nacionalización consistiría en que el gobierno tomara los bancos, expulsara a los accionistas y comenzara a administrar la entidad. Según Bernanke, eso no lo han pensado. Específicamente, para el caso del Citibank y de otras entidades grandes como el Bank of America, Bernanke señaló que la idea del gobierno es aumentar su participación en estas entidades pero no asumir el control. Al inyectar capital a los bancos, la FED busca restaurar la estabilidad y la capacidad para prestar de esas entidades y asegurarse de que no derrochen recursos como en el pasado reciente. La semana pasada Citigroup logró un acuerdo que eleva la participación del gobierno en el capital del banco hasta 36 por ciento, desde 8 por ciento hoy.

Otro gigante que tendrá que volver por ayuda del gobierno de Estados Unidos es la aseguradora AIG. Según la cadena de televisión Cnbc, el antiguo líder mundial del sector de los seguros mantiene contactos con el gobierno para obtener más fondos, después de haber recibido 150.000 millones de dólares, en uno de los mayores rescates financieros de la historia. La ayuda para AIG parece ser inminente porque, al parecer, las pérdidas que anunciará esta semana se estiman en 60.000 millones de dólares.

Para Rafael de la Fuente, economista jefe para América Latina de BNP Paribas, el asunto de la figura que se utilizará para salvar los bancos parece más un problema semántico. De la Fuente le dijo a SEMANA que los estadounidenses no quieren escuchar la palabra 'nacionalización', pero la situación es tan complicada que finalmente terminarán aceptándolo, así sea de manera parcial. "En América Latina las nacionalizaciones funcionaron y permitieron sacar las entidades adelante, pero acá la cultura es diferente".

De hecho, en la dura crisis financiera colombiana de finales de los 90, el gobierno del presidente Andrés Pastrana no le dio dos vueltas al asunto y tomó el control de varios bancos para evitar que la debacle fuera mayor. En América Latina, los gobiernos también en diferentes circunstancias han tenido que acudir a las nacionalizaciones para conjurar las crisis económicas.

Como se ven las cosas, no hay duda de que vendrá una época de mayor intervención del Estado, así no les guste a muchos. Esto será así en cualquier rincón del planeta. Para Mauricio Cárdenas Santa María, del centro de estudios Brookings Institution, bajo este escenario de crisis es necesario juntar la política y la economía. "Ante la caída del empleo, los gobiernos no se pueden quedar cruzados de brazos, primero lanzan líneas de apoyo y créditos y luego la única salida es la intervención del Estado".

Si por allá llueve...

En Europa está sucediendo lo mismo. Grandes emblemas de la industria están a punto de colapsar. Al descalabro del sector financiero, ahora le llegó el turno a la industria automotriz, un símbolo más que amenaza con caer. En Alemania, Opel, Volkswagen y el grupo Schaeffler (el gigante mundial de los autopartes) piden a gritos auxilios del Estado para no quebrar y dejar sin empleo a más de 100.000 personas. En Francia, Renault y Citroën no paran de temblar e instan al presidente Sarkozy para que las proteja. En Suecia, la compañía de automóviles Saab ya se vino abajo. Y en Inglaterra, Vauxhall se encuentra, en estos mismos instantes, al borde del abismo. De todas estas marcas, Opel, Saab y Vauxhall, pertenecen al grupo estadounidense General Motors.

¿Qué hacer? Esa es la pregunta que más dolores de cabeza les ha causado en estos últimos meses a los muchos capitanes a bordo del gran navío europeo. Las nuevas apuestas de los europeos son modelos que, por anacrónicos, hoy parecen ser nuevos: la nacionalización y la expropiación. Pero se trata de políticas económicas similares a las aplicadas en las llamadas 'economías dirigidas' de los tiempos de la Unión Soviética, y que ahora los ministros de finanzas de la Europa capitalista quieren convertir en el centro de una solución para los males del mundo moderno.

Y ya se están aplicando. Sólo en Alemania, en el transcurso de pocas semanas el Estado se ha convertido en accionista de seis bancos, así como de empresas de las proporciones de la acería Salzgitter (27 por ciento) y del gigante de los automóviles Volkswagen (20 por ciento). El siguiente en la fila probablemente será Opel, que para subsistir necesita que el gobierno le inyecte 5.300 millones de euros.

La oposición a la canciller conservadora Angela Merkel le recrimina estar virando al Estado hacia el socialismo. Pero ella y su gabinete saben que las alternativas son pocas. La semana pasada, incluso, Merkel admitió que una de las nuevas posibilidades dentro de la frugal baraja de opciones para salvar

la economía podría ser la expropiación.

Lo dijo en relación con otro caso que podría ser explosivo para el continente: el de la holding más grande de Alemania, la Hypo Real Estate, un pulpo cuyos tentáculos se extienden a lo largo de las finanzas de toda la Unión Europea (UE), que ya recibió de Berlín 102.000 millones de euros y no se recupera. Y que si el gobierno alemán deja naufragar, bien podría convertirse en el Lehman Brothers del Viejo Continente (la quiebra de Lehman en septiembre de 2008 desató la crisis financiera). Ante la terquedad de sus dueños, el Estado ahora quiere expropiar a Hypo Real Estate.

No muy distinto es el desespero en Francia. La diferencia es que el Elíseo ha decidido apostarle al proteccionismo. Nicolas Sarkozy recorre Europa entera tres veces al mes, organiza una cumbre cada fin de semana y exige a sus vecinos cooperación. Pero cuando llega la hora de las decisiones, Francia es la que menos coopera. La semana pasada, la UE debió incluso ponerles un ultimátum a los dirigentes franceses para que corrigieran un paquete de ayudas que buscaba proteger la industria automotriz francesa violando el principio de no discriminación acordado por la UE.

Mientras los gobiernos tratan de encontrar soluciones, los grandes economistas ven en la figura de la nacionalización la receta que podría sacar de la crisis a muchas entidades. Incluso el premio Nobel de Economía de 2008, Paul Krugman, uno de los economistas más críticos de Alan Greenspan, ahora está de acuerdo con él y apoya la idea de nacionalizar los bancos.
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