Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/09/02 00:00

Revolcón en Hollywood

Lo que pasó con Tom Cruise no es personal, es un cambio profundo en el negocio del cine.

Paramount echó a Tom Cruise por sus supuestos escándalos públicos y estrambóticos despliegues amorosos. Pero la realidad es otra: económica.

Imagínese por un momento que usted tiene 44 años, es uno de los hombres más apuestos del mundo y por su trabajo le pagan un sueldo fijo de 10 millones de dólares anuales. Además, tiene un contrato que dice que el 20 por ciento de todo lo que venda es para usted. Lleva 14 exitosos años trabajando con una misma empresa a la que le ha hecho ganar más plata que ningún otro empleado. ¿Cómo se sentiría si de un día para otro lo echan del trabajo y se queda sin esa chanfita?

Pues eso que es lo que debe estar sintiendo Tom Cruise, la superestrella de Hollywood que la semana pasada fue despedida del estudio Paramount Pictures. Sus jefes lo dejaron en la calle por sus supuestos escándalos públicos y sus estrambóticos despliegues amorosos, dos cosas que en teoría le han mermado popularidad y también taquilla a sus películas.

La noticia, como era de esperarse, causó revuelo en el mundo del espectáculo. Pero mucho más en el mundo de los negocios. Y la razón es que lo que pasó con Cruise no es personal, sino más bien económico. Detrás de este episodio se esconde el descontento de la industria del cine con los costos de algunos actores para ella.

El de Cruise es el ejemplo perfecto. Su película Misión Imposible III, que fue uno de los grandes estrenos del verano, vendió cerca de 400 millones de dólares en todo el mundo. Eso, en efecto, es inferior a los 545 millones de dólares que recaudó la segunda versión en taquilla y a los 457 millones que facturó la primera. Pero el meollo no es ese. El punto de todo es que de los 400 millones de dólares que vendió la tercera parte de la saga, unos 80 millones de dólares fueron a para a los bolsillos de Tom Cruise, en virtud del acuerdo salarial que le da el 20 por ciento de lo que vendan sus películas en taquilla.

Paramount debe restar esos 80 millones de dólares de los 400 millones que recaudó la película en todo el mundo. A ese neto de 320 millones debe quitarle los 150 millones de dólares que le costó producir la película. O sea que hasta el momento Paramount lleva a su favor una utilidad de 170 millones de dólares. Pero resulta que sólo el 33 por ciento de esa cifra va para el estudio, en virtud de los otros costos asociados a distribución, promoción y mercadeo de la cinta. En plata blanca, esto significa que al estudio le quedó una ganancia de apenas 56 millones de dólares.

Ahí radica todo el asunto. El malestar de Paramount es que mientras éste se embolsilla 56 millones de dólares, Tom Cruise hace lo propio con 80 millones de dólares. Que un actor gane un 30 por ciento más que el estudio que produce la película es un despropósito, en Hollywood y en Cafarnaún. Por eso Sumner Redstone, presidente del Grupo Viacom, el conglomerado propietario de Paramount, no renovó el contrato de Cruise.

Y es que lo que antes era aceptable para muchos estudios, ahora ya no lo es para los conglomerados de los cuales hacen parte como Viacom, el tercer conglomerado mediático más importante de Estados Unidos, concentrado en hacer plata y generarles valor a sus accionistas, aunque eso signifique echar de su nómina a las grandes figuras del cine.

¿En qué momento los estudios perdieron el control sobre lo que ganan las estrellas? En las décadas de los 30 y los 40 -los años dorados de Hollywood- los actores tenían salarios conservadores, carecían de influencia sobre las películas que hacían y estaban amarrados a contratos de largo plazo. Fue a comienzos de los 50 cuando nacen los agentes, que las estrellas comienzan a emanciparse y a exigir una participación en las ventas de los filmes. Desde entonces, actores y actrices han tenido un papel cada vez más protagónico en las producciones y un pedazo mayor de la caja registradora.

Al principio, parecía un buen negocio para los estudios. Al fin y al cabo tener una superestrella en cada película aseguraba prácticamente el éxito de la misma. Por eso, Tom Cruise se convirtió en el actor mejor pagado en la historia del cine. Pero todo ese dinero gastado en estrellas, sumado a los exorbitantes presupuestos de producción, más una caída de las audiencias en los teatros, se tradujo en menores ganancias para los estudios.

Por eso la despedida de Tom Cruise no es sólo un problema de Tom Cruise. Es más bien una señal que los grandes estudios le quieren mandar a las otras estrellas con salarios por las nubes y demandas estrafalarias. Todos los actores están bajo aviso: los estudios quieren de vuelta el poder en Hollywood. Por eso ninguno de los grandes estudios le ha hecho propuestas hasta ahora a Cruise. Y como la cosa va para largo, este último acaba de cerrar un acuerdo con un grupo de inversionistas privados para financiar sus actividades cinematográficas. Sus nuevos padrinos están encabezados por el multimillonario Daniel Snyder, presidente de la compañía de parques de atracciones Six Flags y dueño del equipo de fútbol americano Washington Redskins.

La gran diferencia es que ahora Cruise correrá también parte del riesgo. Para seguir haciendo películas a su medida, el actor deberá buscar dinero adicional para filmar y un estudio dispuesto a facilitar su distribución. No sólo le toca buscar formas alternativas de financiación, sino también la manera de comercializar sus películas en todo el mundo. ¿Llegará con el final de las estrellas, el final de los estudios?

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