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| 1/21/2017 12:00:00 AM

La tormenta de Samsung

El conglomerado de la electrónica está envuelto en una trama de corrupción y sobornos al mejor estilo de Hollywood. La compañía, que sufrió un duro revés con sus teléfonos Galaxy Note 7, ha logrado resistir los líos judiciales y no para de crecer.

El más poderoso efecto teflón parece proteger a la empresa coreana Samsung, cuyo valor en bolsa no baja a pesar de los monumentales problemas que la compañía ha afrontado en los últimos meses. La semana pasada, su presidente encargado, Lee Jae-yong, estuvo a punto de ir a la cárcel, acusado de pagar millonarios sobornos a una asesora del gobierno coreano para aprobar una fusión que le ayudaría a consolidar su control sobre el conglomerado tecnológico. Pero mientras la prensa esperaba que el tribunal decidiera sobre su libertad, el precio de la acción subía 1,46 por ciento.

La situación tiene tintes dramáticos. Lee Jae-yong tiene a su cargo los destinos del imperio familiar porque su padre, Lee Kun-hee, el hombre más rico de Corea del Sur, yace postrado desde 2014 por un infarto al miocardio que le impidió seguir trabajando.

Samsung es una compañía próspera y exitosa. La fundó el padre de Kun-hee en 1938, cuando Corea era colonia de Japón, como un pequeño negocio familiar de pescados, frutas y verduras, y llegó a convertirse en la más poderosa multinacional de electrónica del mundo. Para lograrlo tuvo que derrotar a rivales descomunales, como la japonesa Sony, a la que le arrebató el primer lugar en la industria de televisores.

Los expertos reconocen la capacidad de innovar y de invertir fuertemente en investigación como las claves del crecimiento arrollador de esta empresa. Samsung mueve aproximadamente una quinta parte del PIB y es la responsable de buena parte del milagro económico de ese país. Gracias a Samsung, Corea del Sur se posicionó como número uno en los mercados mundiales de electrodomésticos (neveras, lavadoras y los productos de la llamada ‘línea blanca’), con lo que derrotó a las industrias norteamericana y japonesa.

Además, participa en la industria textil y construye barcos y edificios, entre otras líneas de negocio. Samsung Electronics, la empresa más reconocida del conglomerado, tiene además el mérito de ser el primer fabricante mundial de teléfonos móviles. En cuota de mercado está por encima de Apple en la gama alta de smartphones, con su teléfono Galaxy S7, y en los demás segmentos compite codo a codo con fabricantes chinos.

Precisamente, justo cuando estaba en la cima del mercado de la telefonía celular, Samsung sufrió un duro revés técnico. Hace cuatro meses comenzaron a explotar las baterías del recién estrenado Galaxy Note 7, un smartphone de gama alta orientado al mundo de los negocios y el diseño. El problema se presentó en 24 de cada millón de dispositivos, pero el medio centenar de casos registrados en cuestión de semanas alrededor del mundo fueron suficientes para que el producto fracasara estruendosamente.

Samsung reaccionó y recogió los que ya circulaban (más de 2,5 millones de unidades), suspendió la producción y ofreció un plan para compensar a los clientes. Y aunque no era la primera vez que una situación de este tipo se presentaba –ya le ocurrió en el pasado a grandes marcas como Dell, HP y Nokia, entre otras– la dimensión del fracaso del Note 7 hacía pensar que el fabricante pagaría caro el accidente.

Los analistas estimaban pérdidas cuando menos de 1.400 millones de dólares y, de hecho, el precio de la acción cayó 10 por ciento cuando se conoció la noticia, a mediados de septiembre pasado. Pero los mercados financieros olvidaron muy pronto el incidente y el precio de la acción de Samsung se recuperó en apenas unas semanas. Enero de 2017 comenzó con buenas cifras, una acción en 1.464 euros (2,82 por ciento más que al cierre de diciembre), ventas en los demás productos y los anuncios de la empresa de que preparaba el lanzamiento de nuevos teléfonos.

Estalla el escándalo

Cuando la empresa empezaba a reponerse del problema de las baterías en el Note 7, Lee Jae-yong resultó salpicado en el escándalo que llevó al impeachment de la presidenta del país, Park Geun-hye, en diciembre. El Congreso la destituyó tras masivas manifestaciones populares desatadas una vez se conoció el poder inusual del que gozaba su amiga personal Choi Soon-sil, quien al parecer tenía injerencia en delicadas decisiones de Estado, sin ocupar cargo alguno en el gobierno.

A Choi Soon-sil la prensa la bautizó “la Rasputina coreana”, por la influencia que llegó a tener hasta hace poco sobre el gobierno. La Fiscalía asegura que Choi fungía como poder en la sombra, y aconsejaba a la presidenta desde la estrategia para enfrentar el conflicto con la vecina Corea del Norte, hasta otorgar favores a empresarios amigos.

El caso parece un guion de Hollywood. La presidenta es hija del famoso dictador Park Chung-hee, quien gobernó a Corea del Sur entre los años sesenta y setenta, y dirigió el milagro de su economía. Siendo todavía una niña, la futura mandataria aceptó asesoría espiritual de un conocido y polémico líder de la secta Iglesia de la Vida Eterna, y siempre se dijo que prácticamente este hombre controlaba su vida.

En los informes filtrados por WikiLeaks se conoció un reporte de la embajada norteamericana en Seúl que informaba lo siguiente: “Abundan los rumores de que el predicador tuvo un control completo del cuerpo y el alma de Park durante sus años de formación y que los hijos de este acumularon una enorme riqueza gracias a ello”. El líder religioso murió en 1994, pero su hija Choi Soon-sil, “la Rasputina coreana”, tomó su lugar. Cuando esta ganó la Presidencia en 2012, la asesora espiritual pudo proyectar su influencia ya no solo en su amiga sino en el país entero.

Choi sacó provecho económico de esa situación al exigir dinero a algunas de las empresas más poderosas del país para asegurar decisiones favorables del Estado. Samsung habría pagado, según la Fiscalía, 18,8 millones de euros a Choi, a través de donaciones a fundaciones de su propiedad y otros mecanismos, para que esta lograra que una empresa estatal, el Sistema Nacional de Pensiones, accionista de una de las empresas del grupo Samsung, aceptara la fusión de dos filiales del conglomerado (Industrias Cheil y Samsung C&T). Esta operación fue calificada como una maniobra del heredero de Samsung para tomar el control del conglomerado.

Desde el fallecimiento del abuelo fundador, Lee Byun-chul, en 1987, la familia ha vivido en medio de fuertes disputas. Su hijo, Lee Kun-hee asumió la presidencia desde entonces hasta 2014, cuando sufrió un infarto. En ese tiempo estuvo varias veces envuelto en escándalos de corrupción y evasión de impuestos, y fue condenado en dos ocasiones, aunque perdonado en ambos casos por el presidente de turno, en hechos que le dieron a Corea del Sur fama de ser un país condescendiente con el delito de cuello blanco. De la justicia coreana suele decirse que es fuerte para investigar a las familias más poderosas, pero débil a la hora de castigarlas.

El tribunal que investiga el caso descartó detener a Lee Jae-yong, pero la investigación continúa. El efecto teflón que protege la reputación de Samsung parece explicarse porque la empresa siempre se mantuvo lejos de los problemas de sus propietarios. “Samsung llegó a ser líder mundial porque pudo mantener el control de la gestión lejos de las influencias externas”, explicó el profesor Kim Houng-yu, de la Universidad de Kyung Hee. Nadie sabe esta vez si la buena suerte le durará por tiempo indefinido. 

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