Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1992/07/20 00:00

SEMAFORO EN ROJO

La Reforma Tributaria podría convertir a Colombia en el país con las tasas tributarias más altas de America Latina para la inversión extranjera.

SEMAFORO EN ROJO

UNO DE LOS PILARES DEL MODELO DE APERtura económica planteado por el presidente César Gaviria es la inversión extranjera. El Gobierno aspira a que en el curso de los próximos años ésta represente por lo menos el tres por ciento del producto interno bruto, sin incluir el sector petrolero. Esto equivale, en términos de dinero, a 1.200 millones de dólares al año. Alcanzar esta meta no es fácil, pues se requiere multiplicar los ingresos del año pasado que apenas alcanzaron los 160 millones de dólares, por casi ocho veces.

La llegada de la inversión extranjera depende de muchos factores. Pero existen tres variables que son determinantes: imagen, competencia y un poco de sex apeal. La imagen ha sido un problema de vieja data para Colombia.
Y la verdad es que desde el gobierno anterior se ha venido haciendo un esfuerzo notorio para contrarrestarlo: se contrató a Sawyer & Miller. la conocida firma de relaciones públicas de Washington y se han invertido importantes sumas en publicidad en los principales periódicos y revistas internacionales. Sin embargo, todo ese esfuerzo se ha visto contrarrestado en los últimos dos meses por una ola de mala prensa internacional de mucho impacto. Desde el Wall Street Journal y el Economist, que escribieron artículos poco favorables, hasta Business Week y Newsweek, que dedicaron las portadas de sus ediciones de la semana pasada a América Latina, como el continente de las economías en boom, y prácticamente ignoraron a Colombia.
Lo grave de esto es que los lectores de esos medios son precisamente quienes tienen que adoptar las decisiones de inversión.

La variable de competencia tampoco es favorable a Colombia. Los recursos de inversión extranjera en el mundo son limitados y, por ende, existe en la práctica una competencia entre los distintos países y regiones del mundo para atraerlos. En Estados Unidos, por ejemplo, que es el mayor exportador de recursos de inversión, Europa Oriental parece ser la región hacia donde se están canalizando más inversiones nuevas. La explicación de eso no radica solamente en el hecho de que todos los líderes de los países de la antigua cortina de hierro estén haciendo un gran esfuerzo para atraer empresas del mundo industrializado a invertir en sus países, como lo hizo Boris Yeltsin la semana pasada en Washington, sino que muchos americanos que se encuentran en los círculos de poder y decisión tienen ellos mismos, o sus electores, ancestros polacos, lituanos, húngaros o de cualquier otro país de esa región.

Pero una vez que se supere el problema de Europa Oriental o del sudeste asiático y exista la decisión de invertir en América Latina se volverá a presentar un problema de competencia con los países vecinos. En el caso de Colombia, hay que tener en cuenta las oportunidades que ofrece Venezuela, pues un inversionista que se instale en ese país tiene los mismos privilegios de acceso al mercado nacional que sí hubiera hecho la inversión en él. Y ese factor se podría extender a México en el momento en que se formalice el libre comercio en el Grupo de los Tres.

La verdad es que, hoy por hoy. Colombia tiene toda una serie de desventajas frente a esos dos países. Un inversionista. además de la rentalbilidad potencial. también analiza detenidamente factores como la seguridad, la infraestructura portuaria y de transporte, la disponibilidad y el costo de la energía y los esquemas tributarios.
Para nadie en el mundo es un misterio el problema de seguridad en Colombia. Puede que Venezuela no esté atravesando su mejor momento, pero no tienen los problemas de guerrilla y de secuestro que enfrentan los colombianos. El Economist publicó hace algunas semanas un cáustico artículo titulado "Colombia sin luz", que resultó, aunque exagerado, bastante ilustrativo de la percepción que puede tener un inversionista extranjero. Después de afirmar que los planes del presidente Gaviria dependen de su capacidad de atraer inversión extranjera y de mencionar que tres compañías multinacionales, incluyendo a British Petroleum. quieren traer cientos de extranjeros y sus familias a Colombia para desarrollar los campos petroleros, pero que no lo hacen pues temen por su seguridad, remata con la siguiente afirmación: "Con buena razón. Tanto gerentes extranjeros Como Colombianos acomodados viven como prisioneros detrás de altos muros con guardias y defensas permanentes contra ladrones, secuestradores y guerrilla. Los perturbadores del oreden se deleitan en las noches oscuras. Ahora tampoco hay teléfonos para pedir ayuda".

En cuanto a la infraestructura portuaria y de transporte, y la disponibilidad y el costo de la energía, existen también desventajas de competencia con Venezuela. Su infraestructura de transporte y sus carreteras son mucho más modernas y están en buen estado; además, sus principales centros industriales están cerca de los puertos lo que permite mayor agilidad exportadora. Y la energía es mucho más barata que en Colombia sin mencionar el hecho de que el suministro es confiable.

Hay que reconocer que el mejoramiento de las variables anteriores está más ella del control del Estado, y probablemente se requieran varios años y muchos miles de millones de pesos de inversión para lograrlo. Lo que sí no está fuera del control del Estado, bien sea del Gobierno o del Congreso, es la variable tributaria. No sólo eso.
Es en esencia el mecanismo de estímulo y compensación para hacer la inversión extranjera en Colombia competitiva. Lo curioso es que en la reforma tributaria que está cursando sus últimos trámites en el Congreso se pretende hacer más gravosa la situación fiscal para las compañías extranjeras. El proyecto del Gobierno contemplaba mantener la tasa básica actual del 30 por ciento, introducir una sobretasa temporal del 17 por ciento y eliminar el impuesto de remesas sobre giros de utilidades o dividendos al exterior. De esa manera, un inversionista extranjero resultaba pagando el 35.1 por ciento.

Sin embargo, durante el trámite en el Congreso la sobretasa temporal se aumentó al 25 por ciento del impuesto de renta y se mantuvo el impuesto de remesas en el 19 por ciento, con el propósito de compensar los ingresos no generados por el menor aumento del IVA. Si la reforma se aprueba en esos términos, lo que puede resultar probable, la inversión extranjera quedaría con una tasa de tributación efectiva del 50.8 por ciento y en el caso de la industria petrolera, por cuenta del impuesto a la producción de 600 pesos por barril, esa tasa sería del orden del 55 por ciento. Esas tasas serían las más altas de América Latina.
Ante el revuelo que se ha despertado a raíz de esta posibilidad, a fines de la semana pasada se estaba hablando en los corrillos del Congreso sobre una disminución gradual del impuesto de remesas, hasta llegar al 12 por ciento en 1996. Pero ese es un término de tiempo mucho más largo de lo que han durado en vigencia las reformas tributarias introducidas desde 1974, y ya para ese entonces el desestímulo y las ventajas otorgadas por los vecinos pueden ser muy grandes.

El 75 por ciento de la inversión extranjera que ha llegado a Colombia viene de los Estados Unidos y no hay razones para pensar que esa tendencia vaya a cambiar de manera dramática en los próximos años. Por consiguiente, lo que debería buscar en sana lógica la legislación tributaria colombiana es no alterarle la estructura de generación de ganancias al inversionista americano. Esto quiere decir que si la tasa del impuesto sobre la renta en Estados Unidos es del 35 por ciento y en Colombia del 30 por ciento, el máximo impuesto adicional que se podría razonablemente esperar en Colombia no debería tener un impacto porcentual superior al cinco por ciento. De esa manera, el 35 por ciento combinado que se pagaría en Colombia equivaldría mediante la herramienta del crédito tributario que permite al contribuyente americano descontar los impuestos pagados en el extranjero impuesto del país de origen. Una tasa inferior equivaldría a renunciar a un subsidio por parte de Colombia en favor del país de origen de la inversión. Una tasa superior al 35 por ciento en Colombia elevaría la tributación del inversionista y por lo tanto se constituiría en un desestímulos a la inversión. En ese caso, los empresarios extranjeros buscarían invertir en un país donde la tasa de tributación sea inferior, pero donde las condiciones políticas, económicas, geográficas y de mercado ampliado sean similares a las de Colombia. Y ese lugar tiene nombre propio: Venezuela.

El problema es que el mensaje ya trascendió a la comunidad internacional. El Wall Street Journal en un artículo reciente sobre Colombia afirma que precisamente cuando la comunidad de negocios colombiana estaba apunto de salirse de su hasta entonces protegida caparazón y de precipitarse a los mercados internacionales al estilo de México o de Argentina, el Gobierno presentó un plan para incrementar impuestos, que podría frenarse con el crecimiento económico. Esto, sumado al racionamiento de energía podría hacer que el futuro de Colombia se pareciera más a los recientes eventos del Perú que al boom de México ".

La tercera variable para llamar la atención de la comunidad financiera internacional es lo que podría llamarse el sex appeal. Es ponerle minifalda a la niña de las piernas bonitas para que la miren. Consiste en generar procesos de desestatización como los que se llevaron a cabo en Chile, Argentina o México. La venta de una gran empresa estatal a inversionistas locales e internacionales puede cumplir ese propósito, pues sería una manera efectiva de poner a Colombia de moda. El problema parece consistir en que no existe conciencia en Colombia de que a los países hay que venderlos como productos, que tenemos un buen producto potencial, pero que esas ventas se rigen por la ley de las ventajas competitivas. Por consiguiente, si se aspira a convertir las metas de la "Revolución Pacífica" en logros reales, el país tiene que tener en cuenta que tiene muchas desventajas frente a sus competidores, que requieren ser compensadas con estímulos y no con mayores impuestos.

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