Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/06/13 00:00

Shakira y Disney mano a mano

La cultura y el entretenimiento son un tema fundamental en las negociaciones del TLC. ¿Cuáles son las fortalezas y debilidades de las industrias culturales de Colombia?

Shakira y Disney mano a mano

Desde Totó la Momposina hasta Betty la Fea deberían estar muy pendientes del desarrollo de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Su mundo, el de la cultura y el entretenimiento, parecería estar muy alejado de los tecnicismos y las cifras que predominan en este tipo de acuerdos. Sin embargo, la forma como se negocien definirá en buena medida el futuro de sectores como la televisión, la música, el cine y los libros.

Este lunes 14 de junio, en Atlanta, se reúnen por segunda vez los negociadores colombianos con sus colegas estadounidenses. Se sentarán a la mesa a discutir de aranceles, propiedad intelectual, inversiones y muchos otros temas dentro de los cuales, a primera vista, no aparece la cultura. Pero la verdad es que está presente a lo largo y ancho de toda la negociación.

El debate gira en torno a si los productos y servicios culturales deben ser tratados como cualquier otra mercancía. Es decir, enfrentarlos sin restricciones ni ayudas gubernamentales a la competencia de las empresas de entretenimiento estadounidenses. La pelea, al menos en términos económicos, es claramente desigual. En 2001, The Walt Disney Company facturó 25.000 millones de dólares, 15 veces más que toda la producción de las industrias culturales colombianas en ese año. Según cifras de un estudio publicado por el Convenio Andrés Bello (CAB), este sector es el segundo renglón exportador de Estados Unidos, con más de 90.000 millones de dólares al año, y es de ese país de donde proviene cerca del 80 por ciento de las exportaciones de programas de televisión, películas, discos y libros del continente.

No es, pues, por amor al arte que Estados Unidos busca aplicar a las industrias culturales las mismas reglas de apertura de otros sectores. Los grandes estudios de Hollywood, que producen el 83 por ciento de las películas que se exhiben en Latinoamérica, o las casas disqueras que dominan el mercado mundial de la música están detrás de un negocio amenazado por la piratería pero con un gran potencial de crecimiento.

Para Colombia lo que está en juego no son solamente los casi cuatro billones de pesos que mueve al año la cultura, según la investigación del CAB. Lo más importante es garantizar que el país pueda promover sus expresiones culturales y su diversidad. ¿Qué amenazas y oportunidades se abren para este sector con el TLC?

Televisión por cuotas

Uno de los temas que saldrá a flote durante las rondas de negociación con Estados Unidos es el de la llamada "cuota de pantalla". La ley les exige a los canales de televisión colombianos que, dependiendo del horario, un determinado porcentaje de su programación sea nacional. En la franja estelar, por ejemplo, el 70 por ciento de los programas que transmiten deben ser hechos en Colombia.

Aunque todavía no se conoce la posición de los negociadores estadounidenses sobre este punto, al parecer no les gusta. Es claro que restringe la oferta de seriados extranjeros a favor de los nacionales, algo que a la luz del tratado puede considerarse una medida discriminatoria.

A los directivos de los dos canales privados, en cambio, les preocupa que se reduzca o se elimine esta cuota. "Ha permitido que la televisión colombiana se fortalezca como productora", dice Gabriel Reyes, presidente de RCN. Este fortalecimiento se ha visto reflejado en la exportación de telenovelas, que en los últimos tres años les ha representado a los canales ingresos por casi 60 millones de dólares. Caracol ha participado en coproducciones, al lado de RTI y Telemundo, con miras a captar los 39 millones de hispanos que viven en Estados Unidos. RCN, por su parte, incursionó en ese mercado con la exportación de Café y Yo soy Betty, la fea y hoy está aliada con Univisión para llegar a los hogares latinos de ese país.

Otro punto crucial en la negociación es el tope de 40 por ciento que fija la ley colombiana a la inversión extranjera en empresas de televisión. Eliminar este límite implicaría, por ejemplo, que si mañana el gobierno decide privatizar alguno de los canales públicos llegue un inversionista del exterior y, como dice el presidente de RCN, "arranque a programar con producto extranjero".

Mantener estas medidas tras la firma del TLC no será fácil. Chile lo consiguió después de un intenso tire y afloje con Estados Unidos, mediante la llamada "reserva cultural" que permite al gobierno de ese país preservar y crear políticas de fomento al sector sin correr el riesgo de violar el tratado.

Al rescate del cine

Si para la televisión es conveniente mantener las 'gabelas' que le otorga la ley, para el cine es cuestión de vida o muerte. Mientras que en Estados Unidos se producen en promedio 480 películas al año, en Colombia se realizan cuatro. De los 172 largometrajes que se estrenaron en el país el año pasado, apenas cinco eran nacionales.

Para promover la industria cinematográfica, en septiembre de 2003 se creó un fondo que se nutre de los aportes hechos por productores, distribuidores y salas de exhibición de películas. Hoy este fondo maneja recursos por más de 4.000 millones de pesos. Adicionalmente, la ley contempla exenciones tributarias para las empresas que inviertan en la producción de cine nacional.

Cuando el gobierno mexicano intentó crear, en enero de 2003, un fondo similar al colombiano para impulsar el cine de su país encontró una fuerte oposición de la Motion Picture Association of America, el gremio que agrupa a los siete principales distribuidores de películas de Estados Unidos. Por eso, aunque Adriana Mejía, viceministra de Cultura, no prevé problemas para lograr que Colombia quede con la posibilidad de otorgar estímulos al cine en el TLC, este será sin duda uno de los grandes retos de la negociación.

La música y sus derechos

Otro capítulo de las discusiones del tratado que toca directamente las industrias culturales es el relacionado con los derechos de autor. En Colombia la piratería alcanza niveles alarmantes y azota con especial fuerza sectores como el de la música. Según cálculos de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, en 2002 se vendieron en el país 17 millones de obras musicales piratas, es decir, 65 por ciento del mercado total. Esto, sumado al hueco que ha abierto en las ventas de las disqueras la piratería por Internet, ha provocado una reducción de casi 50 por ciento en los ingresos de la industria durante los últimos cuatro años.

Fortalecer la lucha contra este delito es un interés común de Colombia y Estados Unidos en el acuerdo de libre comercio. En donde sí existen diferencias es en el tratamiento de los autores para la protección de sus derechos.

Cuando un compositor en Estados Unidos firma un contrato con una disquera para venderle una canción, recibe a cambio su pago pero pierde de ahí en adelante todos los derechos su obra. La canción pasa a ser propiedad de la empresa. La legislación de aquel país en esta materia tiende a proteger más a las compañías que comercializan la música que a sus autores. En 1998, por ejemplo, el Congreso estadounidense aprobó una ley que se conoció como la 'Mickey Mouse Protection Act', porque extendió hasta 95 años la duración de los derechos exclusivos sobre una obra, impidiendo que la famosa mascota de Disney pasara a ser de dominio público. Muchos criticaron esta medida tras argumentar que sólo buscaba ayudar a un grupo de grandes corporaciones del entretenimiento.

En Colombia, por el contrario, la ley se inclina más hacia el lado de los autores, quienes siempre tendrán la paternidad sobre sus obras. Pueden ceder sus derechos económicos a una empresa, pero no pierden la calidad de autores. A Estados Unidos le interesaría mucho que las normas colombianas se parecieran más a las suyas.

Libros campeones

La debilidad de industrias como el cine y la música contrasta con las fortalezas de un sector que exporta alrededor de 90 millones de dólares al año: los libros. Colombia está dentro de los 20 principales exportadores de libros en el mundo, al lado de países con larga tradición en la industria editorial como México o España.

Desde hace muchos años los aranceles dejaron de ser un obstáculo para el comercio mundial de libros. En Estados Unidos la barrera es el idioma. Aunque el mercado hispano de ese país podría resultar atractivo para las editoriales colombianas, tiene el problema de que "la segunda generación de una familia de inmigrantes lee y estudia en inglés, por lo que el mercado se va agotando con el tiempo", dice Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro.

La oportunidad, entonces, puede estar por el lado de la producción de libros, así no sean editados en Colombia o escritos en castellano. Un estudio realizado por Mauricio Reina, investigador de Fedesarrollo, encontró que el país es "altamente eficiente" en las actividades de impresión. Ostenta el segundo lugar en competitividad, después de España, y está por encima de países como Estados Unidos y Chile. Aunque, según el estudio, no tiene ventajas en la producción de insumos como pasta de madera o papel, las empresas de impresión han logrado tecnificarse y reducir sus costos. Por eso el desmonte de aranceles para las materias primas de la industria del libro en el TLC podría ser benéfico para Colombia.

No cabe duda de que la cultura debe estar sobre la mesa en las discusiones del TLC. "El principal interés de Estados Unidos en el sector cultural es no mencionarlo de forma explícita en el tratado", dice Paulo Slachevsky, presidente de la Coalición Chilena para la Diversidad Cultural. Esta asociación de músicos, editores de libros y actores chilenos se conformó en septiembre de 2001, cuando las negociaciones de su país con Estados Unidos estaban a punto de culminar, para evitar que la cultura quedara en el mismo costal de otros sectores. A los negociadores colombianos les corresponde lograr un tratamiento especial para las industrias culturales en el TLC. De lo contrario, el apoyo estatal a las creaciones artísticas colombianas será cosa del pasado y la identidad y diversidad culturales del país, de por sí amenazadas, quedarán en serio peligro de extinción.

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