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| 2/19/2001 12:00:00 AM

Sin salida

El desempleo en Colombia no cede a pesar de que terminó la recesión. Sus causas son más de fondo.

En vano se levantan todos los dias a leer los avisos clasificados en los periódicos. Les preguntan con insistencia a amigos y conocidos si saben de alguna vacante en su empresa. Se endeudan para vivir y acuden a las más ingeniosas formas del rebusque. En muchas ocasiones sencillamente empacan maletas y se van.

Son los 3.200.000 colombianos que buscan trabajo sin encontrarlo y comprueban con angustia cómo la recesión ya pasó pero el desempleo se quedó. A pesar de la recuperación económica del último año la tasa de desocupación todavía ronda el 20 por ciento y sigue siendo la más alta de América Latina.

El drama es diferente para cada uno. Para las mujeres es más difícil conseguir empleo que para los hombres y los bachilleres encuentran menos oportunidades de trabajo que los profesionales. Para algunos el problema ha adquirido las dimensiones de una tragedia. “Solamente entre los jóvenes de los hogares más pobres el desempleo alcanza un escandaloso 60 por ciento”, advierte Hugo López, economista experto en el tema laboral. Lo más grave es que estas personas difícilmente tendrán mejores oportunidades en el futuro ya que mientras más tiempo dura una persona desempleada menor es la probabilidad de encontrar un trabajo.

No sorprende, entonces, que desde hace dos años el desempleo —junto con la paz— aparezca en las encuestas como la mayor preocupación de los colombianos. Diagnósticos y propuestas no han faltado. Los analistas han aportado sus recetas. El gobierno ha propuesto flexibilizar las leyes laborales para facilitarle al sector privado la creación de nuevos puestos de trabajo. Los sindicatos, por su parte, rechazan estas medidas y señalan al modelo económico y a la apertura como los grandes culpables. Y en medio de este debate interminable (por lo ideologizado) el país sigue sin encontrarle una salida definitiva a su principal problema económico.

Parte de la desocupación se debe al frenazo de la economía en los últimos cinco años que terminó en el colapso de 1999. No sólo porque se crearon menos puestos de trabajo. También porque la crisis disminuyó fuertemente los ingresos de los hogares y muchas madres de familia que antes no trabajaban salieron a buscar empleo. Así mismo, miles de jóvenes abandonaron sus estudios ante la urgencia de generar ingresos y ellos difícilmente volverán a las aulas y quedarán para siempre con un menor grado de capacitación.



El lio de fondo

Pero la culpa de todo no la tiene la recesión. Estudios recientes de la OIT señalan que sólo la mitad de los 3,2 millones de desempleados que hay en el país son producto de la difícil coyuntura por la que atraviesa la economía. ¿Por qué entonces, hay otro millón y medio de personas sin trabajo?

La razón es que existen problemas más de fondo, relacionados con la calificación de la mano de obra y la regulación del mercado laboral.

El bajo nivel de capacitación ha provocado un desajuste entre lo que buscan los empresarios y lo que realmente les ofrece el mercado. En otras palabras, muchas personas carecen de las habilidades que requieren los perfiles laborales de hoy día. “La gente se queja mucho de la falta de puestos de trabajo. Los empresarios nos quejamos mucho de que no existe gente que realice dicho trabajo”, asegura Luis Fernando Ochoa, presidente de Cementos Río Claro.

Esta brecha entre las habilidades ofrecidas y las requeridas comenzó a hacerse más evidente en los 90. La apertura golpeó duramente a la agricultura y posteriormente la crisis acabó con la construcción. Y estos sectores eran los principales empleadores de la mano de obra no calificada. En cambio la globalización trajo un auge en sectores como las telecomunicaciones y la industria moderna, que demandan personal especializado o técnico. Se deterioró así la capacidad de la economía para generar los empleos que más se necesitan.

A su vez, el uso de nuevas tecnologías en los procesos ha aumentado la necesidad de trabajadores mejor entrenados y han disminuido las necesidades de obreros rasos. “La transformación tecnológica ha hecho que las empresas cambien su forma de contratar personal. El trabajo mecánico lo pueden hacer las máquinas. Ahora se necesita gente con mayores conocimientos y capacidad de análisis”, asegura Eberto Jiménez, presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros.

Pero si bien la educación es clave para conseguir empleo y mejorar los ingresos laborales, estudios de Planeación Nacional señalan que el sistema educativo colombiano continúa siendo altamente selectivo. De los 700.000 estudiantes que cursan estudios de educación superior 73 por ciento proviene del 40 por ciento más rico de la población. “Para colmo de males el sistema está sesgado hacia carreras de larga duración y en contra de las carreras cortas, técnicas y tecnológicas, que son las de más fácil acceso a los estratos bajos de la población”, afirma Hugo López. Igual opinión comparte el rector de la universidad Icesi, Francisco Piedrahita: “La educación colombiana es supremamente profesionalizante. Existe una alta preocupación por transmitir conocimientos en lugar de habilidades”.

Otro factor importante para explicar el desempleo colombiano es la rigidez que aún caracteriza al mercado del trabajo. La inflexibilidad en temas como el de los salarios, las prestaciones y los costos de despido se ha traducido en un incremento de los costos laborales. Solamente entre 1990 y 1999 el costo de cada trabajador tuvo un crecimiento acumulado de 32,9 por ciento según cálculos del Departamento Nacional de Planeación.

Este aumento en los costos se ha convertido en un freno a la generación de empleo: los empresarios han optado por limitar el enganche de personal con tal de evitar los costos futuros en los que pueden incurrir si contratan gente. “Paradójicamente una legislación con demasiados beneficios para los trabajadores, que pretende protegerlos, en la práctica resulta en recortes de empleo”, asegura Jaime Ardila, presidente de Colmotores.



Las salidas

Como se ve, entonces, el problema del empleo en Colombia es un asunto complicado y su solución no es fácil. Lo primero que se necesita para espantar el fantasma de la desocupación es que la economía crezca más rápido de lo que lo hace actualmente. Con el repunte del año pasado se crearon cerca de 900.000 puestos de trabajo. Estos, sin embargo, no bastaron para absorber a más de un millón de colombianos que salieron a buscar empleo por primera vez. Por esta razón la tasa de desocupación no bajó. La situación es tan grave que, para que esta tasa se reduzca en 2 puntos se necesita que la economía crezca no al 3 sino al 5 por ciento, según cálculos del gobierno.

Pero aun si se lograra este crecimiento —algo muy improbable en las actuales circunstancias— el problema no estaría resuelto. Por eso muchas de las salidas propuestas giran en torno a las deficiencias estructurales del mercado del trabajo en Colombia. Entre los planes del gobierno de este año está un proyecto de ley para modificar la legislación laboral —en lo relativo a las horas extras, por ejemplo—. Con esto busca reducir la rigidez de las normas e incentivar a los empresarios privados para que contraten más gente.(Ver recuadro).

El tema suscita una intensa polémica. No es la primera vez que se propone y en anteriores ocasiones los sindicatos han manifestado una férrea oposición. En todo caso los cambios en las leyes laborales tampoco son la panacea, entre otras cosas porque en el país no todo el mundo las cumple. “Con la crisis se dio una reforma laboral de hecho ya que mucha gente, con tal de conservar el empleo, aceptó cambiar sus contratos de trabajo y reducir sus prestaciones”, afirma Alvaro Reyes, investigador de la firma consultora Econometría.

Además las leyes laborales no solucionan el problema de la calificación de la gente. Por eso una estrategia integral contra el desempleo no puede dejar por fuera la cobertura, la calidad y la pertinencia de la capacitación de los asalariados. En este debate deberían participar activamente los empresarios, además del gobierno y los trabajadores. De ahí que una iniciativa interesante sea un proyecto que adelanta en la actualidad Corpoeducación en asocio con numerosas empresas privadas. El propósito es evaluar qué tan empleables son los trabajadores colombianos, identificar las competencias y habilidades más requeridas por los empresarios y divulgar un manifiesto que le indique al sector educativo las áreas de formación más pertinentes.

Frente al desempleo la administración Pastrana ha desplegado básicamente dos estrategias. De un lado el proyecto de reforma laboral, en el que no ha mostrado mucha decisión y que entrará nuevamente en un proceso de concertación con los sindicatos y los empresarios. Y unos planes de choque, que consisten en inversiones en obras públicas intensivas en mano de obra, y estrategias para evitar la deserción escolar (ver recuadro). La ventaja de estas estrategias es que contribuyen a aliviar el problema de corto plazo al mismo tiempo que mejoran las perspectivas de los jóvenes en el largo plazo. Lo malo es que su ejecución, que comienza faltando año y medio para acabar el periodo presidencial, es tardía.

En lo que resta del gobierno se invertirá cerca de un billón de pesos en estos programas. Esto, sin embargo, no alcanzará para atender a toda la población desempleada, lo cual requeriría una inversión cuatro veces superior. Para colmo de males el fallo de la Corte Constitucional, que ordenó aumentar los salarios de los servidores públicos, obligó al gobierno a recortar la inversión pública, que ya era reducida.

Ideal sería invertir más, pero se aumentaría el déficit fiscal. Y los funcionarios del gobierno afirman que no se puede financiar un aumento de éste sin disparar las tasas de interés y ahorcar la economía. Así, el gobierno enfrenta el dilema de emprender una agresiva estrategia contra el desempleo, poniendo en riesgo la estabilidad económica, o preservar a toda costa ésta última así ello implique menores inversiones públicas que favorezcan el empleo.

La situación de desempleo en Colombia es desesperada y sus consecuencias sociales abrumadoras. El conflicto armado empeora las cosas y, a la vez, el desempleo arroja a las filas de la guerra a jóvenes sin oportunidades. También miles de desplazados llegan a las ciudades y se suman a la tropa de desempleados. En situaciones sin salida como esta es cuando el gobierno debe actuar con mayordecisión y debe hacer los mayores esfuerzos para encontrarle soluciones creativas y radicales a la pesadilla del desempleo, que nunca como ahora había desvelado a tantos colombianos.
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