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| 3/31/2007 12:00:00 AM

Sin voz ni voto

En las discusiones entre demócratas y republicanos sobre el futuro del TLC, hay una verdad ineludible: es una renegociación unilateral.

En el mundo hay dos clases de personas: las que ven el vaso medio vacío y las que ven el vaso medio lleno. El negociador del Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos (TLC), Hernando José Gómez, se enrola en este segundo grupo. Preguntado sobre las condiciones impuestas por los congresistas demócratas para aprobar el TLC y que obligarían a una renegociación de parte del acuerdo, Gómez le dijo a SEMANA: "Pudo ser peor. Pudieron haber optado por aplazar la discusión hasta 2009, después de las elecciones presidenciales". Y tiene razón: varios demócratas querrían poner en el congelador el tema de los polémicos TLC, una alternativa que no le disgusta a la misma presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

El anuncio que entusiasmó a Gómez provino del congresista Charles Rangel, el hombre clave en los asuntos comerciales de los demócratas. El martes pasado dijo que su partido estaría dispuesto a darle un sí a los diferentes TLC pendientes -Colombia, Perú, Panamá y posiblemente Corea del Sur- si el gobierno del presidente George W. Bush aceptaba unos cambios en los capítulos ambientales y laborales y unos ajustes en propiedad intelectual, particularmente en medicamentos.

Rangel y su combo quieren que los tratados obliguen a las partes firmantes a cumplir los convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Un requisito que no tiene misterio para Colombia: esos convenios ya forman parte de la legislación del país. Pero para la administración Bush y su Partido Republicano sería ceder a una exigencia que han negado durante décadas. Estados Unidos ha adherido a sólo dos de esos instrumentos multilaterales, a pesar de las presiones de los sindicatos. De ser incorporados en los TLC, se podrían demandar leyes laborales norteamericanas por incumplimiento a la OIT, un riesgo que los empresarios gringos no quieren correr.

Donde sí puede haber problemas para ambos gobiernos, y en particular para el colombiano, es en la pretensión demócrata de que los incumplimientos en las normas laborales y ambientales sean objeto de posibles sanciones comerciales. En el texto actual del TLC, estos temas no son asuntos que se pueden llevar a la solución de controversias. En otras palabras, son de menor importe dentro del acuerdo. Curiosamente, de ser aceptada esa petición, beneficiarían a dos de los grupos más críticos del acuerdo con Estados Unidos: los sindicatos colombianos y las ONG ambientalistas. Qué mejor manera que garantizar la defensa de sus derechos, que una norma acordada con Washington.

Esta no es la única solicitud de los demócratas que coincide con la de los opositores del TLC. Un objetivo clave de su política comercial anunciada la semana pasada resalta la necesidad de "restablecer un justo balance entre acceso a medicamentos y protección de la innovación farmacéutica en los países en desarrollo". Como lo explicó el congresista Rangel: "No amo tanto la protección de la propiedad intelectual que al hacer negocios con un país donde hay gente muriéndose de una enfermedad mortal, no seamos capaces de hacerles llegar los medicamentos que necesitan". Por algo, el reconocido especialista en salud y crítico del acuerdo con Estados Unidos Germán Holguín aplaudió la posición de los demócratas y la vio como una oportunidad para mejorar el texto del TLC.

Aún falta mucho para que estas propuestas sean aceptadas por los republicanos. Aunque la representante comercial, Susan Schwab, se mostró receptiva, del dicho al hecho hay mucho trecho. Se espera que las discusiones entre el Congreso y el gobierno norteamericano se alarguen por lo menos hasta mediados de abril. Y sólo entonces se sabrá cuáles serán los nuevos cambios que se deben tragar colombianos, peruanos y panameños para que los TLC no sean letra muerta. Porque lo único claro es que en esta negociación son apenas espectadores.
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