Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/07/10 00:00

SUSPENSO EN LONDRES

Tras propuestas y discusiones, sigue sin definirse el futuro del Pacto Cafetero.

SUSPENSO EN LONDRES

Fue el penúltimo acto de una obra de suspenso. El escenario, como de costumbre, se monto en el número 22 de la calle Berners en Londres y los actores fueron los delegados de los países miembros del consejo directivo de la Organización Internacional del Café, quienes volvieron a la capital británica a discutir la suerte del Pacto Cafetero que expira el próximo 30 de septiembre. A lo largo de varios días los miembros de uno y otro bando representaron apartes de un libreto que todavía se está escribiendo y cuyo desenlace aún se desconoce.
Ese es el resumen teatral de lo ocurrido en Londres, donde el destino del Pacto Cafetero volvió a quedar en veremos. Una vez más la discusión se centró en torno al mismo punto.
Desde hace tiempo los países consumidores de café han protestado por la existencia de dos mercados internacionales del grano: uno -de 58 millones de sacos- para los afiliados a la OIC, quienes se rigen por los precios y las cuotas establecidas. y otro -de 8 millones de sacos- para los países socialistas y los del sudeste asiático, que compran su café en el mercado libre, obteniendo descuentos que pueden ser de hasta la mitad del precio.
La existencia de ese problema es reconocida por todos, pero los desacuerdos comienzan cuando se trata de definir quién le pone el cascabel al gato. Por el lado de los productores no hay claridad sobre una fórmula de solución, sencillamente porque el nuevo esquema implica una redistribución de cuotas y, mientras unos países quieren una mayor tajada del ponqué, eso ocurriría a costa de una rebanada menor para otros. En este caso los perdedores serían Brasil -el primer productor mundial- Colombia y los países africanos, mientras que los ganadores serían los países centroamericanos. Los cambios eventuales de participación producen enconadas peleas debido a que la producción mundial de café sigue siendo superior a la demanda, y quien acabe perdiendo la batalla se vería en la necesidad de acumular existencias, sin saber que va a hacer con ellas en el futuro.
Por su parte, los consumidores no estan mejor. Existe un bloque de duros, liderado por Estados Unidos que quiere reglas estrictas para que haya juego limpio, pero las desea ya. Los más conciliadores, en cambio, son los países míembros de la Comunidad Económica Europea que, aunque desean claridad, también saben que el Pacto Cafetero es más que un simple acuerdo comercial y que su buena marcha influye sobre la salud política y económica de un considerable número de países en desarrollo.
Es ese factor el que acaba mezclandole a la discusión elementos diplomáticos, que son los que pueden definir que el pacto se salve cuando se hayan agotado los demás canales de negociación. Un ejemplo típico es el del arribo a Londres del delegado norteamericano John Rosenbaum, quien había dicho que no asistiría a la cita de la semana pasada -porque las posiciones seguían siendo tan irreconciliables como siempre. Sin embargo, Rosenbaum fue presionado por el Departamento de Estado norteamericano, el cual está preocupado por las consecuencias geopolíticas que puede tener una caída en los precios internacionales del café sobre los países centroamericanos.
La carta diplomática es probablemente la que queda por jugar después de ver los tropiezos en los otros frentes. Porque en realidad es muy poco lo que se ha avanzado en las demas áreas. A pesar que ya hay acuerdo en torno a los problemas globales, todavía quedan grandes obstáculos por franquear, y en estos temas la letra menuda es definitiva para que se llegue a un final feliz.
En eso se resumen las interminables jornadas de discusión que comenzaron en febrero de este año, cuando se vio que la renovación del Pacto Cafetero estaba complicada. A las primeras escaramuzas siguio una reunión del consejo directivo de la OIC, en abril, en la cual a última hora se decidio continuar en la reunion de la semana pasada. En el intermedio hubo intentos de acercamiento entre los productores y, aunque se llego a pensar que éstos iban a presentar un bloque común, en la práctica se vio que mientras los centroamericanos jalaban para un lado, los demás jalaban para el otro.
Ese fue el ambiente predominante otra vez, en Londres. En último término, el viernes se llego a una propuesta común de Colombia, Brasil, los africanos y la Comunidad Económica Europea, que integro las propuestas de cada grupo pero que ahondo las diferencias con los centroamericanos y Estados Unidos. Segun esta, el convenio sería prorrogado por un año, durante el cual se aplicarían rígidos esquemas de control a las exportaciones a los países no miembros de la OIC. Al cabo de dos años se establecería una cuota universal que debería cubrir por lo menos el 95% de la demanda -lo que implica que es necesario afiliar a los consumidores que están por fuera- y que sería discutida en el transcurso del próximo año cafetero. La idea choco a los centroamericanos porque consideran que siguen siendo injustamente tratados, y a los Estados Unidos porque para ellos el problema se está aplazando .
En respuesta, el sábado en la noche se recibió una contrapropuesta en la cual los centroamericanos pedian un aumento del 1.8 millones en su cuota, una cifra calificada de "descomunal" por los conocedores. Eso condujo a que las deliberaciones se pospusieran otras 2 horas y a que el pesimismo invadiera a los delegados.
Como se ha vuelto costumbre, el malo de la película volvió a ser Estados Unidos. Según Nestor Osorio, delegado de Colombia ante la OIC, "da la impresión de que no quisieran tener un acuerdo". Para Osorio, los norteamericanos han tenido "una actitud muy poco constructiva", lo cual en la práctica se ha expresado en trabas y obstáculos continuos que, por lo menos al cierre de esta edición, continuaban.
Semejantes diferencias han llevado a los más realistas a decir que hay que prepararse para lo peor. Aunque para los más ardientes defensores del pacto, un rompimiento presenta un escenario apocalíptico, la verdad es que el golpe sería fuerte, pero no sería el fin del mundo. En el caso de Colombia, un estudio del Banco Mundial sugiere que las exportaciones en la próxima decada pasarían de un valor promedio de 1.600 millones de dolares a uno cercano a los 1.000 millones. Esa disminución es apreciable, pero no lo suficiente para borrar a Colombia de la lista de productores .Incluso hay expertos que sostienen que un esquema de libertad sería el apropiado para reflejar las condiciones reales de un mercado cuyo futuro sigue siendo un enigma, sobre todo después que las conversaciones de la semana pasada en Londres dejaron a la audiencia sin saber el desenlace de este gran drama en que se ha convertido el Pacto Cafetero.




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