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| 1/9/1989 12:00:00 AM

TUMBANDO Y CAPANDO

Tras profunda restructuración y recorte de personal, la gigante siderurgica británica regresa al sector privado.

La semana pasada se cumplió un hito en la historia económica reciente de la Gran Bretaña. Las acciones de British Steel, el gigante siderúrgico estatal, se pusieron a la venta entre el público, en un proceso monumental de privatización, dentro del marco de la política de Margareth Thatcher. El éxito en la venta de las acciones fue sencillamente espectacular. En unos pocos días de oferta, las solicitudes llegaron a más de 2 mil millones de acciones, pero sólo 452 se habían destinado para el público. Los asombrados funcionarios debieron reducir la brecha limitando el número de títulos reservados para inversionistas extranjeros y para instituciones británicas.
Pero el éxito de la colocación de acciones de British Steel está lejos de ser un milagro. Se trata del efecto de los buenos resultados económicos que comenzó a dar la empresa desde que el gobierno de Margareth Thatcher impuso el proceso de transformación de la industria británica al comienzo de los años 80.
Por esa época, British Steel se había convertido en el símbolo de la ineficiencia de la industria del Reino Unido. En el año fiscal de 1980, registró una pérdida de US$3.300 millones, mientras alcanzaba el dudoso honor de ser una de las siderúrgicas de mayor costo de producción en el mundo. Hoy, esa situación ha dado la vuelta. La reducción de esos costos -que hoy son de los más bajos del mundo- permitieron que en el año fiscal que terminó en abril pasado se pudieran presentar utilidades de US$758 millones, sobre ventas por US$7.600 millones.
El resurgimiento de British Steel es uno de los éxitos más resonantes de la política económica del gobierno conservador de Margareth Thatcher. El proceso comenzó cuando el gobierno decidió poner a la compañía en la disyuntiva de adquirir competitividad internacional, o morir. Lo primero fue nombrar a sir Ian McGregor, un escocés-norteamericano que comenzó un proceso de reducción del número de plantas, muchas de las cuales se mantenían por razones políticas. Ello se hizo de la mano con una drástica disminución de personal. Aunque McGregor se retiró en 1983, el proceso continuó hasta que hoy, de 166.400 trabajadores que tenía en 1980, se ha pasado a 51.600, mientras el número de horas-hombre requeridas para producir una tonelada de acero, bajó de 13.2 a sólo 5.
Dentro de los factores que se citan como claves en la restructuración de la empresa, se mencionan dos: un nuevo sistema de remuneración de los trabajadores y un nuevo proceso de producción. En cuanto a lo primero, se estableció un conjunto de bonificaciones por volumen de producción, que asciende hasta al 18% de los ingresos anuales de los operarios. En cuanto al segundo, se hicieron fuertes inversiones en equipo, con lo que se adopto un nuevo método de producción computarizada, que permite la forja continua. El nuevo sistema resultó crucial para la nueva vida de British Steel. La forja continua consume menos energia que el método tradicional, que obliga a producir lingotes de acero para luego refundirlos antes de su uso en propósitos especificos. Otra ventaja es que la forja continua permite también la posibilidad de ejercer un mayor control de calidad.
Todas las modificaciones, tanto administrativas como operacionales, han dado como resultado que British Steel le haya dado la vuelta en forma dramática a su estándar internacional de eficiencia. Hoy, su costo de producción por tonelada de acero es de US$415, mucho menor que los promedios de Estados Unidos, Japón, Alemania Federal, Francia y Canadá. Más impresionante aún, sus costos son más bajos que los de países de industrialización reciente, como Brasil, Corea del Sur y Taiwan, cuyos niveles salariales son muy inferiores pero deben soportar mayores cargas financieras .
Aunque el resurgimiento de la siderúrgica británica coincidió con una época de vacas gordas en el mercado internacional, los observadores internacionales atribuyen el éxito a la agresiva política desarrollada para revivir la empresa. Al evitar diversificarse como sus colegas de otros países, desarrollando en cambio el mercado de acero especializado, su porción del mercado nacional e internacional creció en gran medida. Sea como fuere, los seguidores de la Thatcher y su programa de privatización de la industria británica, señalan a British Steel como una demostración de la bondad de su política.
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