Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1984/12/31 00:00

UN CHINO DE BILLETE

Las reformas económicas en China comunista permiten la aparición de una nueva clase de potentados

UN CHINO DE BILLETE

Fue, sin lugar a dudas, la ceremonia más extraña de la cual se tenga memoria en la China. El 13 de noviembre anterior en la provincia de Henan, el gobernador He Zhukang saludó emocionado a un hombre sencillo llamado Jiang Changsen y le entregó una placa de color rojo con las palabras "Bai wan Su weng" pintadas en oro. "Hombre rico cien veces diez mil" es la traducción literal de la condecoración recibida por Jiang, quien entró en la historia al convertirse en el primero de los mil millones de chinos, en amasar una fortuna de un millón de yuanes (unos 45 millones de pesos), en una nación donde el salario anual promedio es de 650 yuanes. Treinta y cinco años después de que el país más populoso de la Tierra abrazara la ideología comunista, las reformas introducidas desde 1978 por el "hombre fuerte" del sistema, el octogenario Deng Xiaoping, han permitido que aparezcan síntomas incipientes de capitalismo en un sistema que, en otra época, encarnara el modelo de colectivización más extremo.
"Nuestro gobierno promueve la política de que alguna gente se vuelva rica primero y entonces la otra gente se volverá rica. Nuestro propósito final es que toda la gente se vuelva rica". Semejantes palabras, que más parecen ser propias de Ronald Reagan en la reciente campaña electoral norteamericana, fueron pronunciadas en marzo pasado por Du Runsheng, planificador agrícola del gobierno de Pekín, al explicar la nueva estrategia. Bajo la simple premisa de permitir a los trabajadores aumentar su salario con base en la calidad de la labor desempeñada, China ha probado ser un terreno fértil para que surjan aumentos impresionantes en la productividad de fábricas y granjas. En ciertas áreas, el salario per cápita se ha multiplicado por cinco desde 1978 y los resultados generales de la economía le han permitido decir al gobierno que para fines del siglo la producción bruta se habrá cuadruplicado.
La nueva riqueza de la cual disfrutan millones de chinos se basa en el llamado "sistema de la responsabilidad" que permite sueldos variables, en contraste con los salarios fijos de la época de Mao. De tal manera, cada empresa es gerenciada individualmente, y de haber utilidades, éstas se reparten entre los trabajadores. Tal cambio en las reglas de juego ha tenido especial resonancia en el campo, donde los chinos sufrían los problemas de escasez que ocurren en otras economías donde la producción se ha colectivizado. Ahora, los 800 millones de chinos que viven en las zonas rurales tienen el compromiso de darle al Estado una cuota fija de su producción, pudiendo quedarse con el excedente. Como consecuencia han aparecido una serie de campesinos adinerados que pueden darse lujos desconocidos antes: hace seis meses la familia de Sun Guiying, un criador de pollos, se compró un automóvil Toyota último modelo, con lo cual se constituyó en el primer campesino en tener un auto de uso personal en la historia de la República Popular.
Convencidos de que ésa es la ruta a seguir, los delegados del Comité Central del Partido Comunista Chino promulgaron hace un mes largo, las bases para que se forme definitivamente una economía de libre mercado. Amén de seguir con lo iniciado en el agro, en los próximos años se abandonará gradualmente el estilo soviético de planificación central, al permitirle a más de un millón de empresas y fábricas del Estado, flotar con relativa libertad y ser responsables directas de su éxito o su descalabro. Como si fuera poco, se planea liberar los precios de una buena cantidad de artículos, que se deben ajustar a las leyes de la oferta y la demanda. Los cambios planeados son tales, que un analista occidental no vaciló en afirmar que "si China continúa en esta dirección, estaremos viendo uno de los sucesos económicos más destacados del siglo XX".
Pese al entusiasmo en Occidente que semejantes reformas han generado, hay que dejar en claro que su implementación está llena de dificultades. Por un lado, Deng Xiaoping se enfrenta al problema político de controlar a las ramas tradicionales del Partido Comunista para que no reviertan sus propuestas. Intentos similares de los soviéticos se han estrellado contra la reticencia de la burocracia y los mandos medios en cambiar el statu quo. De otra parte, existe el peligro de que se generen las "lacras" del capitalismo -desempleo, falta de motivación, desigualdad social- en un sistema que supuestamente fue creado para asegurar la paridad entre sus habitantes. En opinión de los especialistas, la manera en que se introduzcan las reformas aprobadas determinará la supervivencia de la idea.
Por lo pronto, más de un chino está ilusionado con seguir el camino del millonario Jiang. La celebración reciente de un congreso de "hombres de negocios" del país, contó con la presencia de varios centenares de personas que ya han conseguido una buena fortuna aprovechando el juego del mercado, y quienes se deshicieron en alabanzas al camarada Deng por sus buenas políticas. La gran incógnita es la respuesta de la población cuando entienda todos los cambios. La aparición de una clase económica poderosa puede ser tan fuerte, que las autoridades chinas deberán enfrentarse a la posibilidad de demostrarle a sus compatriotas, que los ricos chinos... también lloran.

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