Jueves, 19 de enero de 2017

| 1987/11/30 00:00

UN RESPIRO

15 días después del crack, la Bolsa de Nueva York repunta pero la incertidumbre persiste

UN RESPIRO

El calendario no podía ser más acertado. Después de un mes en el que miles de sueños y fortunas murieron, cientos de inversionistas y corredores de bolsa debieron tener su momento de tranquilidad el domingo pasado, cuando, con ocasión del día de todos los Santos era indispensable recordar a los que se fueron. Aunque en realidad nadie sabe que existan cementerios de acciones y es dudoso que alguien se haya acercado a dejar un vaso con flores en Wall Street, este primero de noviembre cayó como anillo al dedo.
Y así fue. A pesar de que es imposible saber si el número de oraciones aumentó, por lo menos sí se acepta que el descanso otorgado por el festivo religioso era necesario, debido, entre otras cosas, a que hay que tomar fuerzas para esta semana, porque nada que llega la calma a los mercados financieros mundiales. Al cabo de 15 días desde que el 19 de octubre, el lunes negro de la bolsa de Nueva York, iniciara la estampida en los principales mercados de valores del planeta, el nerviosismo y la confusión siguen siendo la nota predominante entre los especialistas.
Semejante estado de ánimo tiene su explicación lógica. Con excepción del optimismo o el pesimismo, ningún experto posee una razón de peso para pronosticar el futuro. Dependiendo del "vidente", el mundo occidental se enfrenta ya sea a un panorama despejado o la más negra de las perspectivas.
Cualquier intento de claridad ha sido entorpecido por los altibajos en las bolsas de valores. Al igual que en la semana de la crisis, el común denominador de la pasada fue la estabilidad estilo yo-yo. Las subidas abruptas fueron seguidas por los descensos prolongados, a los que continuaron seguidillas de alzas y bajas. Si hace un par de semanas las peores libradas habían sido las bolsas grandes como Tokio, Nueva York y Londres, en esta ocasión el turno les correspondió a las medianas como Hong Kong, Madrid y Estocolmo, donde los precios de las acciones también trastabillaron.
Un desbarajuste de tal magnitud era, de alguna manera, lo único que se sabía con seguridad. Si las causas del derrumbe en los mercados no se habían producido todas en un día, era imposible que las consecuencias se vieran tan rápido.
Por lo pronto entre las pocas cosas que se observaron estuvo aquella de que el nerviosismo es contagioso. En respuesta a algunas expectativas mezcladas y a las declaraciones imprudentes de ciertos funcionarios, el dólar cayó a su nivel más bajo en siete años frente a las demás monedas fuertes y sólo una fuerte intervención de los principales bancos centrales del mundo, evitó que se despeñara.
La ruta accidentada del billete verde reflejó de alguna manera la incertidumbre que se vivió la semana pasada, cuando, a pesar de conocer la receta, ningún interesado se apresuró a preparar el remedio para evitar que la economía mundial quede postrada en la cama. Como se sabe, los especialistas han venido sosteniendo que la causa principal del desajuste de los últimos días, es el famoso doble déficit de la economía norteamericana cuyo gobierno se gasta más dinero del que recibe y que importa más de lo que exporta. Frente a ese diagnóstico, los especialistas insisten en que los Estados Unidos deben hacer algo rápido para reducir su faltante presupuestal. Lamentablemente los primeros resultados en ese aspecto no fueron muy alentadores. A lo largo de la semana pasada los representantes del Congreso norteamericano y los negociadores de la Casa Blanca se sentaron a discutir, sin mucho éxito, cómo ahorrarse unos 23 mil millones de dólares que deben disminuir el déficit de 148 mil millones de dólares arrojado por las finanzas públicas de los Estados Unidos en el año fiscal 1987.
Hasta el momento el gran impasse continúa siendo el de cómo sacar esa plata. Mientras que la mayoría demócrata en el Congreso insiste en que el camino adecuado es a través de mayores impuestos, el presidente Reagar sostiene que lo que hay que hacer es reducir los gastos.
Mientras esa pelea se define, el equilibrio financiero del mundo sigue sobre una cuerda floja. Buena parte de la presión la está aguantando el Banco de la reserva Federal de los Estados Unidos que está enfrentado al dilema de proteger el valor del dólar en los mercados mundiales, mediante un nivel adecuado de tasas de interés, o bien defendiendo el crecimiento económico norteamericano manteniendo las tasas abajo.
En cualquiera de los casos, una equivocación puede ser catastrófica. Si el FED mantiene altos los tipos de interés puede ocasionar una gran recesión al estilo de la de los años 30. En cambio, si decide bajar el costo del dinero se arriesga a ocasionar un colapso del dólar, estimular los temores de inflación y causar una estampida entre los inversionistas japoneses y europeos que han colocado dinero en los Estados Unidos. "No hay ninguna alternativa favorable", fue el comentario hecho al diario The Wall Street Journal por David Jones, un especialista en el tema. "Esto muestra el grado hasta el cual hemos perdido el control de nuestro destino económico debido a que estamos pidiendo prestado demasiado, gastando demasiado e importando demasiado", agregó. En el centro de la controversia está el renombrado acuerdo del Louvre un pacto de caballeros establecido el pasado mes de febrero entre los siete principales países industrializados, con el cual se busca estabilizar las tasas de cambio. Según éste, el dólar se debe ubicar en un rango ubicado entre los 140 a 150 yenes japoneses y 1.80 a 1.90 marcos alemanes. El problema, sin embargo, es que esos niveles del dólar aparentemente no han conducido a que el problema comercial de los Estados Unidos se solucione y por lo tanto el billete verde debería bajar más. Ese raciocinio fue el causante de los males del dólar la semana pasada, cuando este llegó a 138 yenes japoneses y a 1.73 marcos alemanes. Como si lo anterior fuera poco, un desafortunado comentario del francés Jacques Delors, presidente de la Comunidad Económica Europea, quien sostuvo que el verde debería llegar a 1.60 marcos, acabo alimentando la confusión en el mercado.
A finales de la semana la calma había vuelto gracias a que el secretario de Estado nortemericano, James Baker, renovó su compromiso con el acuerdo de Louvre. Para ayudar a apaciguar el temporal, los principales bancos centrales debieron salir a los mercados de monedas a comprar dólares en cantidades millonarias.
El comentario de Baker acabó también dándole paz a Wall Street, en donde el índice Dow Jones, que mide el valor promedio de 30 de las acciones industriales más importantes acabó cerrando la semana por encima de la marca de los 2 mil puntos, unos 270 más que el 19 de octubre, fecha del lunes negro. El final de la semana evidenció que, aunque el índice había tenido un comportamiento muy parecido al presentado en los primero días de la crisis de 1929, después de miercoles 28 el repunte empezó marcar una gran diferencia con el gran crack histórico (Ver gráfico).
El viernes, el gobierno alemán anunció una baja en sus tasas de interés gracias, aparentemente, a las presiones de Baker. Ese logro le permite al Federal Reserve mantener sus tasa bajas sin tener que salir a competir con otros países para sostener el valor del dólar.
Sin embargo, el éxito de James Baker está condicionado a que los cambios de fondo lleguen. En opinión de semanario inglés The Economist la única manera de evitar que el crack de 1987 se vuelva la depresión de 1988 es a través de cuatro recetas: tasas de interés bajas, un menor déficit presupuestal norteamericano unido a un mayor consumo interno en Alemania Federal y Japón, una modificación de los acuerdos del Louvre y, finalmente, una eliminación de cualquier intento de proteccionismo. En opinión de la publicación, con la aplicación de esos remedios, el próximo año "será uno de crecimiento modesto y baja inflación". Si no el resultado podría ser "una baja incontrolada del dólar o una recesión en los Estados Unidos que se extendería al resto del mundo ".
Curiosamente, esas curas coinciden, en términos generales, con las que aconsejan otros médicos de la economía. El problema, no obstante, consiste en ponerlas en práctica. Escépticos como Martin Feldstein, economista de Harvard y ex asesor de la Casa Blanca, insisten en que todo intento de cooperación internacional resulta infructuoso. Como siempre sucede en estos casos en que hay sacrificios de por medio, la experiencia surgida de los males causados por el derrumbe de las bolsas de valores está corroborando que una cosa es conocer la medicina y otra es tomársela.

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