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| 1/14/1991 12:00:00 AM

UNA CITA INOPORTUNA

El fracaso en las negociaciones del Gatt no afecta mucho a Colombia, pero obliga a repensar el proceso de apertura.

Si se hubiera buscado una fecha bien inapropiada para convocar la reunión ministerial del Acuerdo General de Aranceles y Comercio, Gatt, que debía dar por terminadas las negociaciones de la llamada Ronda Uruguay, no se hubiera podido encontrar una peor que la primera semana de diciembre. Esa, por lo menos, fue la impresión que se llevó la delegación colombiana que se desplazó a Bruselas.

Para nadie es un secreto que, a pesar de que la reunión se debía ocupar de un amplio número de temas -definidos tras cuatro largos años de negociaciones-, el problema central era la disputa entre los Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea en torno de la reducción de los subsidios a la producción y exportación de productos agrícolas. Mientras los Estados Unidos, acosados por su enorme déficit fiscal, buscaban una reducción del 75 por ciento en los primeros y del 90 por ciento en los segundos, los europeos no estaban dispuestos a realizar mayores concesiones en ninguno de los dos frentes.

Y el momento en el cual se llevó a cabo la reunión era el menos propicio para lograr algún tipo de acercamiento Helmut Kohl acababa de ser elegido Canciller de la nueva Alemania, con un fuerte apoyo de los agricultores del bajo Rin. Hacia menos de una semana que Margaret Thatcher había tenido que renunciar al cargo de primera ministra de Inglaterra, al perder el apoyo de su partido, debido entre otras cosas a su tibia posición en torno de la conformación del Mercado Común Europeo. Francois Mitterrand enfrentaba -y enfrenta- una fuerte presión del poderoso campesinado francés, opuesto a cualquier concesión que desmejore sus actuales condiciones de vida. Y los Estados Unidos, maniatados por el conflicto del golfo Pérsico, no podían arriesgarse a perder la solidaridad política de los países europeos, jugándosela a fondo en defensa de su propuesta de reducción de subsidios.

Eso explica, entre otras cosas, el porqué los norteamericanos, a la hora de la verdad, buscaron que fueran otros los que pusieran la cara y les hicieran "el trabajo sucio". Días antes de la reunión de Bruselas la señora Carla Hills, encargada de negocios comerciales de la Casa Blanca -y cabeza de la delegación de los Estados Unidos a la reunión del Gatt-, visitó a Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, miembros del llamado Grupo Cairns -compuesto por 14 países que controlan el 25 por ciento del comercio mundial de productos agrícolas- buscando que asumieran la vocería de su propuesta en la reunión de Bruselas. A Colombia, el otro país latinoamericano que forma parte del grupo, la señora Hills se abstuvo de venir, asumiendo que a sus delegados no les interesaría un enfrentamiento directo con los países europeos, dada la reciente aprobación de un programa de desgravación arancelaria y desmonte de barreras a las importaciones de productos agrícolas de los países andinos afectados por el problema de la droga.

Paradójicamente, Colombia fue uno de los países más activos de la región en la reunión ministerial del Gatt, gracias a su buena posición en los diferentes grupos representados en ella. Era líder a nivel andino -Ecuador y Perú asistían por primera vez y Bolivia no participó, formaba parte del grupo Cairns -aliado necesario de los Estados Unidos en el tema de los productos agrícolas y había presidido las reuniones técnicas del grupo encargado de analizar el comercio de servicios a nivel internacional.

Es más, la posición de Colombia fue la que precipitó la conclusión de la reunión y la decisión de convocar un nuevo encuentro para finales de enero de 1991, con el fin de buscar un acercamiento entre las partes. Hizo falta que el ministro de Desarrollo, Ernesto Samper Pizano, hiciera notar el jueves seis de diciembre, a las once de la noche, que la reunión no iba para ninguna parte, para que los Estados Unidos, con el respaldo de países como Argentina y Uruguay, decidieran abandonar el recinto oficializando el fracaso de las conversaciones. Nadie, hasta ese momento, se quería dar la pelea.

A REPENSAR LA APERTURA
El fracaso de la Ronda Uruguay debilita profundamente la credibilidad del Acuerdo General de Aranceles y Comercio. Y restringe considerablemente su posibilidad de imponer normas de conducta de caracter multilateral, para regular el comercio mundial.

Toma gran fuerza, además, la posibilidad de un neoproteccionismo de los países desarrollados, sobre todo ahora que se vislumbra un gran debilitamiento de la econom(a internacional. De agravarse, los sucesos del golfo Pérsico podrían conducir a una situación similar a la que vivió la economía mundial a raíz del primer shock petrolero, ocurrido en 1973, cuando después de una época de florecimiento del comercio internacional se produjo una oleada proteccionista que cubrió toda la faz de la tierra, como consecuencia de la recesión inducida por los altos precios del crudo.

En principio, sin embargo, el fracaso del Gatt, no tiene implicaciones graves para Colombia. Hoy en día, desde el punto de vista del acceso a los mercados internacionales, el país cuenta con unas condiciones altamente favorables. Por el lado de los productos tropicales, el programa de descuentos arancelarios y desmonte de restricciones de la Comunidad Europea garantiza, por un lapso de cuatro años, unas condiciones de acceso similares a las que se hubieran logrado con un acuerdo al interior del Gatt. En materia textil, la situación es también muy positiva. En este momento Colombia está libre de cuotas de exportación en el mercado norteamericano (con excepción de los llamados satines de algodón, sujetos a una cuota que supera ampliamente la capacidad productora del país). Y las posibilidades de crecimiento, según los conocedores del sector, son todavía muy grandes. A nivel andino, el Acuerdo de La Paz garantiza una libertad total de comercio en un plazo de 12 meses, con excepción de los sectores automotor, siderúrgico y metalmecánico. El país aguarda, finalmente, la aprobación por parte del Congreso de los Estados Unidos de la llamada Iniciativa Andina, que le otorgaría a Colombia facilidades similares a las que tienen los países del Caribe para entrar en el mercado norteamericano.

El fracaso del Gatt tampoco afecta sustancialmente lo que se ha hecho hasta ahora en materia de apertura. Pero sí fija un nuevo marco para la profundización de la misma, particularmente en lo relacionado con la reducción de los niveles arancelarios.
Colombia llezó a la reunión de Bruselas dispuesta a ofrecer una consolidación arancelaria de tipo multilateral, pero ahora la negociación tendrá que hacerse país por país. Si se produce una crisis del comercio mundial, lo sensato sería mantener unos aranceles altos y negociar bajas sólo con aquellos países que ofrezcan reciprocidad.

Claro está que la negociación bilateral implica algunos riesgos. Sobre todo cuando se trata de negociar con potencias, que tienen todas las posibilidades de poner a los países chicos contra la pared. Ya, por ejemplo, el gobierno colombiano recibió una carta de la señora Carla Hills pidiendo que en las negociaciones bilaterales que se acordaron a finales de la administración Barco y se ratificaron posteriormente en una visita del ministro de Desarrollo del nuevo gobierno a los Estados Unidos, se incluya el tema de la propiedad intelectual, que es altamente sensible para algunos sectores de la producción, como el de la industria farmacéutica.

Queda por ver lo que pase a finales de enero, cuando nuevamente se encuentren, esta vez en Ginebra, los ministros de los 107 países firmantes del Gatt. Nadie, sin embargo, se hace ilusiones. Si el problema de los subsidios agrícolas sigue siendo el centro de la discusión, como lo ha sido desde que se inició la Ronda Uruguay, en 1986, las posibilidades de un acuerdo serán mínimas. Y el comercio mundial, lejos de llegar a un sistema multilateral, abierto y estable, seguirá sometido a la ley del más fuerte. Y en ella siempre, o casi siempre, "el pez grande se come al chico"
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