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| 8/2/2014 4:00:00 PM

Verano fatal para el agro

Aunque todavía no empieza el fenómeno de El Niño, el agro ya sufre las consecuencias de la intensa sequía.

Todas las madrugadas, a las dos de la mañana, Carlos Arenas se despierta para mirar su celular. Se conecta a una aplicación satelital y revisa su pantalla en busca de nubes. Pero “nada, no hay nada, veo un inmenso espacio negro encima de Curumaní”, dice. Carlos cultiva arroz y cría ganado en el sur del Cesar, uno de los departamentos más afectados por este fenómeno climático. Desde noviembre pasado no cae una gota de lluvia sobre la región y la situación es dramática.

“Yo tenía 70 hectáreas de arroz y no corté ni un grano. Invertí 240 millones de pesos y perdí todo. Los animales también se me mueren, no tienen nada que comer, el pasto está seco, es una vaina aterradora. Ni los viejos de 80 años han visto un verano tan fuerte. ¿Con qué vamos a subsistir este año, con qué vamos a pagar los créditos? Es muy difícil, tengo la moral en el piso”, se lamenta. La desgracia de Carlos se repite en toda la costa Caribe y en parte de Santander. Ganaderos, cultivadores de maíz, arroceros, palmeros, avicultores y tabacaleros reportan pérdidas por la sequía crónica que golpea el norte del país.

Si bien hasta el momento este fenómeno climático no ha tenido un impacto generalizado en el agro, los principales gremios esperan que el gobierno actúe pronto, porque de lo contrario peligra la recuperación del sector.

Y es que después de años de estancamiento el campo volvió a repuntar. En el primer trimestre de este año creció 6,1 por ciento, debido en buena parte al mejor desempeño de los cafeteros. Esta cifra revivió las esperanzas de un sector que afrontó paros y crisis el año pasado.

Por eso el gobierno no puede bajar la guardia, menos con lo que se avecina. Normalmente la temporada seca termina en marzo y después llueve hasta agosto. Pero este año las precipitaciones nunca llegaron y se instaló un verano eterno. Carlos Osorio, gerente técnico de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegán) explica que “el problema es muy grave. Las praderas no pudieron recuperarse y la sequía cogió a los ganaderos sin reservas. No hubo tiempo de preparar nada. Y cuando se venga El Niño, las pérdidas se van a multiplicar”. Hasta el momento en la costa 34.000 reses han muerto.

Y lo peor de todo es que este es apenas el principio. Aunque aún no se sabe cuál va a ser la intensidad de la sequía, el Ideam prevé pocas lluvias hasta abril de 2015 en la costa y la región Andina. El instituto también cree que hay 82 por ciento de probabilidad de que El Niño se instale entre octubre y diciembre. Por eso las consecuencias económicas se sentirán con más fuerza en el segundo semestre de 2015.

Por ahora Colombia está lejos de un desabastecimiento masivo y de una inflación descontrolada de los productos de la canasta básica. Como explicó Rafael Mejía, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), “si bien algunas zonas están afectadas, el resto del país sigue produciendo. En la ola invernal de hace cuatro años hubo mucho miedo pero en realidad solo 8 por ciento de las hectáreas agrícolas sufrieron. No hubo escasez ni precios altos ni importaciones masivas. Ahora es lo mismo, no hay que ser alarmistas, aunque sí tener mucha prudencia”.

Rafael Hernández, presidente de Fedearroz, comparte esa cautela. Resalta que solo el 1 por ciento del área arrocera nacional enfrenta problemas, “aunque lo que pase en los próximos meses y lo que se logre sembrar sí puede tener consecuencias en 2015”.


¿Puede haber apagón?

Un sector que parece estable es el energético. En Colombia es inevitable asociar el fenómeno de El Niño con la pesadilla del racionamiento eléctrico de 1992. En ese momento, por una mezcla de corrupción y mala planificación, los embalses se secaron y la gente compró velas para sobrevivir a los cortes de luz.

Pero según el ministro de Minas y Energía, Amylkar Acosta, el país está blindado frente a un posible apagón. Los embalses están al 72,5 por ciento de su capacidad. Además hoy se produce más, pues mientras en 1991 se generaban 8.350 megavatios anuales, ahora llegan a 14.500. Además la industria se diversificó y depende menos de las hidroeléctricas pues creció el parque de plantas térmicas.

“En el peor de los casos podemos generar 50 por ciento de la demanda con gas, carbón o combustible líquido. En tiempos normales el 68 por ciento de la electricidad en Colombia es hidráulica y el resto térmica”, asegura Ángela Montoya, presidenta de Acolgen, que agremia las generadoras de electricidad más grandes del país.

Si bien este tipo de electricidad cuesta más, eso no se vería reflejado en las facturas del consumidor, pues casi –con excepción de Emcali- todas las distribuidoras tienen contratos a largo plazo con las productoras que garantizan un precio fijo.

¿Qué hacer? Por ahora el gobierno prometió un fondo de 45.000 millones de pesos para mitigar los efectos de la sequía y lanzó un plan para ahorrar agua. Pero para agricultores como Carlos Arenas se hace tarde. “No se me ha acercado nadie ni de nivel departamental ni nacional. Esta administración es muy tranquila y el Ministerio de Agricultura es más bien paquidérmico”. Se une a las voces del sector que piden créditos blandos, prorrogar el vencimiento de las deudas (algo que el gobierno evalúa) y pensar en fondos de adaptación.

Pero hay que ir mucho más allá, pues como subrayó Mejía, “no puede ser que si llueve dos semanas hay un invierno terrible y con dos semanas de verano una sequía enorme”. Todos los actores del agro consultados por SEMANA dicen que faltan planes de largo aliento, políticas de Estado que no dependan del gobierno de turno e inversiones urgentes en distrito de riego.

La semana pasada el Departamento Nacional de Planeación advirtió en un informe que Colombia puede perder hasta medio punto de su PIB anual si no se prepara para el cambio climático. Ya hay antecedentes: por El Niño de 1997-1998 la economía sacrificó cerca del 1 por ciento del PIB, según un estudio de la Corporación Andina de Fomento (CAF).

Por eso hay que prepararse con urgencia y con perspectiva, pues en el futuro las inundaciones y los veranos serán cada vez más extremos, así como sus consecuencias económicas. Y el país no puede seguir dependiendo de los rezos y las procesiones a San Isidro Labrador.
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