Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1984/04/23 00:00

"YO MATE A LAS KALED"

A sangre fría, como en la novela de Truman Capote, Miguel Angel Torres, un estudiante de medicina, asesino a tres mujeres de una familia barranquillera un lunes de carnaval.

"YO MATE A LAS KALED"

Hacia las seis y media de la mañana, soplaba una brisa seca y ligera, de ésas que suelen meterse por las calles de Barranquilla a principios de marzo. Era lunes de Carnaval y la ciudad dormía por fin, gracias al silencio de quienes, después de horas de baile y ron, antes, en y después de la Gran Parada del domingo, habían decidido, al menos en esta zona residencial, buscar un descanso para retomar fuerzas y enfrentar la recta final de las fiestas. En el vecindario, sobre la calle 76, los almacenes permanecían cerrados y en las casas de la carrera 44, apenas unas pocas mujeres se desperezaban y salían a la terraza a ver cómo pintaba el día. Algunas aseguran haber visto a doña Lucía Chedrauí de Kaled, quien a los 74 años conservaba una gran vitalidad, regar el prado del antejardín de su casa, al lado de las oficinas de Telecom, como lo había hecho todos los días durante los últimos 9 años.
A esa misma hora, en otra zona de la ciudad, sobre la calle 72, en el barrio Bellavista, Miguel Angel Torres Socarrás, estudiante de octavo semestre de medicina de la Universidad del Norte, con 24 años, uno con 84 de estatura, y luciendo un bluyin Jordache recién comprado y una camiseta Polo azul oscura, caminaba hacia el pequeño apartamento donde vivía con su madre y un hermano menor. La ropa estaba ensangrentada pero él no se mostraba nervioso. Cuando llegó a su casa, su madre se asomó al balcón y le dijo que subiera. Pero él apenas le dijo unas pocas palabras que ella no entendió y se marchó sin dar explicaciones, hacia el centro de la ciudad donde buscó un bus que lo llevara a Cartagena.
Entre tanto en su casa, don José Kaled, hijo de doña Lucía, se despertó pensando que debía ir a recoger a su hija Lucía Fernanda, quien se había quedado a domir en casa de su abuelita y tenía que reunirse muy temprano con un grupo de compañeras para terminar un trabajo del colegio donde cursaban 6° bachillerato. Pasadas las siete y media, llamó a casa de su madre, pero nadie respondió. El se imaginó que estarían regando el jardín y que ni siquiera Nina, su hermana de 50 años, soltera, siempre tan atenta a todo, había alcanzado a oír desde afuera el timbre del teléfono. Entonces optó por ir directamente a recoger a Lucía Fernanda. Eran cerca de las 8 cuando llegó a la casa de la 44 con 76. Bajó del carro, tocó la puerta y finalmente comenzó a llamarlas a cada una por su nombre, sin obtener respuesta. Muy preocupado, logró romper una de las ventanas de la sala y metió la cabeza para descubrir, a muy pocos metros, el cuerpo de su hija, con la cabeza destrozada y en medio de grandes manchas de sangre. Pasaron algunos segundos que José Kaled recuerda con horror, mientras hacía un esfuerzo por comprender lo que sucedía. Se dirigió hacia el centro de la calle y comenzó a gritar. Algunas de las amas de casa del vecindario que se habían levantado temprano ese lunes, se le acercaron a preguntarle qué pasaba. Diez minutos después, llegaron las primeras patrullas de la Policía. La carrera 44 fue cerrada al tránsito y una multitud de curiosos se fue aglomerando frente a la casa, mientras dos agentes de la Policía reventaban el portón del corredor lateral de la casa y entraban por el patio trasero. En menos de dos minutos, descubrieron los cuerpos de doña Lucía y de su hija Nina, distantes unos tres metros el uno del otro y entre los dos, dos de las trancas de madera de las puertas, una de ellas rota en tres pedazos.

BUSCANDO SOSPECHOSOS
"A las diez de la mañana ya habíamos conformado un grupo especial para que se encargara de la investigación del crimen, que desde un principio atribuímos a un grupo de sicópatas -recuerda el mayor Uriel Salazar, jefe del F-2 del Atlántico- Hacia el mediodía, una inmensa madeja de versiones y conjeturas se tejía por toda la ciudad. Hicimos, por orden de mi coronel Jesús Emilio Duque (Comandante de la Policía del Atlántico) un llamado a la ciudadanía y pusimos a disposición de la gente una buena cantidad de números telefónicos donde esperábamos recibir toda la información que nos quisieran entregar quienes algo supieran, sin necesidad de identificarse".
Las primeras llamadas se recibieron el martes. Según el mayor Salazar, fueron unas 20 o 30, de las cuales sólo dos parecían realmente serias y podían relacionarse con lo dicho después del sepelio de las víctimas, por don José Kaled quien habló con el coronel Duque y le comunicó que le parecía sospechoso que un joven estudiante de medicina, muy amigo de Nina y apreciado por doña Lucía, no se hubiera manifestado ni hubiera dado señales de vida después del crimen. "Es extraño que no haya venido al entierro ni a la misa y que ni siquiera nos haya llamado, con todo lo que quería a Nina", le dijo don José al coronel Duque. A esas horas, Miguel Angel Torres ya estaba en Medellín, después de haber pasado por Cartagena, donde un amigo le prestó 2 mil 500 pesos que él le pidió para viajar a la capital antioqueña el mismo lunes en la tarde. "En el bus entre Cartagena y Medellín, yo viajaba como lo habría hecho un autómata", diría Torres 20 días después. El miércoles de Ceniza viajó a Bogotá. Seguía vistiendo la misma ropa ensangrentada y tenía dos profundos rasguños en la mano derecha. A los amigos a quienes visitó durante su viaje, les dijo que había sido víctima de un atraco.

LLAMADA A CASA
En Bogotá, el jueves después de elecciones, Miguel Angel se comunicó telefónicamente con su madre, doña Cecilia de Torres, pero no quiso decirle dónde estaba. Ella había sido alertada por la Policía sobre una eventual llamada de su hijo. El mayor Salazar, del F-2, le había pedido que lo convenciera de presentarse ante las autoridades para aclarar su situación. No era en ese momento el único sospechoso. Dos homosexuales, vecinos de las Kaled, también habían sido vinculados a las primeras pesquisas por denuncias anónimas. En una segunda llamada de Miguel Angel, su madre no tuvo la calma suficiente para cumplir con las instrucciones de la Policía. El viernes, volvieron a hablar y ella le pidió a su hijo que se comunicara con un amigo de ellos que vivía en Barranquilla para que él lo aconsejara. Ese amigo, un comerciante y hotelero llamado Carlos De Biasse, estaba al tanto de las pesquisas de la Policía y había aceptado colaborar para convencer a Miguel de que se entregara.
El sábado, Miguel habló por cuarta vez con su madre y le dijo que estaba dispuesto a hablar con la Policía y que lo único que quería era que De Biasse viajara a Bogotá, junto al mayor Salazar. El mismo convino una cita en el Hotel Tequendama, donde debían alojarse su amigo, el jefe del F-2 y un agente de esa división de la Policía. Al mediodía, en un vuelo directo, los tres llegaron a Bogotá y se instalaron en el Tequendama. La llamada de Miguel Angel debía producirse a las 3, pero demoró una hora. A las 4, llamó para decir que estaría a las 6 en el Hotel. Así fue. "Llegó con unos 5 minutos de retraso -cuenta el mayor Salazar- y se produjo un encuentro cordial en el cual apenas si hablamos del caso. Le pregunté algunas generalidades sobre dónde había estado durante esos doce días, pero quise esperar a regresar a Barranquilla para iniciar el interrogatorio en firme". Para ese momento, la posibilidad de que los homosexuales fueran los autores del crimen se había desvanecido por una serie de testimonios y pesquisas. Torres era el único sospechoso y Barranquilla entera lo sabía, gracias al detallado seguimiento que los periódicos habían hecho del caso.

UN JOVEN EXCEPCIONAL
Días antes, Torres había llevado a cabo el único intento que realizó durante toda esa semana por ocultar evidencia. Entregó a sus anfitriones de Bogotá, un matrimonio amigo residente al sur de la capital, la camiseta y el bluyin ensangrentados para que le fueran lavados y las manchas borradas. Les había contado la misma historia que había relatado en Cartagena y Medellín: "Fuí atracado y prefiero no hablar de eso". Dos horas antes de entregar la ropa a sus amigos, Torres se había dado cuenta de lo que había hecho. "Me sentí desesperado, pues no entendía, como no entiendo aún, lo que pasó. Sólo sé que lo hice y no sé por qué" diría luego a la Policía.
Sabía que la mezcla de droga y trago que había consumido esa noche tenía algo que ver, pero que no podía ser, por si sola, la razón de lo sucedido.
Aparte de su adicción a la cocaína y la marihuana, que había comenzado a consumir en mayo de 1983 en grandes cantidades, se trataba de un joven excepcional: excelente como estudiante, inteligente como pocos y bastante culto. Entre sus amigos (pocos según sus compañeros de universidad, muchos según él mismo), se relataba siempre con cierto orgullo que Miguel Angel había sido medio autodidacta y que gracias a sus estudios personales, había logrado validar su bachillerato en 1979, presentando, por demás, pruebas del ICFES con tan buenos resultados, que desde Bogotá, una comisión de ese instituto viajó a Barranquilla a repetirle el examen, creyendo que había hecho trampa y que debía anulársele. El examen se repitió y Miguel Angel obtuvo aún un mejor puntaje.

"De origen clase media-media", como él mismo se definió, Miguel Angel tuvo una infancia difícil. Su padre los había abandonado cuando él era muy niño y su madre volvió a casarse. Tras su segunda separación, ella entró en una crisis profunda, sufriendo grandes depresiones. Bebía mucho y en tres ocasiones trató de suicidarse, tomando frascos enteros de Valium. Miguel Angel, contando apenas con 11 años, había tenido que llevarla varias veces a una clínica para que le salvaran la vida. Pero los éxitos de sus estudios universitarios parecían haber borrado toda huella del pasado en él y también en su madre, una manicurista muy conocida entre las amas de casa de clase media alta de Barranquilla, a quienes les arreglaba las uñas a domicilio. Con lo que ella ganaba en ese trabajo y lo que él obtenía dictando clases particulares (una de sus alumnas había sido precisamente Nina Kaled y por esa razón se habían conocido) mantenían su casa. Al entrar a estudiar medicina, él contó con la suerte de que Carlos De Biasse, el mismo que habría de convencerlo de que se entregara, le proporcionara el dinero para pagar los estudios. Nina misma lo había ayudado al principio, cuando aún era secretaria en la Electrificadora del Atlántico y tenía acceso a la fotocopiadora, donde reproducía los costosos libros de medicina que Miguel Angel no podía costearse. Se habían hecho grandes amigos y él se llegó a convertir en amigo de la casa. Ella se había enterado de que Miguel Angel estaba consumiendo droga, poco tiempo después de su primera traba "en casa de un compañero de la universidad". Quiso aconsejarlo y segun él "trataba de comprenderme y de ayudarme". Por todo eso, él no atinaba a comprender las razones que lo habían llevado a cometer el triple crimen. Aceptó entregarse a la Policía sin siquiera saber si iba a confesarlo o no.
El último vuelo del sábado trajo de regreso a Barranquilla a Miguel Angel, en compañía de De Biasse, del mayor Salazar y de un agente del F-2. Salazar lo dejó descansar un poco cuando llegaron al cuartel de la Policía, sobre la avenida 20 de Julio. Hacia la medianoche inició el primer interrogatorio que terminó a las 2 y 30 de la madrugada del domingo. Miguel Angel dio una versión acomodada, asegurando que había salido de la casa del crimen a las 10 de la noche del domingo, al lado de don José Kaled. Aseguró que no había vuelto a la universidad -lo cual era cierto- por algunos problemas personales que tenía y dijo que se había ido a Bogotá de vacaciones, esperando quedarse hasta mitad de año, para entonces regresar a la universidad a seguir su carrera. Sobre el crimen dijo que sólo se había enterado tras la primera conversación con su madre, pues en Bogotá nadie se lo había dicho ni había leído los periódicos de esos días.

CONFESION EN DOMINGO
El mayor Salazar prefirió dejarlo descansar hasta el día siguiente y se fue a dormir analizando las incongruencias de la versión dada por Miguel Angel. La Policía ya había interrogado al amigo de Cartagena y sabía que él había llegado allá con la ropa ensangrentada y una mano herida. El domingo en la mañana, hacía eso de las nueve, se reinició el interrogatorio. Hasta el mediodía, Miguel Angel se sostenía en su versión y por un momento, el mayor Salazar y los dos agentes que lo acompañaban dudaron de su culpabilidad. Pero el jefe del F2 comenzó a insistir en ciertas preguntas y Miguel Angel a contradecirse. Cuando vio que se estaba derrumbando, lo dejó solo con los dos agentes y salió a tomar un tinto y a pensar un poco. Diez minutos después, uno de los agentes vino a llamarlo: "Mi mayor, el detenido desea hablar con usted a solas". Miguel Angel estaba dispuesto a confesarlo todo.
"Le pedí que aceptara el uso de una grabadora y no se opuso -cuenta el mayor Salazar- y luego le sugerí que aceptara un testigo para nuestra charla: el coronel Duque". Miguel Angel aceptó las dos solicitudes y narró toda la historia entre la una y las dos y media de la tarde del domingo. Luego el coronel y el mayor le hicieron nuevas preguntas para aclarar las dudas que tenían y hacia las 5 y media de la tarde, lo dejaron descansar. Una nueva charla entre 7 y 9 de la noche, les permitió convencerlo de que presentara al día siguiente una declaración escrita y firmada, delante del Procurador Regional y de un abogado. El aceptó, sugiriendo que la grabación fuera transcrita y que él la firmaría, pero el coronel Duque no aceptó
Lo había contado todo. Relató que en efecto había salido de la casa con José Kaled a las 10 de la noche, pero que había regresado minutos más tarde. Desde las horas de la tarde, había comenzado a consumir marihuana y cocaína, algo más de dos gramos. Pasó la noche en el estudio de la televisión, acompañando a Nina a ver la serie "Dinastía", en cuyo capítulo de esa noche, Joan Collins y Linda Evans se habían trenzado a golpes en la alberca del jardín de la mansión Carrington. Luego leyeron la Biblia, como acostumbraban hacerlo de vez en cuando. Hacia la medianoche, Miguel Angel encontró una botella de aguardiente y comenzó a beber algunos tragos. Pasadas las doce y media y "sin responder a ningún impulso", como declararía tres semanas más tarde al enviado especial de SEMANA a Barranquilla, aprovechó que Nina había clavado los ojos en la lectura de un versículo del Nuevo Testamento, para asestarle un golpe seco más arriba de la nuca, con una de las trancas de madera de la puerta del estudio. Se dirigió entonces al comedor, donde siguió tomando de la botella de aguardiente y consumiendo la cocaína que tenía. Hacia las 3 y media -"son horas aproximadas", aclaró en su relato a la Policía-, se levantó con grandes deseos de tomar agua. Estaba deshidratado a causa de la mezcla consumida, y optó por dirigirse al cuarto del fondo, donde dormían doña Lucía y su nieta Lucía Fernanda. Despertó a la madre de Nina y le pidió un vaso con agua, que ella trajo de la cocina después de levantarse. Ella preguntó por Nina y fue a buscarla al estudio, a donde no alcanzó a entrar, pues antes de que pudiera hacerlo, Miguel Angel la golpeó unos centímetros arriba de la frente, con otra tranca de madera, esta vez la de la puerta del patio trasero. Ella alcanzó a levantarse, pero él la siguió y la remató cuando ya había caído al piso, a la entrada del estudio. Con un golpe final, la tranca se partió y él la abandonó a medio metro de su segunda víctima. Volvió al comedor y terminó la botella, mientras permanecía en un extraño limbo sin pensar en nada. Pasadas las seis de la mañana, Lucía Fernanda se levantó de la cama minutos después de que él mismo la despertara avisándole que su padre vendría pronto a recogerla. Ella se vistió y entre tanto él arrancó la cuerda de la cortina de la sala principal. Lucía Fernanda salió del cuarto y comenzó a gritar al ver los dos cadáveres. El trató de ahorcarla con la cuerda pero ella se defendió y volvió a gritar. Lo mordió en la mano derecha con todas sus fuerzas cuando él intentó taparle la boca y entonces él recogió la tranca con la cual había matado seis horas antes a doña Lucía y la golpeó. Ella buscó primero el teléfono y luego la puerta principal, pero un segundo golpe la derribó. El siguió golpeandola hasta destruirle el cráneo.
Se lavó en el baño, desordenó buena parte de la casa y sustrajo 400 pesos en efectivo. Buscó la salida por el patio trasero, saltando la pared del fondo hacia un edificio en construcción.

LOS RUMORES
Por las características del crimen, los barranquilleros exigieron desde un principio que la investigación descubriera pronto a los culpables. Se creía que eran varios y la gente comenzó a propalar toda clase de rumores. No faltó quien le echara la culpa al M-19, en una llamada anónima a los teléfonos de la Policía. Los rumores crecieron cuando Miguel Angel fue traído a Barranquilla y la prensa y la radio comentaron extrañadas que en vez de haber sido conducido a la cárcel municipal, hubiese sido, según muchos, "cómodamente instalado" en el casino de oficiales de la Policía. La verdad es que Miguel Angel pasó las noches en el pabellón sanitario en construcción del cuartel, pero todas las diligencias judiciales se llevaron a cabo en el casino. Según el rumor callejero, el buen trato dado al detenido se habría originado en que el hotelero Carlos De Biasse, tenía muy buenas relaciones con el cuerpo de Policía de la ciudad y habría puesto su hotel de 5 estrellas, el Cadebia, al servicio de esa institución y de algunos de sus agentes en varias ocasiones. Las autoridades de Policía se negaron a confirmar esta versión a SEMANA, pero tampoco llegaron a negarla. Estas circunstancias y un buen número de rumores más, hicieron que aumentara la incredulidad de la gente ante la afirmación del coronel Duque, a fines de la semana pasada, de que el caso estaba resuelto. Luego, las mismas declaraciones de Miguel Angel desde la cárcel, en una entrevista que concedió a un grupo de periodistas, entre ellos el enviado especial de SEMANA, lo mostraron como un joven inteligente y frío. Sus respuestas, que muchas veces corregían las preguntas de los periodistas, fueron dadas con notable propiedad y calma. Eso sí, no quiso hablar del crimen: "No crean que les voy a contar toda la película", dijo con su inconfundible acento barranquillero.
Al final de la semana, medio país hablaba del caso, después de escuchar por radio las declaraciones de Miguel Angel Torres. Por primera vez en muchos años, se había presentado en Colombia un crimen patológico y arbitrario, de similares características a los cometidos en los Estados Unidos desde aquél en el cual se basara Truman Capote para su novela "A sangre fría". Todo indicaba que no había móvil y que sólo un psiquiatra sería capaz, no sin algo de suerte, de descifrar la situación y de ofrecer una explicación que de alguna manera la gente estaba esperando.
A LO SHERLOCK HOLMES
Si el crimen cometido el lunes de carnaval en la casa de las Kaled en Barranquilla ha causado estupor, la rapidez con que ésta y otras investigaciones han sido resueltas por la Policía del Atlántico en los últimos dos años, no ha dejado de sorprender a algunos. En parte por estos aciertos y en parte por sus declaraciones a la prensa, calificadas por algunos como opiniones fascistas, en particular cuando se enfrentó al rector de la Universidad del Atlántico tras haber declarado que esa institución era "un nido de subversivos", el coronel Jesús Emilio Duque Montoya se ha ido convirtiendo en un personaje de la ciudad, con sus simpatizantes y sus detractores. Con 42 años de edad, 21 de ellos en la Policía, edecan del ex presidente Alfonso López Michelsen, y ascendido a Teniente Coronel hace tres años y medio, Duque ha contado con suerte en cuanto a los casos que ha debido enfrentar. Primero fue el asesinato de una prestante dama barranquillera, Jacqueline Caballero, muerta por un grupo de sicarios, contratados por su esposo, un dentista homosexual. En menos de 8 días, Duque y sus colaboradores resolvieron el caso tras detener a los autores materiales e intelectuales del crimen y obtener de ellos una confesión. A mediados del año pasado, la lujosa residencia del arzobispo de la ciudad, Monseñor Villa Gaviria, fue asaltada por un grupo de hombres que se movilizaban en una camioneta. A los 15 días, los asaltantes, que habían golpeado al anciano prelado, estaban en la cárcel. En diciembre, el asesinato del subtesorero de la ciudad parecía envuelto en un halo de misterio mayor que los que rodeaban los dos casos anteriores: pero en 3 días, Duque y su equipo obtuvieron los primeros indicios y detuvieron a un sospechoso. Ahora, el crimen de las Kaled parece haberse resuelto en menos de 18 días. Sin embargo, a Duque no le han faltado críticos y en varias oportunidades se ha enfrentado con la prensa por el tratamiento dado a éstos y otros casos. Pero la crítica más común que se escucha en contra de su labor es que sólo ha resuelto los casos "de la calle 72 hacia el norte" o sea, en los barrios residenciales de las clases altas. Sus investigaciones se han basado casi siempre en testimonios anónimos que le sirven como pista y se han caracterizado porque por lo general, los culpables confiensan. Duque asegura que los casos del norte de la ciudad se resuelven más fácil porque "la ciudadanía colabora más y nos llama a darnos cualquier información que considere valiosa. Entre las clases populares no se dá esa misma cooperación. Algo habrá que hacer para que, al igual que al norte, la ciudad-detective se implante en los barrios del sur".

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.