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| 3/4/1985 12:00:00 AM

ZONA DE CANDELA

En Pauna, Boyacá, la guerra de coqueros dejó un saldo de 10 muertos.

"No vayan por los lados de la finca que los van a matar", le dijo a Carmen Lara de Chaparro una niña rubia, de unos 14 años de edad, quien se acercó el jueves 24 hacia las 3 y media de la tarde a la casa de los Chaparro en pleno corazón de la población boyacense de Pauna. La menor partió segundos después velozmente y nadie volvió a verla.
Carmen Lara, de 29 años, se dirigió de inmediato a la casa de su comadre Eliodora Cortés de Lancheros y le comentó lo sucedido. Pero como no era la primera vez que las dos familias, Chaparro y Lancheros, recibían amenazas de este tipo, no parecieron preocuparse más de lo normal y antes de la caída del sol habían emprendido camino hacia la finca, conocida con el nombre de "El campamento" y ubicada entre las veredas de Topito y Tibuco, sobre las escarpadas laderas de esta región de clima templado.
"El campamento" era de propiedad de Carmen Lara y unos doscientos metros arriba de las casas de habitación, ocultas bajo unos arbustos, se encontraban varios miles de pequeñas matas de coca, que ese fin de semana, Omar Chaparro Campos, esposo de Carmen Lara, había decidido erradicar "para no meternos en más líos". La finca contaba además con un moderno laboratorio para procesar cocaína y tenía, en una de las casas, medio centenar de canecas de éter, sustancia requerida para refinar la droga.
El viernes en la noche estaban en la finca 12 personas, algunas de la familia Chaparro, otras de la familia Lancheros y algunos campesinos que Chaparro Campos había reclutado para cumplir con el objetivo que se había trazado. Se acostaron a dormir temprano y hacia las 4 de la madrugada del sábado los despertaron unos gritos. Eran unos 15 hombres, armados de carabinas punto treinta que inicialmente se identificaron como agentes de la Policía que venían para efectuar una requisa. Uno a uno, fueron sacados todos de sus habitaciones y concentrados en el patio trasero de una de las casas. "Que nadie quede vivo", gritaban los asesinos, después de iniciar la matanza sobre las 12 personas, tendidas en el suelo en tres filas. Segundo Lancheros, de 32 años y compadre de la propietaria de la finca recibió un tiro en el cuerpo, giró su cuerpo hacia un lado y aprovechando que era el último de la fila del centro, dando botes se rodó por la ladera que había a un lado de las casas. Cuando estaba a unos veinte metros, los asesinos se dieron cuenta de que huía y le dispararon, hiriéndolo en las piernas. Lancheros se ocultó entre la maleza y allí permanecio en silencio hasta que los asesinos se fueron.
Mientras él se escapaba, Carmen Lara había abrazado a su hija de nueve años, Martha, rogando que no las mataran. "Tengo cinco hijos", decía, pero sus súplicas no fueron escuchadas por la banda. Al caer herida su madre, Martha se hizo la muerta, tendiéndose a un lado y echándose el pelo sobre la cara, mientras sentía el dolor de las heridas de bala recibidas en su pierna izquierda. Esta treta le salvó la vida.
Pero los otros diez no corrieron con la misma suerte. Además de Carmen Lara, murieron Crisanto Lancheros, de 64 años, José Tomás Cañón, de 30; Edison Castro Cañón, de 20; Eduardo Casallas Prieto, de 22; Pedro Casallas Pulido, de 32; Luis Enrique Candela, de 37; Adelaida Lara Monsalve, de 22 y otras dos personas que las autoridades no habían identificado.
No se sabe a ciencia cierta si Omar Chaparro Campos se encontraba esa madrugada en la finca y si logró huir antes de que se iniciara la matanza, o si en cambio se salvó de ella por no estar en la finca de su esposa. Lo cierto es que desde ese día desapareció y no se le ha visto en la región.
Pero, ¿cuál fue el móvil del múltiple crimen? Sobre esto sólo hay especulaciones. Se sabe que las familias Chaparro y Lancheros habian trabajado en alguna época reciente en las minas de esmeraldas de la zona, tradicionalmente violenta no sólo por los enfrentamientos entre guaqueros, sino también por la presencia de un frente de las FARC y ahora, más recientemente, por el florecimiento de los cultivos y laboratorios de coca, de seguro la más rentable de las actividades ilícitas que pueden iniciar los campesinos de la región hoy en día.
Sobre los autores, se sabe que vinieron de las minas de Borbur y que estaban encabezados, según las afirmaciones del sobreviviente Segundo Lancheros, por Horacio Rodriguez, conocido con el alias de "El Macho" y quien registra amplios antecedentes penales, acusado de participar en otras matanzas y en la ola de robos de ganado que azota desde hace años la zona. Algunos creen que el móvil fue una combinación de venganza y robo, ya que la familia Chaparro fue alertada del peligro que corría y a la vez se sabe que los asesinos se llevaron del lugar del crimen cocaína que ya había sido procesada. Sin embargo, otras versiones señalan que la intención de los criminales no era la de robar, ya que al lado de una de las víctimas se encontró una billetera abierta, con billetes de alta denominación que fueron dejados por la banda de "El Macho".
De todos modos, Pauna y sus alrededores están conmovidos. Una zona que en los años de la violencia fue asolada por los enfrentamientos entre bandoleros y que luego ha visto correr la sangre de los ajustes de cuentas entre esmeralderos, se convierte ahora en escenario de una nueva guerra: la de los coqueros, que sólo se diferencia de las anteriores en que al haber muchísimo más dinero en juego, la vida vale mucho menos
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